- Colombia y Venezuela ya tienen sus propios sistemas de pagos inmediatos (Bre-B y Pago Móvil), pero ninguno fue diseñado para cruzar la frontera: conectarlos es la carrera que hoy libran fintechs como Pago Asap y Qash.
- El comercio bilateral, que llegó a los US$7.000 millones en 2008, se está reactivando: Grupo Nutresa, Cementos Argos, Corona y Vélez ya volvieron a Venezuela, y Analdex calcula exportaciones de hasta $2.842 millones de dólares en el corto plazo.
- El freno ya no es tecnológico, sino regulatorio: la economista María Cristina París identifica vacíos puntuales —licencias para proveedores de pagos transfronterizos, cuentas segregadas, acceso a liquidación en bolívares— que podrían destrabar el corredor.
Basta cruzar el puente sobre el río Táchira para pasar de Colombia a Venezuela y viceversa. El dinero, en cambio, todavía no lo tiene tan fácil.
Colombia ya tiene su sistema de pagos inmediatos: Bre-B. El Banco de la República lo puso en marcha en 2025, para que cualquier banco o billetera del país se conecte con cualquier otro. Venezuela también tiene una pieza que funciona: el Pago Móvil, la plataforma que millones de venezolanos usan a diario para transferir en segundos. El problema es que ninguno de los dos fue diseñado para cruzar la frontera. Conectarlos es la carrera que hoy libran fintechs, bancos y billeteras digitales. Llega justo cuando el empresariado colombiano y la gradual apertura económica venezolana buscan un corredor que devuelva al comercio bilateral algo de sus mejores años.
Una relación con historia
Esos años no son tan lejanos. Los dos países comparten una de las fronteras terrestres más largas de América Latina. Hace casi veinte años, esa vecindad se tradujo en un comercio dinámico que se notaba en las cifras nacionales. En 2008, según las cámaras de comercio de ambos países, el intercambio entre Venezuela y Colombia alcanzó un récord de US$7.000 millones. Ese año Venezuela llegó a ser el segundo socio comercial de Colombia, solo detrás de Estados Unidos. Representó cerca del 18% de todo lo que el país exportaba al mundo. Hoy los números siguen lejos de ese pico. Pero la infraestructura para mover el capital ha cambiado en la región y en el mundo. Llegaron las fintechs y los sistemas de pagos pensados para la interoperabilidad entre instituciones financieras.
En la práctica, la frontera ya funciona como una sola economía. En el estado venezolano que da nombre al río, el peso colombiano protegió el capital durante los años más duros de la hiperinflación. Todavía es la moneda más usada por sus habitantes. El economista venezolano William Gómez se especializa en temas fronterizos. Según sus cálculos, el año pasado el peso colombiano se usaba en 70 de cada 100 transacciones en los pueblos fronterizos de Táchira.
Un corredor, muchas oportunidades
Para el 2020, la ruptura diplomática y el colapso económico venezolano hicieron decaer el comercio enormemente. Llegó hasta los $222 millones de dólares, una fracción muy reducida de lo que se estaba acostumbrado a ver. El golpe fue tan drástico que desde entonces el volumen no ha dejado de crecer. En 2025 se posicionó en unos US$1.170 millones, según cifras presentadas en el Congreso Empresarial Colombiano. El evento lo realizó la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi) en Cartagena, a mediados de agosto de este año.
Para cualquier emprendedor, estas cifras son difíciles de ignorar: apuntan a una oportunidad que podría destaparse aún más en los próximos meses. Los factores demográficos y la intención de varias empresas colombianas de volver a Venezuela confirman que ese interés ya existe. Para algunas, lo único que falta es el momento y la oportunidad correctos para actuar.
Las empresas ya están regresando
El 21 de julio, Grupo Nutresa anunció la compra del 100% de Industrias Tío Rico, la fabricante líder de helados en Venezuela. La operación rondó los US$30 millones. No es un caso aislado: Cementos Argos ha declarado que tiene una hoja de ruta clara para exportar a Venezuela. Corona –marca conocida por sus productos para el hogar– retomó contacto con sus distribuidores históricos. La marca de calzado Vélez ya abrió tiendas bajo un modelo de franquicia, entre otros casos conocidos.
Analdex, el gremio exportador colombiano, calcula que las exportaciones hacia Venezuela podrían llegar a $2.842 millones de dólares en el corto plazo. Esa cifra sería más del doble de todo lo que el comercio bilateral movió el año pasado.
El optimismo es real, pero también la cautela. Buena parte de esas inversiones sigue condicionada a que se resuelvan asuntos básicos: la seguridad jurídica y el riesgo de cumplimiento frente a sanciones internacionales. También hace falta asegurar que las empresas competirán en un terreno justo.
