En los últimos años, mientras gran parte del capital internacional evitaba Venezuela, empezó a emerger una nueva generación de startups con ambición global —desde Yummy, la super-app con más transacciones digitales del país, y Cashea, una de las plataformas de buy now, pay later de más rápido crecimiento, hasta proyectos en software, fintech e inteligencia artificial como HeroUI, Meru, Stack AI, Kuentro, Quarto y Krece— que, aunque operan en sectores distintos, comparten un mismo hilo conductor: el respaldo temprano de Vicente Zavarce y Diego Salas, dos operadores e inversionistas venezolanos, socios en Epakon Capital.
Zavarce y Salas aparecen en una parte sorprendentemente amplia de las historias más recientes del nuevo tech venezolano. No siempre son los protagonistas visibles, pero sí los primeros creyentes. Y es que hay un poder que no siempre se anuncia, a veces hace menos ruido y, por eso mismo, es más fácil de subestimar: el de quienes aparecen para invertir en ideas mucho antes que el mercado las vea como “obvias”.
En Ecosistema conversamos con Zavarce y Salas para entender por qué, incluso cuando Venezuela no es todavía un destino evidente para el venture capital global, estos dos operadores y su firma de inversión están haciendo el movimiento contrario: apostar por lo que está cerca.
Antes de la primera inversión
Zavarce y Salas se conocieron como estudiantes en el Colegio San Ignacio de Loyola, en Caracas, Venezuela, pasando luego a estudiar juntos en la Northeastern University de Boston, EE.UU, donde también fueron roommates, y aunque no siempre tomaron caminos similares —con Zavarce entrando de lleno a Silicon Valley, y Salas profundizando sus estudios en la Harvard Business School—de su experiencia nació la obsesión compartida de demostrar que se pueden construir compañías de estándar global desde mercados subestimados, como Venezuela, y que esas compañías pueden tener impacto real en la sociedad.
Esta no es una tarea sencilla. Para Salas, invertir en etapas iniciales de este tipo de proyectos implica aceptar que la información suele ser incompleta y que el trabajo del inversionista no es eliminar la incertidumbre, sino entenderla mejor que otros, algo que pasa por reconocer patrones, identificar cuándo realmente pueden aportar valor estratégico como socios y distinguir equipos excepcionales.
“El recurso más escaso no es el capital, sino los founders extraordinarios”, complementa Zavarce. Estos founders, dice, poseen rasgos como claridad de pensamiento poco común, obsesión por el problema, resiliencia, motivación genuina —es decir, más allá del beneficio económico—, visión ambiciosa a largo plazo, y orientación hacia la construcción de un legado, más que de un simple negocio.
“Puedo leer estas señales con mayor precisión porque viví muchos momentos límite construyendo Yummy, donde la diferencia entre avanzar o desaparecer dependía casi exclusivamente del founder”, comenta Zavarce.
Y es que para Zavarce, “los founders no son empresarios tradicionales, son más artistas que gerentes”, explica, “Construir empresas disruptivas es, en muchos sentidos, un acto creativo. Es arte aplicado. El canvas es la sociedad y el status quo, y el resultado de esa creación es algo completamente tangible.”
Yummy: La primera escuela
En mercados estables, las discusiones sobre startups giran alrededor de métricas estandarizadas —como crecimiento de usuarios, tasa de retención, valor de vida del cliente (LTV) o eficiencia en la adquisición (CAC)—; pero en Venezuela, aunque esas métricas también existen, es vital aprender a convivir con fricciones e informalidades de procesos, que tienden a ser más sistemáticas que puntuales.
Yummy —la super-app venezolana de comercio electrónico, delivery y movilidad—, nació y escaló en ese contexto. Pero más allá de su evolución como plataforma, su impacto más duradero ha sido interno, pues ha moldeado la forma en que sus protagonistas piensan la ejecución.
