Lo que encontré en un foro de jóvenes empresarios al volver a Venezuela

Un foro de jóvenes empresarios y emprendedores en Caracas, con algunas de las figuras más importantes del mundo empresarial y académico nacional, me dijo mucho sobre la Venezuela que se está rehaciendo.

Entré al salón y lo primero que me golpeó no fue ninguna ponencia ni ningún dato. Fue la gente. Caras conocidas de mi época del colegio: fiestas, MUNes, partidos de básquet, clubes playeros de Naiguatá. Ahora estaban ahí, con tarjetas de presentación, hablando de crédito, de márgenes, de talento humano, de operaciones cambiarias. En algún punto, del cual no pude darme cuenta porque no estaba en Caracas, mi generación comenzó a formar parte del tejido empresarial del país.

Tenía un lustro sin venir a Caracas. Estos últimos días conocí en persona a Yummy, a Cashea, al Pago Móvil, a Ridery. También conocí a los famosos helados de yogurt griego (ya quedan pocas islas griegas para robarles los nombres), los tacos en Chacao y la fiebre por las focaccias. Descubrí, en aquel salón de caras conocidas, que la antigua sede regional Procter & Gamble ahora había sido renombrada como Caracas Campus y servía como espacio multiusos para startups y empresas privadas. Mi última visita a Caracas había sido muy breve y en un contexto duro, durante las secuelas de la pandemia, y por ende esta es la primera vez que disfruto mi ciudad a plenitud como un adulto. Eso tiene su peso.

El Foro de Perspectivas Empresariales organizado por AJE, la Asociación de Jóvenes Empresarios de Venezuela, no es un evento menor. Reunir en un mismo panel a líderes de empresas que han sobrevivido décadas de lo que solo puede describirse como condiciones extremas, dice algo sobre el momento que atraviesa el país. No es optimismo fácil. Es algo más parecido a una apuesta deliberada, calculada, hecha por gente que conoce bien los riesgos o –en palabras de Zonia Bezara de Atencio, fundadora de la empresa de envíos Zoom– “cuando expandir las alas y cuando guardarlas”.

Una empresa no es un negocio

En el foro, llevado a cabo el 19 de mayo, Lorenzo Mendoza –presidente de Empresas Polar– habló primero, y desde el arranque dejó en claro que no tenía intención de darle a nadie lo que esperaba escuchar.

La distinción que propuso suena simple, pero tiene más peso del que parece: hacer negocio y hacer empresa no son la misma cosa. El primero es un ejercicio financiero, cortoplacista por naturaleza. El segundo es una apuesta de largo plazo que depende, sobre todo, de generar confianza. No con los clientes primero, sino con la gente adentro.

Lorenzo tampoco es fan del discurso de la pasión, mantra emprendedor que insiste en que tienes que amar lo que haces para tener éxito. Su postura es más exigente y, en el fondo, más honesta: tienes que ser bueno. Saber que eres bueno. Desarrollar tu idea desde el conocimiento, no desde el entusiasmo. El entusiasmo se agota. La competencia, si la cultivas, no. «No busques rentabilidad”, dice, “Lo que estás haciendo tiene que tener potencial de ser rentable”.

La diferencia no es semántica. Buscar rentabilidad como objetivo primario te empuja hacia las decisiones de corto plazo que destruyen empresas. Construir algo que merece ser rentable, algo excelente, algo en lo que la gente confíe es lo que produce resultados que duran. El capital, dijo, aparece rápido cuando la idea es poderosa.

Lorenzo Mendoza saluda a otros ponentes: Mariana Frías, Joaquín Urbano y Zonia Bezara.

Sobre inteligencia artificial, Lorenzo se mostró más abierto de lo que yo esperaba y más cauteloso de lo que podría parecer. Está habilitando herramientas de AI dentro de Polar, pero no de forma centralizada ni obligatoria: la idea es que cada quien la adopte a su manera, que el proceso sea orgánico; “descentralizado, democrático”. Está, en sus propias palabras, “anonadado” por la velocidad con la que avanza. Pero eso no lo paraliza. Lo que sí lo paraliza, o más bien lo que rechaza con claridad, son los atajos. “No traicionen sus principios”, repitió más de una vez, “No busquen atajos. El talento cuesta. No free lunch.”

Una nota al margen que no pude evitar: sobre el work-life balance, Lorenzo fue enfático en su escepticismo. Sacrificio, trabajo sostenido, compromiso total. Hay algo un poco de otra época en eso, sí, un tanto boomer. Pero también hay algo de honestidad brutal en negarse a vender la fantasía de que construir algo grande es compatible con no sacrificar nada. 

El dinero inerte

La segunda parte del panel empresarial –junto a Mariana Frías de la histórica agencia publicitaria ARS y la ya mencionada Zonia Bezara de Atencio de Zoom– la dominó Joaquín Urbano, del Banco Venezolano de Crédito (BVC), y los números que trajo son difíciles de ignorar.

