Venezuela estuvo presente en Davos 2026, pero en los márgenes de una agenda dominada por otras urgencias geopolíticas. Durante el Annual Meeting del Foro Económico Mundial (WEF), el encuentro de líderes globales celebrado esta semana en el pueblo suizo de Davos, el gran foco fue la crisis de Groenlandia desatada esos días –cuando el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reavivó la presión estadounidense a Europa para que Dinamarca vendiese la enorme isla ártica a Estados Unidos– y la reconfiguración del orden de seguridad global tras los últimos movimientos de Washington, que coparon las principales plenarias, reuniones cerradas y titulares internacionales: sobre todo ante la mayor delegación estadounidense, liderada por Trump, en la historia del evento que se lleva a cabo todos los eneros en el pueblo alpino.
En ese contexto, a pesar de los acontecimientos de la madrugada del 3 de enero, Venezuela no fue un tema central de programación, pero apareció de forma persistente en discursos, paneles y encuentros paralelos, cruzando tres grandes ejes: la geopolítica, la transición política y la reconstrucción de su industria petrolera. En Davos, el país fue más un tema transversal —inevitable— pero esporádico que un caso con hoja de ruta clara buscando el consenso de las élites de la globalización.
“La verdad es que la gente no estaba demasiado pendiente; más bien, la mayoría no sabía [del tema]”, dijo Camila Colmenares, una economista venezolana que formó parte de la delegación selecta de Global Shapers o líderes jóvenes menores de 30 años que el WEF invita a Davos cada año, variando sus miembros. “Incluso al preguntarle a algunos Young Global Leaders [la comunidad de líderes de treinta y cuarenta años del WEF], las respuestas eran vagas: que primero ‘había que estabilizar la situación’, sin mayores detalles”, explicó, “la atención del foro se volcó casi por completo hacia Estados Unidos y Groenlandia.”
El país, sin embargo, sí estuvo más presente que en la edición de 2025. Ese año asistí al foro como parte de la delegación anual de Global Shapers y apenas hubo un panel donde formalmente se incluyó el país en la propuesta: “Hidden Crises” (crisis escondidas), junto a otras crisis como Myanmar y Sudán que no captan la atención que monopolizaban Ucrania y Gaza; un pie de nota en el atlas de las tragedias. Venezuela también aparecía casualmente como un basket case o bajo solidaridades grandilocuentes en las pocas sesiones sobre América Latina, usualmente mencionada por presidentes regionales como José Raúl Mulino y Dina Boluarte.
A pesar del aftermath de las elecciones de julio de 2024, el país quedó opacado frente a la inteligencia artificial, la preservación de los ecosistemas de la Antártida, los shocks de las cadenas de suministro y la búsqueda de una autonomía estratégica europea ante el retorno del trumpismo. En 2026, sin embargo, el número de venezolanos en Davos era mayor al que fue invitado este año: incluía la gurú de marketing Verónica Ruiz del Vizo y a la emprendedora social Claudia Valladares, del Impact Hub Caracas; ambas miembros de distintas comunidades del WEF.
El retorno energético de los Estados Unidos a Venezuela

Este año, uno de los momentos más visibles ocurrió durante la intervención de Trump, quien vinculó directamente a Venezuela con su narrativa de liderazgo energético. En su discurso, Trump afirmó que la producción petrolera estadounidense estaba en máximos históricos y que, solo en la última semana, EE. UU. había “recogido 50 millones de barriles solo de Venezuela”. Según el mandatario, esos barriles serían “compartidos con ellos”, lo que permitiría que Venezuela “gane más dinero en los próximos seis meses que en los últimos 20 años”. Trump añadió que “toda gran compañía de petróleo viene con nosotros” y calificó el proceso como “una cosa hermosa de ver”.
Aunque economistas como Asdrúbal Oliveros proyectan para este año un crecimiento de entre 10% y 15% —una cifra significativa frente al saldo neto negativo de las últimas dos décadas— la comparación que plantea Trump no resulta del todo válida, pues contrasta períodos de naturaleza y duración muy distintas. De hecho, en esas dos décadas, Venezuela ya ha registrado expansiones anuales muy superiores: en 2005, por ejemplo, la economía creció a una tasa superior al 17%, una cifra excepcional incluso en estándares regionales. Al mismo tiempo, el crecimiento acumulado de los últimos años, aunque parte de una base muy deprimida y sigue siendo relativo, es comparable al que se proyecta bajo los escenarios más optimistas actuales, lo que sugiere que el repunte esperado, aunque relevante, no constituye un quiebre estructural todavía.
El optimismo de Trump contrastó con los diagnósticos técnicos presentados en reuniones cerradas. En un encuentro al margen del foro, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, dijo a ejecutivos petroleros que la producción venezolana podría aumentar alrededor de un 30% desde su nivel actual de unos 900.000 barriles diarios en el corto y mediano plazo. Sin embargo, uno de los participantes advirtió que incluso un aumento de 300.000 barriles diarios tendría “poco impacto” en el mercado global, que en 2025 producía unos 106 millones de barriles por día.
Wright también señaló que el mundo necesitará todas las fuentes de energía, incluidas las renovables, para atender el crecimiento de la demanda. En ese mismo encuentro, ejecutivos destacaron las limitaciones estructurales del sector venezolano. “Hay que calentar el suelo, diluir el crudo, calentar los oleoductos para transportar el petróleo venezolano. Toma mucho tiempo y dinero”, dijo uno de ellos. Otro agregó que las empresas enfrentarían problemas de seguridad, inspección y estándares debido a que “la mayor parte del equipamiento está obsoleto”. El CEO de Exxon, Darren Woods, habría señalado además que Venezuela necesitaría cambiar sus leyes antes de convertirse en un destino atractivo para la inversión.
En su entrevista con Bloomberg TV en Davos, Wright dijo que no habrá “garantías de seguridad” ni protección en tierra por parte de EE. UU. para las petroleras en Venezuela, y enmarcó la entrada de inversión como un proceso escalonado: “por eso los wildcatters se moverán primero”, refiriéndose a compañías pequeñas dispuestas a mayores riesgos para lograr mayores ganancias, mientras que las empresas más grandes entrarían después, cuando el entorno sea más estable y “invertible”.
Venezuela en las sesiones del foro

