Cada cierto tiempo, en el Centro Comercial Parque Cerro Verde –uno de los más nuevos y grandes de Caracas, ubicado en las colinas del sudeste– se han venido dando varios festivales del libro y la lectura en los que, pese a stands llenos, algunos visitantes se van de allí como entran: sin siquiera un libro en la mano.
El sector del libro ha sido uno de los que más ha reducido su tamaño en los últimos 15 años. De hecho –al agrupar librerías, editoriales y distribuidoras de libros– el número de agremiados de la Cámara Venezolana del Libro (Cavelibro) se ha contraído en un 70%, según Julio Mazparrote, presidente de la asociación.
A diferencia de otros países, donde servicios como Amazon o la digitalización han hecho mella del sector, el contexto económico es uno de los factores que más explica esta dinámica: durante la bonanza petrolera de los 2000, el sector prosperó gracias a un consumo en crecimiento. Sin embargo, cuándo la economía comenzó a contraerse hace una década, el presupuesto familiar pasó a priorizar necesidades básicas como alimentos, desplazando a otros rubros como aquellos de la cultura, lo que afectó severamente a los libros.
El deslave de las librerías, distribuidoras e imprentas
Al combinar este impacto económico –que golpeó profundamente al sector, sobre todo entre 2013 y 2020– con la reducción significativa de demanda por la migración de millones de venezolanos en el mismo período, la expansión de los libros en formatos digitales y el auge subsecuente de la piratería digital, el sector editorial venezolano vio desmoronarse su mercado interno y perdió gran parte de su dinamismo.
Venezuela ya no es ese país destacado de la región donde proliferaban editoriales como Ayacucho o Monte Ávila, propiedad del Estado, o aquellas multinacionales como Planeta y Ediciones B que abandonaron el país durante la crisis. Tampoco es el país que era a inicios de siglo, cuando era imposible transitar por la Plaza Altamira cuando se daban las ferias de libros, debido a la cantidad de personas que acudían — y que sí se llevaban libros.
Nacho o Las Novedades eran algunas de las cadenas de librerías que tenían stands en dichas ferias, pero que hoy han desaparecido de la capital, con Nacho cerrando sus 38 sucursales y Las Novedades 10 sucursales. De hecho, de las grandes cadenas que había en Caracas, hoy sólo sigue Tecni-Ciencia Libros, aunque también redujo considerablemente su tamaño. “Como a todos nos fue muy mal desde el 2012, lo peor fue el 2016 y 2017; [y tras todos esos años] pasamos de tener 38 tiendas a 9 tiendas”, dice Rosa Higuera, administradora de Tecni-Ciencia Libros.

Y no son sólo las cadenas, gran parte de las librerías independientes, con contadas excepciones, han tenido destinos similares: Librería Estudios, Lugar Común, Muchos Libros, Suma, Noctua y muchas otras han cerrado sus puertas. A una mayor escala, 90 librerías cerraron durante los años 2013 y 2023 tan sólo en Caracas, con otras ciudades y regiones con contextos aún más críticos.
El golpe no se limita a las librerías. A inicios del nuevo siglo, el sector era liderado por distribuidoras e importadoras. Sin embargo, hoy día, “la gran mayoría [de las empresas que permanecen] solo presta servicios editoriales en el país y alguna que otra que están trayendo libros desde afuera, luchando mucho contra la piratería y trayendo ofertas limitadas de libros (…) en condiciones que no son las ideales de mercado”, dice Mazparrote.
Similarmente, según datos de Cavelibro, actualmente las imprentas operan entre el 10% y 20% de su capacidad, sosteniéndose gracias a textos solicitados por escuelas privadas. Visto de otra forma, hay entre un 80% y 90% de la capacidad instalada que no está siendo utilizada.
Y una menor disponibilidad de establecimientos y editoriales se puede corresponder con menor lectura. De hecho, de acuerdo con el último estudio del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC) que incluyó a Venezuela, en promedio, en el país se leían menos de dos libros al año por persona; por contraste, países como Argentina o Chile leen más de cuatro.
Este no es un rezago menor, pues el crecimiento económico suele ir de la mano con el nivel de desarrollo del capital humano. Después de todo, una mejora en la cantidad y calidad de los profesionales de un país, supone incrementos en sus niveles agregados de productividad, e impulsa la producción y los ingresos de dicho país. Por el contrario, cuando el capital humano se estanca, el desempeño económico se limita.
El inesperado renacer del mundo librero venezolano
No obstante, pese a los contrastes regionales y lo retador de las circunstancias internas, Venezuela no se ha olvidado de leer. En realidad, durante los últimos años el sector del libro ha ido en crecimiento, y la clave detrás del repunte ha sido reinventarse y adaptarse al mercado, de acuerdo con Mazparrote.