En 2018 y 2019, la cartera de crédito de toda la banca venezolana no superó los 100 millones de dólares. En todo el país. Hoy ronda los 2.000 a 2.500 millones, un crecimiento que suena espectacular hasta que lo pones en contexto: es subir del Sótano 4 al Sótano 2, pues la cartera de crédito venezolana representa apenas el 2,5% del PIB. Para que se hagan una idea: la de España está en 105%; en El Salvador en 71% y en Colombia en 42%. Venezuela, en términos de intermediación financiera, es prácticamente inexistente. 

La explicación de fondo, en gran medida, tiene que ver con el encaje legal: el porcentaje de los depósitos bancarios que el gobierno obliga a mantener inmovilizados. En los peores años de la crisis llegó al 100%. Hoy está en torno al 73%, lo que deja a los bancos con apenas un 27% para ejercer su función primordial: prestar. El gobierno, explicó Joaquín, ha visto el crédito en los últimos años como inflacionario y lo restringe en consecuencia. El problema es que sin crédito no hay empresa, y sin empresa no hay país. 

Joaquín Urbano junto a Zonia Bezara de Atencio en el foro de AJE.

«El financiamiento tiene que volver”, dice. No lo dijo como consigna. Lo dijo como diagnóstico. Y tiene razón: las empresas que crecieron en Venezuela en los últimos años lo hicieron en gran medida a pesar del sistema financiero, no gracias a él. 

El propio BVC es un caso interesante. Lleva más de cien años operando bajo los mismos estatutos. El 23% de las utilidades del banco se reparte entre sus empleados. Es un banco de nicho, no de retail, y su principal activo no está en ningún balance: es la confianza que se ha ganado durante décadas. Algo que, dijo Urbano, empieza a renovarse desde dentro: después de años sin incorporar nueva sangre –una suerte de hueco generacional por el éxodo de personas gen x y millennial–  ha surgido en el BVC «un núcleo de gente joven, recién graduada y profesional». Zonia Bezara de Atencio, del Grupo Zoom, una señora genial –verdaderamente genial– 82 years young, apuntó en la misma dirección: la confianza no se declara, se construye, y se construye lento.

Hay una oportunidad real aquí, dijeron. Si Venezuela logra estabilidad macroeconómica sostenida, si el gobierno facilita el trabajo de la banca, el crecimiento del crédito puede ser el catalizador de una recuperación genuina. Es la apuesta. La incógnita es si las condiciones van a llegar a tiempo.

El balde de agua fría

El segundo panel bajó la temperatura.

El politólogo Michael Penfold y el economista Ronald Balza, dos de las voces académicas más rigurosas que tiene el análisis venezolano, pusieron sobre la mesa los números que todos en la sala conocen pero que nadie gusta repetir. Una década de contracción. Dos tercios del PIB evaporados. Un tercio de la población emigró. Una ‘guerra civil sin guerra’, con los desplazamientos y la destrucción usuales de un conflicto pero sin el combate. Los más golpeados, como casi siempre, fueron los más humildes. Los que no tenían ahorros en dólares ni familia en el exterior ni capital para aguantar. Los que se quedaron y absorbieron el impacto con lo que tenían.

Y sin embargo. Balza ofreció una lectura que no es exactamente optimista pero sí es precisa: el 80% de la economía se perdió, sí, pero un 20% sobrevivió y decidió crecer. No porque las condiciones lo invitaran, sino porque la gente apostó, literalmente, a introducir sus ahorros del exterior de vuelta al país. Una economía reconstituida desde abajo, desde la convicción privada, a pesar de. Y presente en el auditorio.

De momento pueden sentirse, de fondo, fricciones indirectas entre los argumentos de ambos ponentes. Desde enero, Penfold se integró a un nueva comisión de paz y convivencia del gobierno —una posición incómoda para alguien con su trayectoria opositora, en un espacio donde pocos comparten ese trasfondo. Y sin embargo, desde ahí sostiene que las encuestas revelan algo que trasciende la grieta: tanto chavistas como opositores quieren una alternativa de sistema. Es una población “forward looking”, dice.

Ronald Balza y Michael Penfold en el panel de análisis de entorno.

Hay, dice Penfold, una «coyuntura absolutamente espectacular»: los venezolanos están dispuestos a tolerar menor bienestar individual si eso se traduce en que al país le vaya bien —porque si Venezuela prospera, prosperan todos. Una disposición que contrasta con el rechazo visceral que encontraron las reformas liberales de los noventa. La discusión, además, ya no pasa por el viejo eje capitalismo-socialismo, dice: es qué tipo de capitalismo. Lo que sigue abierto es el cómo —y ahí, en la discusión de Penfold y Balza, resurgen los fantasmas: el FMI de los noventa, las privatizaciones oligárquicas al estilo ruso, o algún proceso distinto que todavía nadie termina de nombrar.

Lo que sí nombró Penfold fue algo que en el contexto del foro resonó de manera particular: las universidades, las organizaciones civiles, las instituciones eclesiales. «El país está ahí, está vibrando todavía, hay vida.» No como consuelo fácil, sino como punto de partida para pensar en qué se reconstruye y desde dónde. Porque ese país vivo y vibrante también está en ese auditorio. 

