- Apenas el 9% de la diáspora venezolana planea regresar, según ACNUR, pese al cambio político y al terremoto de junio.
- El retorno depende de tres condiciones que Venezuela aún no ofrece: seguridad, servicios públicos y empleo formal.
- Paradoja clave: el venezolano calificado que el país más necesita es, precisamente, el que menos razones tiene para volver.
María lleva cuatro años en Bogotá. Trabaja como cajera sin contrato y cada mes envía ochenta dólares a su mamá en Maracay. Hace seis meses pensó en volver. Hoy dice que no.
Su respuesta no es una queja ni una declaración política. Es, simplemente, un cálculo. Lo que tengo aquí, aunque sea limitado, vale más que el riesgo de volver a un país cuyas garantías todavía están por construirse. Y ese mismo cálculo lo están haciendo millones de venezolanos, en este momento, repartidos por el mundo.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el país ha perdido cerca de ocho millones de habitantes en una sola década. Es el mayor éxodo de la historia de América Latina. La mayoría se quedó en la región —Colombia, Perú, Ecuador, Chile—. La atrajo la cercanía, el idioma y las redes de quienes ya habían cruzado antes. Otros llegaron más lejos: España, Estados Unidos, Europa; donde hubiera una puerta abierta. La diáspora venezolana no tiene un solo rostro, pero sí una sola lógica: salir antes de que fuera peor.
Hoy, algo parecía haber cambiado. Un nuevo clima político y un aumento del salario mínimo indexado habían reabierto, al menos en el discurso, la posibilidad del retorno. Luego llegó el 24 de junio del 2026.
María, por su parte, tomó su decisión antes del 24 de junio. El terremoto solo la validó.
¿Está regresando alguien?
Los números son contundentes. Según un informe de ACNUR publicado en abril de 2026, apenas el 9% de la diáspora venezolana considera regresar. Por su parte, la ONG Observatorio Venezolano de la Diáspora (OVD) hizo una encuesta propia a 1.090 venezolanos en el exterior. Encontró que un 11% contempla el regreso a corto plazo y un 9% a largo plazo. Casi uno de cada cinco ya decidió que no vuelve. No porque le vaya bien necesariamente, sino porque afuera ya construyó algo que no está dispuesto a desarmar.
Las amnistías, los ajustes salariales y los nuevos discursos políticos no han movido esa aguja de manera significativa. Y lo más revelador no son quienes tienen opciones. Es lo que pasa en el otro extremo.
El cuerpo multilateral Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela (R4V) reporta cifras oficiales. Solo en Colombia, más de 450.000 venezolanos se encuentran en situación irregular a marzo de 2025. Sin acceso a seguridad social ni contratos formales, convertidos en lo que el mercado informal llama mano de obra flexible. Están en el lugar más vulnerable posible del exterior. Y, aun así, prefieren quedarse.
¿Por qué no vuelve ni el 44% que dice que sí volvería?
La respuesta a este fenómeno está dentro de Venezuela. Según el estudio del OVD, el 44% de los encuestados regresaría si se dieran cambios estructurales profundos. A primera vista suena esperanzador. Pero el sociólogo Tomás Páez, coordinador del observatorio, lo lee distinto: ese porcentaje es, en el fondo, «una forma elegante de rechazar el regreso», dice. Condicionar el retorno a transformaciones que nadie sabe cuándo ocurrirán es, prácticamente, no pensar en volver.
El efecto más silencioso de todo esto tardará años en hacerse visible. Venezuela está desarrollando una pirámide poblacional invertida. No es por caída en la natalidad, sino porque la emigración se llevó, sobre todo, a quienes tenían entre veinte y cuarenta años. Los que construyen, los que innovan, los que sostienen.
Venezuela ya cargaba con ese peso el 23 de junio del 2026. Al día siguiente, la tierra tembló y lo que era una herida estructural se convirtió en una emergencia inmediata.
Entonces llegó el terremoto
El 24 de junio de 2026, en menos de cuarenta segundos, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron el centro-norte de Venezuela. Más de 6.400 personas fallecieron y miles quedaron sin hogar.
Para la diáspora venezolana, el impacto fue doble. Quienes contemplaban el retorno —ya de por sí una minoría— lo están pensando de nuevo. «Si antes lo pensaban dos veces, ahora lo piensan diez», resume Páez. Pero el coordinador del Observatorio es cauteloso con las conclusiones, «Es muy temprano como para hablar de una nueva ola migratoria internacional», advierte. Lo que sí es visible, dice, es el desplazamiento interno. La Guaira, epicentro del desastre, vio partir a buena parte de su población. Se fueron hacia estados no afectados como Táchira y Zulia, o hacia Caracas, golpeada también pero en menor medida.