La dimensión política del debate se concentró en el panel “Venezuela: What Next?” (Venezuela: ¿ahora qué?), uno de los pocos espacios en Davos donde el país fue tema central. Allí, los expertos coincidieron en que los planes de Washington aún no ofrecen un camino creíble hacia una gobernanza legítima ni una recuperación duradera.
Ricardo Hausmann, director del Growth Lab de Harvard y exministro venezolano, sostuvo que lo que se presenta como estabilidad es, en realidad, represión. En su intervención, señaló que persisten restricciones severas a garantías civiles y políticas, lo que desincentiva el retorno de la diáspora venezolana, estimada en unos ocho millones de personas. “Yo sostendría que no puede haber recuperación sin derechos”, afirmó Hausmann. “Venezuela puede recuperarse de manera muy dramática si se envía una señal a los venezolanos de que es hora de volver a casa. En este momento, no es hora de volver a casa”.
En el plano energético, los expertos moderaron las expectativas de un regreso a la “edad dorada” del petróleo venezolano. Jason Bordoff, director del Center on Global Energy Policy de la Universidad de Columbia, explicó que las empresas internacionales podrían lograr incrementos relativamente rápidos si reparan activos existentes, pero que la reconstrucción real de la industria requerirá “decenas de miles de millones de dólares” y años de inversión sostenida. “Las compañías no van a hacer eso”, dijo Bordoff, “a menos que tengan confianza en que existe un marco de inversión viable”.
Desde una perspectiva política, Jeffry Frieden, profesor de Columbia, fue aún más tajante: “Creo que hay tres requisitos para la recuperación de la inversión extranjera en Venezuela: estabilidad política, estabilidad política y estabilidad política”. Aunque recordó que existen precedentes de inversión bajo regímenes autoritarios, se mostró escéptico sobre si ese modelo sería suficiente para Venezuela sin una transición democrática.
Ngaire Woods, decana de la Blavatnik School of Government de Oxford, introdujo otro ángulo del problema: el de las élites. Según Woods, muchos actores clave —políticos, militares y líderes empresariales— han aprendido a sobrevivir y beneficiarse del statu quo. “La tarea de reunirlos y hacerles creer que, si trabajan juntos y comparten una visión, todos se beneficiarán porque la torta va a crecer, es en realidad más difícil de lo que parece”, afirmó.
La situación venezolana también apareció en debates regionales. En el panel “Rebuilding Trust in Latin America” (Reconstruyendo confianza en América Latina), el presidente de Ecuador, Daniel Noboa, dijo que muchos venezolanos ahora están esperanzados y ven la posibilidad de un futuro democrático. Por su parte, el presidente de Panamá, José Raúl Mulino, trazó un paralelismo con la invasión estadounidense de 1989 para capturar a Manuel Noriega y subrayó los efectos regionales de la crisis, especialmente en materia migratoria.
¿Una Junta de la Paz para Venezuela?

En paralelo, varios líderes políticos utilizaron Venezuela como referencia ideológica. El presidente argentino Javier Milei criticó duramente al gobierno venezolano y le atribuyó a sus políticas “daños aberrantes”, en el marco de un discurso donde defendió el capitalismo de libre empresa y afirmó que “el mundo ha comenzado a despertar” hacia ideas de libertad.
También, el presidente de Paraguay, Santiago Peña, propuso ante periodistas que la recién creada Junta de la Paz –una junta de líderes globales para gobernar Gaza, presidida por Trump y con membresía paga, que se presentó oficialmente en Davos– impulsada por Trump pueda colaborar en la transición venezolana. “A nosotros nos gustaría que la Junta de la Paz pueda colaborar en la restitución de la democracia en Venezuela”, dijo. Peña subrayó que no se trata de imponer una autoridad extranjera, sino de permitir que “los venezolanos sean los que lleven adelante el futuro de Venezuela” y puedan organizar elecciones (la Junta de la Paz, en Gaza, no cuenta con palestinos entre sus miembros).
Asi Davos 2026 mostró a una Venezuela más presente en el debate global que en años anteriores, pero todavía atrapada entre discursos optimistas, cautelas técnicas y profundas dudas políticas; aún al margen de asuntos globales más urgentes para las élites políticas, académicas y económicas. El país apareció como promesa energética, problema geopolítico y laboratorio de transición, sin que emergiera —al menos en los salones y pabellones del WEF, bajo las blancas montañas alpinas— una visión consensuada sobre su camino real de reconstrucción.








