Caracas y las ciudades liminales

Belgrado, Beirut y Teherán llevan décadas prosperando entre bloques, entre sanciones y entre reglas que no terminan de aplicarse. Su secreto es una clase media profesional que sobrevivió a los regímenes y circunstancias que intentaron domesticarla y aprendió a traducir entre mundos. Caracas tiene la suya, con una historia que la hace única.

En octubre del año pasado, meses después de que cazas israelíes cruzaran el cielo de Teherán, la capital iraní, la única casa de subastas de Irán remató un millón y medio de dólares en arte contemporáneo desde el salón de un hotel setentero. No fue un estallido de extravagancia: cuando el dinero no tiene salida soberana y la bolsa de valores es un electrocardiograma plano, un lienzo firmado funciona con la misma liquidez que un lingote de oro.

A unos dos mil kilómetros de allí, en Beirut, capital del Líbano, cerca de 70.000 millones de dólares –los famosos lollars– permanecen fosilizados en un sistema bancario difunto, mientras en las callecitas peatonales de Saifi Village se sirven matcha lattes a precios exorbitantes. Y en Belgrado, donde el capital tampoco encuentra puerta de escape hacia Occidente, el ahorro se solidifica en concreto: la capital serbia estrena un St. Regis, proyecta un Ritz-Carlton y ha absorbido a más de cien mil rusos desde 2022, todo sin terminar de alinearse con nadie.

Tras haber leído, visto y conversado extensamente con locales de estas ciudades, no pude evitar la sensación –como caraqueño– de estar viéndome en un espejo: el de las ciudades liminales.

Tres ciudades, un mismo instinto

Hay un tipo de ciudad que el orden global nunca terminó de digerir. Ciudades que quedaron en el umbral, ni adentro ni afuera del sistema, y que en vez de morir esperando permiso desarrollaron una economía propia del intersticio. Podríamos llamarla economía liminal: la economía del umbral, propia de los lugares que habitan entre bloques geopolíticos, entre sanciones, vacíos legales y bonanzas artificiales.

Teherán (cortesía @whmoona, @inaserjafari)

Belgrado heredó el músculo de la no alineación yugoslava y las sanciones de los noventa, y hoy lo ejercita con descaro: es candidata a la Unión Europea pero no sanciona a Rusia, le compra gas a Moscú mientras le vende cobre a China, y construye torres financiadas por los emiraties junto a oficinas de Microsoft y Oracle. Beirut fue durante décadas el intermediario del Medio Oriente, la «Suiza del Medio Oriente», hasta que el modelo colapsó en 2019 y se tragó los ahorros de un país entero. Y Teherán es el caso límite: bajo sanciones verdaderamente fuertes, sin SWIFT ni banca global, Irán construyó más de seis mil startups y su propio «Silicon Valley del mundo islámico» en las afueras de la capital.

Caracas practica el mismo arte, aunque nos cueste admitirlo sin cierto pudor. Pero lo interesante no está en los agregados macroeconómicos. Sino en quiénes sostienen todo esto.

La clase del medio

Si uno mira con cuidado las cuatro ciudades, el protagonista es siempre el mismo: una clase media profesional que se niega a desaparecer.

En Teherán son los ingenieros. Irán gradúa miles de ellos cada año de universidades que están entre las mejores de la región, y como no pueden importar casi nada, los ponen a inventar sustitutos locales de todo. Los que no terminan en las startups de Pardis terminan detrás de una máquina de espresso: en la capital iraní ser barista se volvió una carrera aspiracional, con sus cursos, sus competencias y su lógica de ascenso. El café de especialidad, discutido con vocabulario de sommelier por chamos con piercings, es la vida nocturna que el alcohol prohibido no puede ofrecer, y también un plan de fuga: aprende latte art en Teherán, consigue trabajo en Estambul después. La clase media iraní no puede sacar su plata, así que la convierte en cuadros, en metros cuadrados y en un capital que ninguna aduana detecta: oficio.

