Cada sábado, un grupo de jóvenes –en su mayoría adolescentes– se reúnen en un par de colegios en Petare y Campo Rico, barrios al este de Caracas, para pasar horas detrás de computadoras. No se trata de un cyber, tampoco están jugando videojuegos ni revisando sus redes sociales: están dedicándole su fin de semana a aprender a programar.
Los jóvenes son parte de una de las cohortes de Espacio Educa, una organización que busca enseñar programación web a adolescentes de zonas vulnerables y conectarlos con oportunidades laborales. El proyecto nació durante la pandemia, cuando el cierre de escuelas y universidades en Venezuela hizo ver a un grupo de jóvenes universitarios la brecha digital entre quienes podían continuar sus estudios en línea y quienes —por falta de recursos— quedaron desconectados. “Si a nosotros nos estaba costando estudiar en la Universidad Católica [Andrés Bello], ¿qué estaba pasando en los barrios del país? ¿qué estaba ocurriendo con la educación?” recuerda preguntarse David Delgado, cofundador de la organización.
“La idea original de Espacio Educa era formar espacios —de ahí el nombre— para que los chamos pudieran seguir viendo clases en pandemia, facilitando el acceso a internet, a computadoras y a las clases”, dice Jorge Cróquer, director académico y logístico de la organización. Los primeros pasos del proyecto se dieron en el Colegio María Inmaculada de la fundación Fe y Alegría, en Petare, con un laboratorio de 14 computadoras. Desde allí, se expandieron a Campo Rico, un barrio cercano a Petare. Así, tras cuatro años de operaciones y más de 130 graduados, permanece el enfoque de usar la tecnología como puerta de entrada a la empleabilidad.
La programación como puerta
“Escogimos la tecnología porque es una industria de alto crecimiento, se necesitan muchos programadores y no necesitas un título universitario para que te contraten”, dice Delgado, “Lo que estamos intentando es (…) formar a chamos de alto potencial y conectarlos con su primer empleo en el mundo de la tecnología”.
Esto no es algo menor: el Foro Económico Mundial considera la programación como una lengua universal del futuro, siendo hasta más accesible, inclusiva y cooperativa que otros idiomas. Aprender a programar también fortalece la lógica, la resolución de problemas y la capacidad de colaborar con tecnologías, algo particularmente valioso en la escena global de la IA, donde saber “cómo piensan” aplicaciones como ChatGPT, Copilot o Gemini potencia los perfiles profesionales y permite aprovechar oportunidades laborales emergentes.
De hecho, según estimaciones de la U.S. Bureau of Labor Statistics, los empleos presentes y futuros tan sólo orientados al desarrollo de software crecerán un 15% entre 2024 y 2034, es decir, el equivalente a al menos 250.000 puestos de trabajo adicionales.

Espacio Educa también adquiere mayor importancia por el contexto local en donde se desenvuelve. Según los datos más recientes de la Encuesta Nacional sobre Condiciones de Vida (ENCOVI) de la Universidad Católica Andrés Bello, casi cuatro millones de niños y adolescentes en Venezuela no asisten a clases.
El problema no es nuevo, ya que cerca de 650 mil estudiantes abandonaron el sistema educativo entre 2020 y 2022. Y para 2023, la asistencia irregular alcanzaba al 40% de la población escolarizada entre 3 y 17 años, donde un 31% de los jóvenes de 12 a 17 —principalmente hombres— dejó de estudiar para trabajar, según la Encovi. Los factores de la deserción no son solo económicos, también influyen entornos familiares adversos, debilidad institucional, fallas de infraestructura e inasistencias de los docentes.
Este panorama ha hecho que opciones alternativas de educación se hagan más atractivas, sobre todo en las comunidades vulnerables, aquellas en donde la deserción escolar se ha hecho más presente y a donde apunta Espacio Educa.
