El Premio en Ciencias Económicas en memoria de Alfred Nobel 2025 —el único “Premio Nobel” que técnicamente no es un Premio Nobel— reconoció a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt por responder a una pregunta esencial desde distintas perspectivas: por qué y cómo las sociedades logran sostener el crecimiento económico en el tiempo.
En el contexto mundial marcado por la digitalización y la inteligencia artificial, el aporte conjunto de los laureados —una mitad del premio fue para Mokyr, y la otra para Aghion y Howitt— no está solo en explicar el pasado, sino que ilumina el presente. Su obra ofrece una guía valiosa para entender los mecanismos del crecimiento económico actual y, sobre todo, para (re)imaginar la gestión empresarial.
Mokyr: El conocimiento como raíz del progreso
La obra de Joel Mokyr parte de una pregunta sencilla pero poderosa: ¿por qué, después de siglos de estancamiento, la humanidad entró en una etapa de progreso sostenido a finales del siglo XVII? Su respuesta está en la transformación de lo que llama la cultura del conocimiento durante la Ilustración, en donde el crecimiento económico deja de ser un fenómeno puramente material para convertirse en una dinámica cultural
Mientras que las economías premodernas avanzaban a base de descubrimientos aislados, la Europa de los siglos XVII y XVIII desarrolló un nuevo sistema de producción de saber, con comunidades científicas abiertas, instituciones dedicadas al intercambio de ideas, publicaciones que reducían el costo de difundir conocimiento y, sobre todo, una tolerancia social creciente hacia la experimentación y el error.
Para Mokyr, ese entorno permitió convertir el conocimiento en una fuerza acumulativa, capaz de multiplicarse a sí misma, incluso más que el propio capital físico. Y es que la tecnología no se entiende sólo como herramientas o máquinas, sino como una forma de organización del conocimiento.
Esa idea —que en un principio puede parecer algo abstracto— tiene implicaciones prácticas enormes: La política educativa, los derechos de propiedad intelectual, la estructura institucional y la confianza social son componentes de la economía de la innovación. En otras palabras, todos son componentes del crecimiento económico y desarrollo social; y viceversa: Donde fallan esas bases, el crecimiento se interrumpe.
Aghion y Howitt: Destrucción = Renovación
Por otro lado, inspirados por la visión de Joseph Schumpeter —economista austríaco que postuló a la “destrucción creativa” como el motor de la economía—, Philippe Aghion y Peter Howitt formalizaron matemáticamente el proceso mediante el cual las nuevas ideas desplazan a las viejas tecnologías, generando un crecimiento continuo. Visto de otra forma, le dieron lógica interna a la explicación de Mokyr.
En su modelo, la economía avanza gracias a innovaciones verticales que empujan la frontera tecnológica y reemplazan productos, métodos o procesos anteriores. Cada avance otorga a su creador un beneficio temporal de monopolio —un período breve de ventaja por ser dueños de los avances—, pero esa ventaja solo existe mientras otro innovador no descubra una mejora superior. La competencia no destruye el incentivo a innovar, sino que lo alimenta.

El mérito de Aghion y Howitt fue traducir esa intuición en un modelo estadístico, verificable y dinámico. Demostraron que el crecimiento sostenible requiere un equilibrio delicado: demasiada competencia puede desincentivar la investigación, pero muy poca concentración genera estancamiento. En los grises, se encuentra el punto óptimo en el que las empresas innovan para sobrevivir.
A lo largo de tres décadas, sus hallazgos son consistentes, ya que, según los autores, las economías con mayor dinamismo empresarial, regulación pro-competencia y sistemas de investigación flexibles tienden a crecer más rápido.
Pero el aporte más duradero de Aghion y Howitt no es el modelo en sí necesariamente, sino el marco conceptual que dejó como consecuencia, uno en donde la innovación como proceso de destrucción y reconstrucción continua. Progreso y pérdida son dos caras de la misma moneda.
La innovación como punto de encuentro
El punto de encuentro entre Mokyr y la pareja Aghion-Howitt está en su visión del conocimiento como un bien social. Para Mokyr, el progreso se acelera cuando las ideas se vuelven de conocimiento público; mientras que para Aghion y Howitt, esto sucede cuando la competencia permite que las ideas se traduzcan en mejoras concretas.
Ambos coinciden en que la innovación no puede prosperar en entornos cerrados, sino que requiere de instituciones que fomenten la confianza, normas que protejan la experimentación y una cultura que premie el aprendizaje más que la obediencia.
En tiempos de inteligencia artificial, biotecnología y automatización, este mensaje se renueva. El desafío no es detener la disrupción, sino gobernarla. La clave está en construir estructuras que faciliten la movilidad laboral, la reconversión de habilidades y la circulación de conocimiento. Según los galardonados, aquellos países que logren integrar esos principios son los que transforman la destrucción creativa en crecimiento sostenido, no en desorden.
Las enseñanzas del Nobel 2025 para Venezuela
En una economía atravesada por restricciones crediticias y servicios inestables, el margen de maniobra en Venezuela puede parecer estrecho, pero no es inexistente.
La obra de Mokyr sugiere que incluso en entornos adversos es posible sembrar las condiciones culturales e institucionales del progreso a nivel empresarial, como promover la cooperación entre áreas o departamentos, reducir los costos de acceso a la información técnica, cultivar la confianza y la documentación dentro de las organizaciones.

Mientras que desde la lógica de Aghion y Howitt, los mercados locales pueden funcionar como laboratorios de innovación si las empresas adoptan una mentalidad competitiva y de aprendizaje continuo. Así, en lugar de blindarse frente al cambio, las firmas que internalicen la destrucción creativa como práctica —iterando rápido, aprendiendo de los errores y formando redes— estarán mejor preparadas para resistir la volatilidad y aprovechar las oportunidades que surgen cuando las estructuras tradicionales se fracturan.
Innovar en Venezuela no significa copiar modelos foráneos necesariamente, sino cultivar una cultura de curiosidad práctica y experimentación controlada. Significa entender que el conocimiento es el único activo —aunque intangible— que se multiplica al compartirse.
Uno de los rostros locales de esa dinámica entre conocimiento, competencia y renovación es Yummy, que si bien nació como servicio de delivery terminó expandiéndose hacia pagos, movilidad y entretenimiento, a pesar de actuar en un mercado pequeño y restringido. Su crecimiento encarna perfectamente la lógica de la destrucción creativa, donde cada nueva vertical desplaza la anterior, y cada expansión implica aprender, ajustar y volver a empezar. Y en el terreno financiero, Cashea traduce los principios de Aghion y Howitt en una clave contemporánea: la creación de un mercado de crédito alternativo donde el conocimiento tecnológico sustituye a las garantías tradicionales.
Tan sólo estos ejemplos muestran que la innovación no depende de la abundancia, sino de la capacidad de reinterpretar las restricciones como incentivos. Un recordatorio de que —aun en condiciones adversas—, las ideas siguen compitiendo y el conocimiento continúa moviendo la frontera
El Nobel de Economía 2025 no premia una fórmula matemática ni estadística, sino una convicción respaldada por décadas de evidencia empírica: el progreso nace de la tensión entre destrucción y aprendizaje. Las sociedades prosperan cuando permiten competir ideas, cuando aceptan el error como parte del proceso creativo y cuando entienden que el conocimiento es, al mismo tiempo, su recurso más escaso y su activo más abundante. Innovar es un acto de libertad.