Los actores en juego
El interés, por sí solo, no mueve dinero. Cada peso que un empresario colombiano quiera invertir en Venezuela necesita un canal para cruzar la frontera. Lo mismo aplica para cada remesa que un venezolano en el exterior quiera mandarle a su familia. Ese canal, hoy, se sigue desarrollando.
Un fin de semana normal, cerca de $2 millones de dólares en pagos entran a Venezuela desde Colombia por canales digitales formales. Pero hubo un fin de semana distinto. Fue el posterior al terremoto del 10 de agosto en Colombia y al sismo que semanas antes sacudió a La Guaira. Esa cifra se duplicó a más de $4 millones de dólares. Así lo contó Freddy Genatios, director general de la fintech venezolana de remesas Pago Asap, en entrevista con La República.
Este volumen de capital fue una demostración, comprimida en un fin de semana, de algo que los datos anuales ya insinuaban. Hay mucho más dinero tratando de moverse entre estos dos países del que la infraestructura actual está diseñada para absorber.
Pago Asap y sus pagos en 15 segundos
Pago Asap es una fintech venezolana de infraestructura de pagos, que construyó un producto que llama internamente «Bre-B Móvil». Este asigna a una llave de Bre-B los datos de una cuenta venezolana, de modo que el dinero llega en menos de 15 segundos. La empresa procesa ya más de 150.000 pagos mensuales entre ambos países y aspira a capturar el 20% del mercado comercial bilateral. Su primer cliente de Bre-B Móvil fue Remezuela, de la fintech Mono, y entre sus aliados están las billeteras de dólares digitales Littio y Fronte. Además, tiene un producto paralelo para que exportadoras colombianas de alimentos reciban en bolívares y retiren en dólares o pesos.
Qash: cuentas en dólares para las empresas venezolanas
No es la única apostando a este corredor. Qash, la fintech fundada por los hermanos venezolanos Ami y Boris Spiwak, reconoce el potencial de las remesas. Pero apuesta por un enfoque más comercial, dándole acceso a las empresas venezolanas. Su producto son cuentas bancarias en dólares en Estados Unidos a nombre de compañías latinoamericanas. Están pensadas para que una empresa cobre facturas internacionales y pague proveedores locales desde la misma plataforma. «Creamos Qash para simplificar eso, para democratizar la banca en dólares en Latinoamérica», explica Ami Spiwak a Ecosistema.

Durante casi una década, eso fue prácticamente imposible para una empresa venezolana. «Ha sido casi imposible, como por diez años, que una empresa venezolana abra una cuenta en Estados Unidos», cuenta Spiwak. Los bancos estadounidenses aplicaron un proceso de «de-risking» que, sin ser ilegal, llevó a que la mayoría prefiriera no lidiar con clientes venezolanos. Temían incumplir regulaciones de cumplimiento tras el establecimiento del régimen de sanciones. Qash decidió entrar ahora, dice, «primero porque somos venezolanos». Y porque la apertura económica de 2026 volvió rentable un mercado que la banca tradicional evitó por años. «Colombia sigue siendo fundamental para nosotros. Pero Venezuela será el mercado más importante para Qash», afirma.
En Colombia, la integración funciona de punta a punta. Los clientes de Qash reciben dólares, los convierten a pesos y disparan pagos instantáneos por Bre-B desde la misma plataforma. En Venezuela, el plan es replicar esa experiencia con Pago Móvil. «Imagínate una empresa venezolana que cobra una factura en dólares y puede convertir esos fondos y pagar en bolívares a sus proveedores a través de Qash y Pago Móvil. Ese es el recorrido que vamos a desarrollar», dice Spiwak, quien adelanta que la compañía planea conectar directamente Pago Móvil con Bre-B en ambos sentidos.
A estos, se suman otras fintechs venezolanas que se van expandiendo en la región en los últimos años. Son iniciativas que cuentan con el capital para probar en nuevos mercados. Además de la llegada oficial de la fintech argentina Depay, destaca Takenos, la billetera que ya opera en al menos cinco países de América Latina. Según fuentes cercanas a Ecosistema, habilitaría envíos de dinero hacia Venezuela en las próximas semanas.