“Cuando empecé en Espacio Educa, tenía un poco de miedo a que si iba a ser capaz de enseñar a estos chamos a programar desde cero, (…) pero realmente me di cuenta que muchos de ellos ni siquiera están en cero”, recuerda Cróquer, quien también observa que a una parte importante de los jóvenes se les hace muy fácil aprender, pues ya manejan algunos conceptos tecnológicos. Pero más que conocimientos –explica David Ortuño, profesor y coordinador del curso avanzado de Espacio Educa– las características más importantes de los estudiantes son sus ganas de aprender y de sobreponerse a los obstáculos.
El resultado han sido oportunidades que se han abierto por la formación. Por ejemplo, dice Cróquer, Abraham Pérez pasó de ser alumno de Espacio Educa a desarrollar una aplicación que optimiza procesos en el área de seguros de uno de los principales bancos del país. También, Enderlyn Vargas, que aplicó lo aprendido en competencias internacionales de robótica. O Mishelis Martínez, que –incluso viviendo muy lejos de Petare– no faltó a ninguna clase sábado tras sábado durante dos años seguidos: su constancia le permitió acceder a un empleo remoto con una empresa aliada y migrar a Colombia con independencia económica. “Me enorgullezco de todos los chamos”, dice Cróquer, “sé que mi granito de arena contribuyó en algo a que llegaran donde están”.
El motor del proyecto
Espacio Educa se sostiene con la participación de voluntarios, que incluyen a los ingenieros informáticos y de sistemas que propiamente dan las clases. Pero la organización cuenta también con psicólogos, comunicadores sociales y economistas que apoyan con los procesos logísticos tras bambalinas. “El motor más importante son los voluntarios”, afirma Delgado, “ellos encuentran un lugar donde su trabajo tiene un impacto real y donde pueden ser parte de una historia de transformación”.
Para Delgado, el voluntariado en Espacio Educa está marcado por un fuerte compromiso social y proactividad. Ortuño resalta que la clave de este motor es la motivación: “Quienes se involucran en el voluntariado lo hacen impulsados por el deseo profundo de generar un cambio, sin esperar nada a cambio”, dice.

Sin embargo, pese a su impacto, la organización también enfrenta algunos retos. “La mayor oportunidad de mejora que tenemos ahora es poder profesionalizar este equipo y formalizar Espacio Educa como una institución capaz de autosustentarse y de retribuir a los profesionales que la han hecho crecer”, admite Cróquer. Delgado reconoce un dilema interno: “Hemos debatido mucho si crear una sede central propia o seguir expandiéndonos a más colegios”, explica, “ese es un dilema que todavía discutimos”.
Para seguir impulsando a Espacio Educa, los fundadores y directores visualizan tres etapas. A corto plazo, mantener su impulso y graduar más cohortes. A mediano, aunque Delgado afirma la empleabilidad tras dos años de la graduación de un estudiante es otra métrica clave, lograr una mayor sostenibilidad financiera . Y a largo plazo, construir un ciclo sostenible en el que los propios egresados se conviertan en formadores: “el impacto de eso es que no solamente formamos a gente con una habilidad, sino con un compromiso social, cívico y ciudadano con su propia comunidad y que ellos mismos se vean en un rol de liderazgo”, dice Delgado.
Espacio Educa –sobre todo en contextos como el venezolano, con una economía volátil y necesidades profundas en el Sur Global– muestra que la educación se transforma cuando hay propósito claro y se asume con seriedad, sin importar desde dónde se impulse. Y que hasta sólo con un laboratorio improvisado, se puede crear un semillero de jóvenes que ven en la tecnología una puerta hacia el empleo, la movilidad y la independencia. “Con toda la gente que rodea el universo de Espacio Educa”, dice Cróquer, “nos hemos dado cuenta de que hay mucha gente, muy talentosa, muy cerca”.
Este reportaje contó con el apoyo de investigación de Verónica Mata Mugno.