Lo que preocupa a Páez no es tanto lo que ya ocurrió, sino lo que está comenzando a ocurrir: «Muchos perdieron hogares, negocios, e incluso familiares. Aquellos que tienen familia en el exterior están viendo cómo vienen a buscarlos para empezar de cero en otro país, antes que reinventarse en Venezuela» dice. No es una ola todavía. Pero es una corriente que, de no atenderse, puede volverse una.
Y sin embargo, Páez no cierra con pesimismo. Señala que la reconstrucción podría abrir una puerta inesperada: «Pudiera parecer atractiva para inversionistas y para la propia diáspora», dice. La necesidad de reconstruir podría ser un argumento para el retorno que la estabilización económica no había logrado ser.
El problema es que esa oportunidad choca con una realidad que no ha cambiado. Lo que ya era frágil antes del 24 de junio, el terremoto lo deterioró aún más.
El mercado que los espera
Supongamos que alguien decide volver. ¿A qué Venezuela llega?
Lo primero que encuentran los datos es una fuerza laboral que se redujo y envejeció al mismo tiempo. La Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de la Universidad Católica Andrés Bello (ENCOVI) del 2025 es clara. el 82% de quienes emigraron tenían entre 15 y 49 años, precisamente la franja que sostiene cualquier economía. Entre 2014 y 2021, la población económicamente activa cayó un 21%. Para 2025, Venezuela emplea apenas el 55% de su fuerza laboral disponible, mientras Colombia llega al 64% y Brasil al 62%.
El mercado que quedó no solo es más pequeño. Es más informal. Desde 2014, el empleo informal creció un 11% mientras el formal apenas avanzó un 1%, según el mismo estudio. El salario mínimo indexado, sigue siendo menos de la mitad de una canasta básica que ronda los 645 dólares según estimaciones independientes. Y eso era antes del 24 de junio.
Pero hay una grieta en ese panorama que merece atención.
¿Qué tipo de trabajador necesita Venezuela hoy?
Ricardo Villasmil es investigador y autor del análisis «Medición del impacto de la migración en Venezuela» para el Banco Interamericano de Desarrollo. Según su estudio, la fracción de trabajadores con educación terciaria completa cayó de 17,9% a 8,4% entre 2014 y 2021. Los años de escolaridad promedio, además, bajaron de 10,2 a 8,9 años. Venezuela no solo perdió personas. Perdió el tipo de personas más difícil de reemplazar.
Eso revela una paradoja que pocas veces se nombra con claridad. El país que expulsó a su capital humano calificado es hoy el país que más lo necesita. La escasez no es abstracta. Se traduce en sectores concretos donde la demanda existe, pero la oferta local no alcanza. Estos perfiles son exactamente los que abundan en la diáspora venezolana y que, en muchos casos, se han seguido formando afuera.
Quién puede volver y quién ya no puede
La paradoja existe. Pero saber que Venezuela necesita a su diáspora venezolana calificada no responde la pregunta más difícil: ¿quién de ellos volvería realmente? Y aquí es donde la teoría y la realidad se separan.
El venezolano que Venezuela necesita que vuelva es el que tiene menos razones para hacerlo. El OVD encontró que el 90% de los encuestados con alta escolaridad se encuentra entre medianamente y completamente integrado a su país de acogida. «Los jóvenes que migraron ya tienen familias y relaciones formadas en el país de acogida, renunciar a esa vida no es viable», explica Páez. Ya tiene vínculos y una rutina. El costo de oportunidad de abandonar todo eso es demasiado alto para que un mercado laboral como el venezolano pueda compensarlo. El venezolano que sí volvería es otro: el que no terminó de arraigarse con el país de acogida.
Esa distinción importa. Y la teoría de juegos la hace visible.

Fuente: elaboración propia
La matriz muestra cuatro escenarios posibles para los dos jugadores: el migrante y el mercado laboral venezolano. El mejor resultado para ambos —el migrante vuelve y el mercado lo absorbe— existe, pero nadie llega a él solo. El migrante no vuelve porque si el mercado no lo recibe, pierde todo lo que construyó afuera. El mercado no adapta sus condiciones para recibirlo —mejores salarios, contratos formales, incentivos— porque si nadie regresa, esa inversión no tiene retorno. Ambos eligen la opción más segura individualmente, y terminan atrapados en el mismo punto. El migrante se queda, el mercado no cambia, y el país tampoco. No por falta de voluntad. Por falta de una señal creíble de que el otro se va a mover primero.