En Beirut son los profesionales dos veces traicionados. El crash bancario de 2019 se llevó los ahorros de médicos, arquitectos e ingenieros que habían hecho todo «bien»; la explosión del puerto en 2020 se llevó lo que quedaba de confianza. Se fueron por decenas de miles. Y sin embargo, desde el año pasado están volviendo: un endocrinólogo que pasó cinco años en París entrenándose en salud digital, por ejemplo, o una arquitecta especializada en patrimonio que regresó a reconstruir. 

Caracas (cortesía @tonyfrangiem)

En Belgrado son los programadores: en una ciudad donde absolutamente todo el mundo habla inglés, donde Microsoft lleva veinte años y emplea setecientas personas, donde los fondos y las multinacionales llegan no por el mercado local sino por el talento. Por ejemplo, una startup de seguros llamada ominimo acaba de convertirse en el primer unicornio de ese país, con una valuation de 1.4 mil millones de euros. 

Y en Caracas somos nosotros: la generación que estudió afuera o adentro con la expectativa de irse, y que está descubriendo –con una mezcla de asombro y vértigo– que el país que dábamos por cerrado se convirtió en el mercado donde sus habilidades más rinden. Son los que mantuvieron en pie las corporaciones y multinacionales en Caracas o montaron la fintech, la dark kitchen, la agencia de marketing, la firma boutique de abogados. La clase media profesional venezolana fue diezmada por la emigración, sí. Pero la fracción que se quedó, más la que empieza a volver, está operando con una ventaja que no aparece en ningún manual: sabe traducir entre mundos. Y eso, en una economía liminal, es la materia prima más escasa.

Ahora, el dato contraintuitivo, que es a mi juicio la clave de todo el asunto: esas clases medias se formaron, y sobrevivieron, bajo autoritarismos o Estados en descomposición lenta. La República Islámica patrulla los cafés de Teherán con la policía de la moral, pero jamás dejó de graduar ingenieros de primer nivel; hoy los necesita tanto que les subsidia parques tecnológicos. Serbia atravesó al autoritarismo de Slobodan Milošević, las sanciones y los bombardeos de la OTAN, y salió del otro lado con una generación entera bilingüe y empleable por cualquier multinacional. El Líbano no ha tenido un Estado funcional en cincuenta años y aun así sus universidades siguieron produciendo los médicos y banqueros que hoy administran medio Golfo Árabe. Y Venezuela soportó dos décadas de un proyecto que trató a la clase media como enemigo ideológico y aun así no logró disolverla: la exportó, que no es lo mismo. Una clase media en la diáspora sigue siendo capital del país que la formó, manda remesas, manda ideas y, cuando el ciclo gira, se manda a sí misma de vuelta.

Esa es, creo, la diferencia entre una ciudad liminal y una ciudad simplemente caída. La liminalidad necesita quien la opere: sin una masa crítica de profesionales, el intersticio no produce startups, ni subastas de arte, ni cafés de especialidad. Solo produce silencio. Por algo Caracas sigue siendo relevante en un plano regional y Managua no. Nicaragua tiene un autoritarismo comparable, alienación comparable y hasta una dolarización de facto comparable; lo que nunca tuvo es una clase media profesional con la densidad, la formación y las conexiones globales de la nuestra. Las autocracias pueden confiscar empresas, cerrar periódicos y amañar elecciones de un día para otro. Lo que no pueden es fabricar una clase media por decreto. En ese desfase, exactamente ahí, vive la economía liminal.

Puro beisbol

Pero Caracas tiene algo que la separa de sus espejos: nuestra clase media no se formó traduciendo entre Oriente y Occidente, como la libanesa, ni entre bloques socialistas y capitalistas, como la serbia. Se formó en una intimidad con Estados Unidos que no tiene equivalente en Sudamérica.