Por ejemplo, Tecni-Ciencia Libros ha logrado mantenerse gracias a una diversificación de su oferta –que ahora también incluye papelería y venta de juguetes– mientras que otras librerías icónicas de Caracas como La Gran Pulpería del Libro Venezolano, Libroria o el Buscón, por nombrar algunas, también se han operativas, realizando cada vez más actividades como ferias u otros eventos culturales distintos a la venta convencional de libros.
Para Katyna Henríquez Consalvi, gerente de la Librería El Buscón, ubicada en Trasnocho Cultural del Paseo Las Mercedes, algunas claves para permanecer de pie por más de 20 años han sido la propia experiencia de Henríquez en el oficio, el sentido de compromiso que tienen con los lectores venezolanos y el concepto inicial del modelo de negocios: “Nacimos como una librería de libros de segunda mano –libros raros, primeras ediciones, agotados y fundamentalmente bibliografía venezolana–”, dice, “pudimos sortear [las dificultades del contexto venezolano] porque no dependíamos de los sellos de distribución internacional que se fueron del país hace ya muchos años”.
De hecho, esto último permitió que, al son que desaparecían otras librerías, El Buscón se dotaba de más libros provenientes de bibliotecas de familias y personas que emigraban. “Las familias acuden continuamente al Buscón en búsqueda no solamente de que sus libros se vendan, sino sobre todo de dejar sus bibliotecas, que son parte de una vida, en manos de profesionales que puedan darle una acogida”, dice Henríquez Consalvi.
Otro renacer inesperado ha sido el de la Librería Alejandría, que tras haber anunciado su cierre a mediados de 2022, volvió a abrir sus puertas en agosto de 2023. “Nosotros no vendíamos libros solamente, sino que orientábamos a los lectores, y esa es la clave de nuestro éxito”, dijo César García Camperos, dueño de la librería, en una nota de prensa.

Pero donde más se observa el repunte es a nivel independiente. En los últimos años, algunas nuevas librerías han abierto recientemente en el país —como El Cuervo en El Hatillo o The Book Shop en Las Mercedes, ambas en Caracas. “Nuestras cifras de ventas han mejorado con respecto al año pasado”, dice Juan Guerrero, quien, junto a su pareja, Victoria Monsalve, lleva La Trastienda Literaria, una librería digital que desde Maracay hace envíos a toda Venezuela y otros países.
En ausencia de espacios físicos, el éxito de una librería digital depende de la fidelidad de la comunidad –sobre todo de Instagram—, de que la oferta disponible coincida con los pedidos de los clientes y de que se garantice una confianza con los mismos. Esto, a su vez, pasa por brindar diversas facilidades –por ejemplo, incluir planes de pagos al mejor estilo Cashea– o permitir el uso de varios mecanismos de pagos en bolívares y divisas además del estudio de los gustos del lector.
Según Alexander Urrieta, quien lleva la librería digital Liber Ludens desde Caracas, los lectores venezolanos han pasado a buscar textos que “han sabido venderse como prácticas recetas para vivir”, por ejemplo, de autoayuda, new age y estoicismo. También “hay una población, sobre todo de jóvenes, que está muy preocupada por lo que sucede en el país, que quiere buscar su propia identidad nacional y hace pedidos al respecto”, sobre todo de historia y filosofía, dice Guerrero, una tendencia que Henríquez Consalvi también observa en la Librería El Buscón.
Economía de un naufragio
Pero, a pesar del repunte reciente, el estado de la economía permanece como uno de los mayores desafíos para crecer aún más: “No es fácil para muchas personas gastarse 20, 30 o 40 dólares en un libro”, dice Urrieta, quien también menciona que, si bien sus ventas crecen respecto al año pasado, ha llegado a tener meses críticos donde no se vende prácticamente nada.

La incertidumbre del poder adquisitivo también es una incertidumbre que se traslada a la venta de libros, limitando la apertura de nuevos establecimientos y la expansión de los que ya existen. Pocos quieren hacer inversiones sin garantías más concretas de un éxito significativo. Esto ha obstaculizado la circulación de novedades internacionales e incentivado el mercado de segunda mano, como el que se encuentra bajo el Puente de las Fuerzas Armadas, por ejemplo. “Sin embargo, dado que la segunda mano es sobrevivir a partir de los naufragios, es una economía que no daña ni beneficia a nadie; (…) puede funcionar quizá durante un tiempo, pero tristemente una industria no puede crecer tomando esta contingencia como única alternativa de lucro y promoción”, menciona Urrieta.
Roberto Bolaño, escritor chileno, dijo una vez que los libros tienen dos grandes funciones: llevarnos a otros mundos y servir como espejos. En el caso de Venezuela, el sector del libro también sirve como un espejo de otros: la crisis económica de años anteriores redefinió su tamaño y dinámica, y aunque el crecimiento es palpable con la innovación suficiente, su techo también es bastante visible.
Nota del editor: La versión original de este artículo señalaba que tres librerías habían abierto en 2025. Fue corregida para precisar que dichas aperturas ocurrieron en los últimos años, y no únicamente en 2025.