Escuchar eso en un foro empresarial, rodeado de gente que está pensando en cómo construir, tiene algo de paradoja necesaria. No se puede hablar de emprendimiento en Venezuela sin hablar de la devastación que lo antecede. Ignorarla sería un ejercicio de autoengaño. Nombrarla, en cambio, le da al esfuerzo empresarial una dimensión que va más allá del balance: es, también, un acto de reconstrucción colectiva.

El cóctel

Después de los paneles hubo un cóctel, y ahí fue donde el foro se puso interesante de otra manera.

Estuve hablando con economistas, emprendedores, abogados, administradores. Chamos self-made que construyeron propuestas desde cero, y otros que heredaron una empresa familiar y la hicieron apta para el siglo XXI, lo cual, en el contexto venezolano de la última década, no es poca cosa. Hay que haber tenido temple para mantener vivo algo heredado en medio de todo lo que pasó en el “armagedón del 18-19” , citando a Urbano.

Pero hubo dos casos que me llamaron la atención de manera particular.

El primero fue una jóven que apenas lleva un par de meses de vuelta en Venezuela tras vivir más de siete años en Estados Unidos. No la conozco directamente, pero sí conozco a su familia y sé que son gente a la que no le hace falta nada financieramente hablando. Verla de vuelta aquí, entonces, no responde a una necesidad. Responde a una convicción. Y eso, en el estado actual del país, me parece un augurio más elocuente que cualquier dato macroeconómico: cuando la gente que tiene opciones elige quedarse, o volver, es porque está viendo algo que vale la pena.  «Están en el país correcto, lugar perfecto, momento perfecto”, diría Mendoza esa noche, “en el mundo”. 

El segundo fueron dos abogados especializados en propiedad intelectual. 

Propiedad intelectual.

En Venezuela.

La reacción instintiva es preguntarse para qué, pero basta con pensarlo un segundo para que tenga todo el sentido del mundo: en esta nueva economía globalizada donde marcas asiáticas compiten directamente contra marcas americanas tradicionales, donde uno tiene que fijarse si está comiendo Oreo o Porleo, hay un mercado real para ese tipo de disputas. 

Otra sorpresa más en el marco de la nueva economía a la que estoy aterrizando: un ecosistema que, claramente, se está sofisticando más rápido de lo que yo había imaginado desde afuera.

Lo que tenía tiempo sin ver

Hay algo que me llamó la atención durante todo el foro, y que solo logré articular cuando estaba saliendo.

Todos los panelistas, sin excepción, pusieron el factor humano en el centro. El talento, los empleados, la responsabilidad hacia la gente que trabaja contigo. Mendoza hablando de confianza y compromiso. Urbano describiendo cómo el BVC distribuye sus utilidades entre sus empleados. Frias recalcando posicionar “el por qué” en el centro a la hora de tratar con clientes, marcas y negocios. Bezara de Atencio construyendo décadas de empresa sobre la premisa de que la confianza interna precede a la confianza externa, incluso cuando pocos confiaron en ella por la “extravagante” idea de fundar una empresa siendo mujer hace cincuenta años.

Ese discurso existe en Europa también. Pero allá suena, con demasiada frecuencia, a manual de recursos humanos. A algo que se dice porque hay que decirlo, porque el mercado laboral lo exige o porque el área de comunicaciones lo recomienda. En cambio, estos empresarios sienten de corazón el hecho de que cientos de familias dependen de que hagan bien su trabajo.

Aquí sonaba distinto. Más urgente. Más real.

Y creo que entiendo por qué: en un país sin red de seguridad social funcional, sin un Estado que garantice las condiciones mínimas, la empresa no es solo una unidad económica. Es, para sus empleados, una institución de confianza en el sentido más literal. El jefe que paga a tiempo cuando el país no paga. La empresa que no cierra cuando todo a su alrededor se cierra. Eso cambia lo que significa hacer empresa. Le añade una carga que en otros contextos no existe, y que aquí parece haber producido, en los que sobrevivieron, una especie de ética empresarial forjada a presión.

Salí del foro pensando en esas caras que había reconocido al entrar. En los más de 200 miembros –de 185 empresas y sectores tan distintos como agroindustria, startups y mercadeo– que hacen vida en la AJE. En lo que significa que esa generación, la mía, esté apostando por quedarse, por construir, por tener una visión de largo plazo en un país que durante años pareció no tenerla.

No es un final feliz. Todavía no. El crédito no fluye como debería. Las condiciones macroeconómicas siguen siendo frágiles. Los números que dejaron Penfold y Balza no desaparecen porque haya un foro optimista.

Pero hay algo en ese salón lleno de caras conocidas que es difícil de desestimar. Gente que sabe exactamente a qué se enfrenta y que, con esa información completa, elige de todas formas quedarse a jugar. Eso no es ingenuidad. Es, quizás, la forma más exigente de patriotismo que existe.

Andrés Chacón Korsun

Caraqueño, chacaoense. Politólogo e Internacionalista de Sciences Po Paris. Es analista de riesgos en investigador académico. Ha trabajado en consultoras, universidades y think tanks.

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