“La velocidad de ejecución es crítica. Yummy es una organización diseñada para probar muchas cosas en paralelo, sabiendo que la mayoría no van a funcionar”, explica Zavarce, “Hacemos muchas apuestas, pero solo unas pocas necesitan salir bien para mover la aguja de forma significativa”.

De esta experiencia, Zavarce aprendió que un diseño organizacional tolerante al error y con autonomía en todos los niveles es un criterio central al evaluar emprendedores. Otra lección clave de Yummy vino del rol de los inversionistas en el camino: “El verdadero valor de un inversionista no está en el tamaño del cheque, sino en su capacidad de acompañarte en un camino que es profundamente duro y solitario”, comenta.
Salas aparece aquí como parte estructural de esa historia, pues fue el primer inversionista de Yummy, convencido por su convicción personal. “Vi una oportunidad de apoyar a una causa única —demostrar que en Venezuela se puede emprender, que las cosas se pueden hacer por el camino correcto—, un equipo único —los conocía desde muy jóvenes y había visto su crecimiento profesional—, y una visión única —ser la empresa de consumidor más emblemática e innovadora del país”, dice.
La apuesta ha dado sus frutos: Yummy se ha consolidado como la app número uno de Venezuela, procesando más de 30 millones de órdenes, con una flota de más de 100.000 conductores y un marketplace propio de comercio integrado.
Un portafolio como mapa de acción
Pero la historia de Yummy no es un caso aislado, pues, desde entonces, Zavarce y Salas han pasado a aplicar sus aprendizajes en un portafolio más amplio dentro de Epakon Capital, con la ventaja de saber operar en economías frágiles, pero también reconociendo que cada empresa enfrenta su propios retos. “No se trata de pronosticarlos, sino de saber cómo resolverlos cuando se presenten, o con quién hablar, o qué solución técnica inventar”, advierte Salas.
Además de Yummy, Epakon Capital ha realizado más de 40 inversiones desde hace cinco años, incorporando en su portafolio a algunas de las empresas más reconocidas del ecosistema tech venezolano actual, como Cashea —la plataforma fintech buy now, pay later enfocada al consumo en Venezuela.
Salas recuerda que el factor decisivo para apoyar el proyecto fue el equipo, pues se tomaron meses para conocer cómo pensaban, apreciar su capacidad de ejecución y diseñar la forma de trabajar juntos. Para Zavarce, la señal decisiva fue cultural, pues entendió que existía una memoria colectiva y demanda insatisfecha en torno al crédito. “La tecnología de muchas maneras logra crear esta confianza [entre usuarios y comercios] a través de la experiencia de usuario”, dice, “El founder de Cashea [Pedro Vallenilla] me explicó con claridad que el modelo de negocio tenía mucho sentido para las reglas de encaje bancario en Venezuela, y su visión a largo plazo merecía existir y ser apoyada”.
Hoy, Cashea es una de las empresas con mayor impacto económico del país, pues según estimaciones internas de la compañía, la aplicación está en casi la mitad de los bolsillos venezolanos y procesa un total de transacciones equivalentes al 3.5% del PIB.
El portafolio de Epakon Capital incluye una diversa gama de empresas, entre ellas La Capilla, dedicada a la producción y exportación de destilados artesanales de agave; HeroUI, una librería de componentes de interfaz de usuario con más de un millón de usuarios que permite a los desarrolladores web construir aplicaciones modernas de forma más rápida, consistente y escalable; y Meru, una billetera global de auto-custodia de stablecoins, respaldada por fondos de Silicon Valley, que permite abrir cuentas en distintas monedas, recibir pagos internacionales y pagar con tarjeta Visa, procesando más de 1.000 millones de dólares al año.
Además, el portafolio cuenta con Stack AI, una plataforma de automatización que permite a las empresas crear y desplegar flujos de trabajo basados en IA, la cual está respaldada por Google y otros fondos de Silicon Valley. También forman parte Kuentro, una plataforma de RRHH que asiste a cientos de empresas venezolanas y mexicanas en la gestión digital de nómina, talento y procesos laborales, Quarto, una proptech enfocada en alquileres residenciales que digitaliza y simplifica el proceso de arrendamiento para propietarios e inquilinos en Venezuela, y Krece, una app que facilita la adquisición de smartphones a través de cuotas, con el propio celular como garantía de pago, y que se ha expandido a Bolivia, Perú y República Dominicana.