Mover dinero no debería ser un problema
Además de la arepa –cuyo origen sigue siendo un debate entre ambos países, sobre todo en redes sociales– Colombia y Venezuela comparten población. En Colombia vive la comunidad de migrantes venezolanos más grande del mundo en un solo país: unos 2,8 millones de personas. Así lo reportan Migración Colombia y la Organización Internacional para las Migraciones. Además, se estima que entre 900.000 y 1.200.000 colombianos que habían migrado a Venezuela en el pasado retornaron a Colombia en los últimos años. Su descendencia hizo lo mismo. Para 2011, el censo venezolano también estimaba unos 721.000 colombianos en Venezuela, aunque hay quienes creen que el número es mayor. La Asociación de Colombianos y Colombianas en Venezuela estima el número entre 4,4 y 5,5 millones. Además, unas 56.000 a 57.000 personas cruzan la frontera colombo-venezolana al día, según las cifras más recientes de Migración Colombia.
La rapidez también es cuestión de confianza
Para un venezolano, la forma de enviar dinero a su familia desde ese país es, por lo general, a través de los caminos informales. Por WhatsApp, P2P o intermediarios cambiarios que puedes conseguir en cualquier zona frecuentada por la comunidad venezolana en Bogotá, Medellín o cualquier ciudad colombiana. Eso sí, a tasas no tan convenientes.
Para un empresario, la diferencia entre un pago que tarda días y uno que tarda segundos no es poca cosa. Una transferencia internacional tradicional por SWIFT —la red que todavía mueve buena parte del dinero entre bancos del mundo— puede tomar varios días en confirmarse. Con una solución tecnológica adecuada, se reduce a sólo minutos.
Esa rapidez también significa seguridad, ampliar la confianza, o algo todavía más simple: poder dedicarse a su negocio, no a resolver cómo cobrar o pagar. Es la misma lógica detrás de Qash, Pago Asap, y la que persiguen Takenos y cualquier otro jugador que decida entrar a este corredor. Mientras el dinero siga tardando días en cruzar la frontera, cada negocio nuevo o envío regular entre Colombia y Venezuela carga con una fricción. Es una fricción de la que no debería tener que ocuparse.
La solución también está en los antecedentes
Venezuela ya tuvo, alguna vez, la arquitectura para un corredor formal de pagos con Colombia. Existió un convenio bajo la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI). En él, el Banco Central de Venezuela y el Banco de la República en Colombia compensaban el comercio bilateral. Así, el exportador no cargaba con la espera. También hubo bolsas agrícolas en ambos países, con esquemas de interconexión promovidos desde la Comunidad Andina. Todo eso se cortó cuando Venezuela salió de la CAN en 2006 y cerró su bolsa agrícola en 2011.
«Hoy el problema no es tecnológico, es regulatorio», resume la economista María Cristina París. La norma de Sudeban de 2021 que creó la figura de las fintech las limita a prestarle servicios a los bancos. Atender directamente al usuario final requiere una autorización aparte del Banco Central de Venezuela. El IGTF, el impuesto del 3% a las transacciones en divisas, encarece justo los flujos que se quieren formalizar. Las licencias que otorgó la OFAC este año reabrieron canales para el BCV y la banca pública. Aun así, la banca privada venezolana sigue sufriendo el sobrecumplimiento de sus bancos corresponsales en el exterior.
Qué hace falta para destrabar el corredor
Para que entren nuevos jugadores a las remesas, dice París, hace falta una licencia específica del estado para proveedores de pagos transfronterizos. Esa licencia debería pedir capital proporcional al riesgo, no al de un banco. También hace falta permiso para atender al usuario final con los fondos resguardados en cuentas segregadas, y acceso a liquidar directamente en bolívares. Y un esquema de identificación del cliente simplificado para montos pequeños, alineado con los estándares del GAFI (cuerpo intergubernamental para luchar contra delitos financieros). Todo eso, agrega, podría probarse primero en un sandbox regulatorio –entorno controlado para que empresas y startups prueben nuevas tecnologías, productos y servicios–. Colombia tiene uno así desde 2020.
La tecnología, en cambio, ya está resuelta en gran parte: Pago Móvil funciona y la banca venezolana está digitalizada. Solo faltaría abrir esa infraestructura con APIs que acrediten un pago en segundos. También faltaría adoptar estándares como ISO 20022, un estándar global que unifica el lenguaje y la estructura de los datos para las comunicaciones financieras. Es el mismo lenguaje que algún día podría conectar a Pago Móvil con Bre-B.
Para la inversión, el diagnóstico es distinto: la Bolsa de Valores de Caracas y la Caja Venezolana de Valores ya existen y funcionan. Lo que falta, cuenta París, es permiso para conectarlas con el mundo. Eso significa que un no residente pueda abrir una cuenta de forma remota y liquidar directamente contra cuentas en el exterior. También que la Caja Venezolana se interconecte con depósitos de valores de otros países, como ya hace Deceval en Colombia a través del MILA.