Empezó en los campos petroleros de los años treinta, cuando las concesionarias americanas trajeron –junto a los taladros– un paquete civilizatorio completo: el comisariato, el béisbol, la nevera, el cereal de caja, los concursos de belleza y las películas de Hollywood. Después que la modernidad gringa salió de los campos a la ciudad. El grupo Rockefeller (sí, esos), fundó a finales de los cuarenta la cadena CADA, y con ella le enseñó al venezolano a hacer mercado empujando un carrito por pasillos refrigerados, década y media antes de que el formato fuera la norma en el resto del continente. Sears abrió en Caracas en 1950 y su catálogo se volvió el diccionario ilustrado de la clase media: la lavadora, el tocadiscos, la bicicleta del Niño Jesús. General Motors y Ford no se limitaron a vender carros: los ensamblaron aquí, y el carro propio, grande, americano, ocho cilindros, se volvió el certificado de pertenencia de la clase media más rápido de la región. Caracas se hizo ciudad de autopistas, Venezuela se volvio una sociedad dependiente del carro.

Beirut (cortesía @maggiehajji, @go_there_, @baroodiesfoodies)

Para cuando abrió el Centro Ciudad Comercial Tamanaco, a mediados de los setenta, el círculo estaba completo: el mall americano convertido en plaza pública, con aire acondicionado y estacionamiento. La Venezuela Saudita más que importar el estilo de vida americano empezó a practicarlo con más devoción que sus inventores, dándole su toque caribeño. El «tá barato, dame dos» de los viajes a Miami no era meramente un chiste sino una ventana al alma de un país que se entendía a sí mismo como el socio hemisférico consentido; la vitrina del capitalismo y la democracia liberal en el patio trasero de los americanos en el marco de la guerra fría.

Ese formateo cultural nunca se borró. Sobrevivió al chavismo, que lo combatió en el discurso mientras su nomenklatura compraba en EEUU y viajaba a Disney. Sobrevivió a las “sanciones”, que convirtieron las chucherías americanas en artículos de contrabando premium. Pero, sobre todo, sobrevivió a la idea de que Venezuela se convirtió en un paria regional, lo cual nos está siendo útil para la ecuación que plantea este articulo.

El hardware cambió de procedencia

Pero otra cosa se movió durante tal sacudida político-económica: la aspiración en Venezuela sigue siendo americana, pero el hardware que la sostiene ya no lo es.

Los carros que estrenan los caraqueños ya no salen de las líneas de GM en Valencia (la planta cerró en 2017) sino de contenedores chinos: JAC, Chery, Changan, modelos concebidos para el mercado chino e indio, diseñados desde el origen para países con nuestro poder adquisitivo y nuestros huecos en el asfalto. Los teléfonos que dominan las vitrinas se llaman TECNO e Infinix, marcas de la empresa cantonesa Transsion que no se consiguen ni en Estados Unidos ni en Europa: no porque no compitan, sino porque nunca fueron pensadas para ese mercado. Son teléfonos diseñados para África, el sur de Asia y países como el nuestro: batería para ciudades con apagones, doble sim, precio para salarios en el sector informal. Venezuela ya no compra la tecnología tope de gama de EE.UU; compra la tecnología que el Sur Global diseña para sí mismo.

Belgrado (cortesía @splavsuvenir, Trip Advisor, The Rali Edit)

El resultado es una escena que resume el momento: un chamo desayuna en un local de estética “Mayamera” –cerámica blanca, letras de neón, specialty coffee– y pide un matcha latte con un teléfono Infinix en mano mientras una camioneta JAC lo espera estacionada afuera. Los sueños vienen de Miami, los productos de Shenzhen y Mumbai, y la tutela –o la sombra, según el cristal con que se mire– viene ahora directamente de Washington. Multipolar de facto, unipolar de jure.