El hilo conductor entre todas estas decisiones es una forma particular de memoria: una que se construye con experiencia operativa y con personas que tengan un entendimiento único de un mercado o industria.
“Las ideas, por sí solas, no valen nada”, dice Zavarce. “Lo único que importa es la ejecución y el grupo de personas ejecutando”. Salas refuerza este punto al describir que buscan emprendedores con experiencia real en el terreno, marcados por aprendizajes duros, que sepan transformar el fracaso en oportunidades y que, apoyados por datos, sepan identificar vacíos en el mercado y cómo llenarlos.
Un caso que ilustra estos puntos es el de Hero UI y su founder, Junior García, quien proviene de un pueblo pequeño del estado Lara y aprendió a programar con libros en un cibercafé. Según relata Salas, “[García] emigró a Argentina y cuando pensó que lo había logrado trabajando para una de las empresas más grandes del mundo de startups, dos locos [él y Zavarce] lo conocen y le dicen que tiene que renunciar a su trabajo por que creíamos que el mundo tenía cosas más grandes planeadas para él. A la semana renunció al trabajo y le dimos el capital y acompañamiento necesario. Hoy en día tienen más de un millón de usuarios que usan su producto al mes y han pasado por Y Combinator” —una aceleradora de startups de Silicon Valley que ha impulsado proyectos como Airbnb o Dropbox.
Casos de superación como el de García no son puntuales, sino que se replican de distintas formas en el portafolio de Epakon Capital. Y es que, según comenta Zavarce, el privilegio de invertir no está sólo del lado del founder que recibe capital, sino también del inversionista al que se le abre la puerta para formar parte de los proyectos y acompañar sus recorrido con un grupo de creadores y exploradores.
La próxima etapa del tech venezolano
El 2026 ya está dando señales de entrada de capitales a Venezuela, pero todavía hay espacio para que se consolide un mayor punto de inflexión. Aunque en un inicio estos recursos se destinen a rubros más esenciales como salud, alimentos, infraestructura y energía, no es descartable que en el futuro próximo se incorpore al sector tecnológico también.
Para Salas, estas oleadas posteriores de inversión pueden provenir del capital extranjero interesado en buscar alto riesgo-alta ganancia, pero también de venezolanos de la diáspora “Estimamos que un tercio de los venezolanos viviendo fuera de Venezuela retornarán al país y al menos 30% de estos vendrán con proyectos a largo plazo que la mayoría estará concentrado en PYMES”, dice.
Según Zavarce, con el PIB digital venezolano todavía en su infancia, existen grandes ventanas de oportunidades. Los proyectos que más les llaman la atención son aquellos que apoyen ese ecosistema digital, como pagos, logística, crédito, identidad digital, marketplaces, e infraestructura financiera; es decir, no necesariamente negocios puntuales, sino negocios que impulsen el desarrollo de otros negocios.
“Estoy convencido que desde Venezuela van a salir compañías gigantes que sirvan a ciudadanos en todo el mundo, no solo localmente”, menciona Zavarce, poniendo de ejemplo a casos como Spotify, Booking.com o Mercado Libre, empresas que surgieron desde Suecia, Países Bajos y Argentina, respectivamente. “No creo que haya algo del mindset de Silicon Valley que no encaje con Venezuela”, dice.
En estas próximas oleadas de inversión, contar con socios estratégicos que entiendan las realidades del mercado será un factor clave, y es una ventaja competitiva que ya poseen Zavarce y Salas. Su experiencia los respalda: Si hay una empresa tech venezolana destacada, hay altas probabilidades que Zavarce y Salas la hayan apoyado desde sus inicios. No necesariamente haciendo mucho ruido, sino como arquitectos silenciosos.