¿Cambió el terremoto las probabilidades de que alguien regrese?
El terremoto no cambió la matriz. Solo hizo más difícil el cuadrante del retorno.
Pero no todos los que se quedan afuera lo hacen por las mismas razones. El migrante calificado con trabajo estable tiene una vida construida que no está dispuesto a desarmar. El mercado venezolano tendría que ofrecer algo extraordinario para moverlo y hoy no puede.
La historia de María debería ser distinta. Pero no lo es. Cuatro años en Bogotá, sin contrato, enviando ochenta dólares a Maracay. Según el modelo, ella es la candidata perfecta al retorno: sin red sólida, sin contrato, con poco que perder. Pero hace seis meses pensó en volver, y hoy dice que no. Porque incluso ese trabajo sin contrato, esa habitación alquilada, esa rutina construida con esfuerzo, ya es algo. El que regresa hoy no es aquel que cuenta con un doctorado y diez años de experiencia internacional. Es el que llega con urgencia, y la urgencia raramente produce los retornos productivos que se esperan.
Las condiciones que Venezuela todavía no tiene
El retorno no es imposible. Es condicional. Y las condiciones, por ahora, no están dadas.
El OVD identificó tres factores determinantes en la decisión de la diáspora venezolana de regresar. Estos son: seguridad civil y política, funcionamiento de los servicios públicos, y posibilidad de empleo. Lo mínimo que cualquier persona evalúa antes de apostar por un país. Y en los tres, Venezuela sigue sin poder ofrecer respuestas creíbles.
La seguridad es el primero y el más profundo. No solo en términos de criminalidad, sino de seguridad institucional. Es la certeza de que las reglas no cambiarán de un día para otro. También implica que un contrato se respeta y que una inversión no desaparece por decreto. Para el venezolano que emigró, regresar implica exponerse nuevamente a una institucionalidad que ya le falló una vez.
Los servicios públicos son el segundo frente. Electricidad intermitente, agua irregular, hospitales sin insumos, internet precario. Para quien lleva años en un país donde estos servicios funcionan, volver a administrar su vida alrededor de estas fallas es un retroceso cotidiano. Afecta la productividad, la salud y la calidad de vida.
El empleo es el tercer factor, y quizás el más difícil de resolver en el corto plazo. El salario mínimo indexado de 240 dólares sigue siendo menos de la mitad de una canasta básica de 645 dólares. El mercado informal domina. Y la escasez de perfiles calificados, aunque crea una ventana de oportunidad, no garantiza condiciones salariales competitivas para quien viene acostumbrado a otra realidad.
Estos tres factores no son independientes. Se refuerzan mutuamente: sin seguridad institucional no hay inversión, sin inversión no hay empleo formal, sin empleo formal no hay razón para volver. Es un nudo, no una lista de tareas pendientes. El terremoto no creó ninguna de estas carencias, pero las profundizó todas.
¿Y esto qué significa para el futuro?
El retorno masivo, por ahora, pareciera que no está pronto a concretarse. Pero eso no significa que la historia termine ahí. El politólogo venezolano Ramón Cardozo recoge un caso citando por el economista venezolano Ricardo Hausmann por el economista venezolano Ricardo Hausmann. Los serbios que emigraron a Alemania durante la guerra civil yugoslava no regresaron de forma permanente a su país de origen. Pero mantuvieron vínculos económicos y profesionales que impulsaron sectores enteros donde habían acumulado experiencia. Es una dinámica que ya exploramos en Caracas y las ciudades liminales: ciudades que sobreviven, e incluso prosperan, sostenidas por la diáspora que las respalda desde afuera. Páez apunta en la misma dirección: «la población participa activamente desde donde se encuentra», dice. Para 2025, las remesas enviadas por la diáspora venezolana alcanzaron los seis mil millones de dólares. Y no es solo dinero: son 412 organizaciones en el exterior que hoy trabajan activamente para apoyar la reconstrucción del país.
Venezuela está lejos de poder reabsorber a su población migrante. Los cambios estructurales siguen pendientes y la incertidumbre no ha desaparecido. Pero la diáspora ya no es solo una pérdida: es una red. Y las redes, a diferencia de las personas, no necesitan visa para cruzar fronteras.
María sigue en Bogotá. Su regreso no está en los planes inmediatos, pero tampoco está descartado. Mientras tanto, envía ochenta dólares cada mes. Y eso, también, es una forma de no haberse ido del todo.