Las ciudades liminales conocen bien esa esquizofrenia y enseñan que no es una contradicción a resolver, sino un activo a administrar. Belgrado factura en euros, se calienta con gas ruso y construye con capital del golfo. Teherán colecciona arte persa con dinero que no puede salir, toma café con granos subsidiados y trata, sin mucho éxito, de regular juventudes que tocan rock inglés y visten estilos de Nueva York. La habilidad no está en escoger un mundo, sino en cobrar el peaje entre varios.

El espejismo de épocas pasadas

Una advertencia antes del cierre, porque esta historia tiene trampa y también está a la vista.

En mayo de 2025, antes de las elecciones municipales libanesas, el centro de Beirut amaneció empapelado de vallas que prometían, sobre una foto de los años cincuenta, que «los días de gloria volverán». La investigadora Maria El Sammak ha documentado lo que esconde esa nostalgia: la «Edad de Oro» libanesa fue un modelo de banca y lujo que concentró la riqueza en una élite y estalló dos veces, en un conflicto político-religioso en 1958 y en la guerra civil de 1975 a 1991. Cada vez que el Líbano colapsa, sus élites no reforman el modelo: lo resucitan.

Nosotros tenemos nuestra propia valla mental: la Venezuela Saudita y la vorágine cadivera de la petrodécada de los 2000s. Y el riesgo es calcado: confundir reconstrucción con restauración. La familiaridad americana de nuestra clase media es un capital cultural enorme, pero si se administra como nostalgia –volver a Sears, volver a la camionetota V8, volver al CCCT en 1975 (o al Tolón en 2005)– produce lo mismo que en Beirut: una élite restaurada y un país de utilería. La clase media profesional que sobrevivió a este derrumbe no necesita que le devuelvan el CCCT de sus papás. Necesita crédito, reglas y la libertad de seguir armando su propia mezcla.

El umbral

Vuelvo a la imagen del principio: un salón de hotel en Teherán, cuadros vendiéndose como lingotes mientras la ciudad se recupera de una guerra. Es fácil leerla como postal de decadencia. Yo la leo como prueba de que, incluso en el peor escenario imaginable, la gente con opciones encuentra razones para apostar adentro. En Belgrado esa apuesta se llama construcción. En Beirut se llama regreso. En Caracas se llama quedarse.

Un umbral es, por definición, un lugar de paso: nadie construye su casa en el marco de una puerta. Pero el umbral es también el único punto desde donde se ven los dos cuartos a la vez. La clase media caraqueña lleva casi treinta años parada exactamente ahí: formada por el consumo americano desde los tiempos de CADA y Sears, equipada hoy por Shenzhen y Mumbai, con valores de democracia liberal europea en un sistema más apto para país exsoviética o del África subsahariano, tutelada por Washington y entrenada –a la fuerza– en el arte de traducir entre todos ellos.

Esa es la nueva cosmovisión económica de Caracas, aunque nadie la haya nombrado todavía: ni el regreso al paraíso americano de los setenta, ni la resistencia antiimperial que nunca fue, sino algo más raro y más nuestro: una ciudad del Sur Global con memoria muscular de Miami, aprendiendo a prosperar en el intersticio como Belgrado, Beirut y Teherán, pero con una ventaja que ninguna de las tres tuvo: al tutor de turno lo conocemos desde hace un siglo, y le conocemos hasta las marcas de cereal.

Ojalá escojamos con memoria.

Andrés Chacón Korsun

Caraqueño, chacaoense. Politólogo e Internacionalista de Sciences Po Paris. Es analista de riesgos en investigador académico. Ha trabajado en consultoras, universidades y think tanks.

¡Comparte si te gustó!

Artículos más vistos

Artículos relacionados

¡Inscríbete en uno de nuestros planes de newsletter!

Suscríbete a nuestro recap, El Safari: Una ruta semanal por lo que debes leer del ecosistema.

¿Y cuál es la movida en Caracas? En La Movida, te mantemos al día con los planes, locales, obras, exposiciones, festivales y bochinches de esta ciudad.