En algún lugar de Caracas, una diseñadora gráfica está aprendiendo a usar IA generativa. En Madrid, un ingeniero venezolano, que hasta hace tres meses juraba no regresar a su país, revisa ofertas en LinkedIn Venezuela. En Miami, una emprendedora evalúa si abrir una oficina en Caracas antes de que lo haga la competencia. Lo que estas tres personas comparten sería impensable hace seis meses: toman decisiones sobre Venezuela con algo parecido al optimismo.
Y en el mercado de talento, esa apertura ya tiene consecuencias concretas. El proceso político que comenzó en enero de 2026 desencadenó dinámicas laborales que Venezuela no había experimentado en décadas: expectativas de inversión extranjera, negociaciones salariales con referencias internacionales y una conversación sobre el retorno de la diáspora que esta vez tiene algo que antes le faltaba: un horizonte creíble.
Para Gustavo García, vicerrector administrativo de la Universidad Católica Andrés Bello, lo que hace singular el momento venezolano es la convergencia de dos presiones simultáneas. A Venezuela, dice, “le va a tocar responder a las grandes transformaciones y tendencias en materia de gestión de talento” que enfrenta el mundo entero. Pero, además, “responder a las exigencias propias de un país que ha enfrentado una diáspora, un éxodo de talento importante, que ha estado en una situación de endogamia y de encierro”. Es esa doble exigencia la que convierte al “nuevo espacio” venezolano en algo más complejo que un cambio político.
En ese contexto, el reskilling —o la reconversión de habilidades— deja de ser una estrategia de supervivencia. Se convierte, por primera vez en mucho tiempo, en una estrategia de posicionamiento.
La revolución global del reskilling llega a Venezuela
En un reciente reporte sobre el futuro de los empleos, el Foro Económico Mundial proyecta que para 2030 se crearán 170 millones de nuevos empleos en el mundo mientras desaparecerán 92 millones de los actuales. La tecnología no reemplaza completamente el trabajo, pero sí cambia radicalmente qué se necesita para realizarlo. En economías en procesos de transición, como la que Venezuela empieza a ser, esa brecha entre habilidades disponibles y habilidades demandadas se vuelve especialmente urgente.
Los economistas llevan casi un siglo describiendo este fenómeno. Joseph Schumpeter lo llamó destrucción creativa: el proceso por el cual la innovación reemplaza industrias enteras mientras genera otras nuevas. Philippe Aghion y Peter Howitt, ganadores del Nobel de Economía 2025, llevaron esa idea más lejos: advirtieron que los costos del reemplazo recaen desproporcionadamente sobre los trabajadores de los sectores que quedan obsoletos. Su conclusión es directa: lo que debe protegerse no son los empleos que desaparecen, sino las personas que los ocupaban.
Según un paper reciente de Ling Li, profesora de Old Dominion University en Vermont, el 50% de todos los empleados necesitará reskilling antes de que termine esta década. América Latina llega a esa realidad con la brecha de habilidades más grande del mundo, y aunque hay iniciativas prometedoras, el ritmo de cierre sigue siendo insuficiente. La presión que ejerce la apertura venezolana sobre ese rezago podría ser, paradójicamente, un acelerador: cuando llega el capital extranjero, las empresas necesitan talento calificado con urgencia.
Sin embargo, el punto de partida de Venezuela es un paisaje de capital humano fragmentado. Entre 2013 y 2021, Venezuela perdió más del 75% de su PIB en uno de los colapsos económicos más graves de la historia contemporánea. El mercado laboral llegó a 2025 con precarización estructural, informalidad y salarios completamente erosionados en comparación con la región. Más de 7 millones de venezolanos emigraron, muchos de ellos exactamente el perfil que en condiciones normales lideraría la adopción tecnológica: profesionales jóvenes, bilingües y digitalmente competentes. Este es el punto de partida y la base sobre la que se construye el inicio de la recuperación.
El inicio de un período de transición en cooperación activa con Washington representa el cambio de contexto más significativo para Venezuela en décadas. Para el mercado de talento, las traducciones son inmediatas. Las personas invierten en su formación cuando creen que ese esfuerzo tendrá retorno. Las empresas contratan cuando proyectan crecimiento. Los capitales extranjeros entran cuando perciben reglas de juego predecibles. Estos tres fenómenos empiezan a moverse al mismo tiempo, pero el proceso político inicial no resuelve de golpe los retos estructurales. La firma Fitch Solutions, por ejemplo, advierte sobre la complejidad del entorno venezolano, una complejidad que no desaparece por decreto: se transforma y, en algunos casos, genera nuevas fricciones.
La diáspora en el umbral: del tanteo a la decisión
En ese contexto de transformación del mercado laboral, la pregunta inevitable es qué ocurrirá con el capital humano venezolano que hoy se encuentra fuera del país. La conversación que hasta hace meses ocurría en silencio —en grupos de WhatsApp, en cafés de Bogotá, en videollamadas entre Caracas y Toronto— ahora tiene otra tonalidad. Los profesionales venezolanos en el exterior no solo evalúan si las condiciones mejorarán, sino también a qué velocidad deben tomar una decisión.
El retorno no será homogéneo ni masivo de un día para otro. Hay quienes llevan una década construyendo vida en otro país; para ellos, regresar es un proceso de años o una puerta ya cerrada. Pero hay un segundo segmento de profesionales jóvenes, sin raíces profundas en el exterior, que hicieron de la movilidad su modo de vida y que está calculando si Venezuela puede ofrecer algo competitivo. Para ellos, el reskilling que hicieron durante el exilio se convierte en su principal activo de negociación.
García rechaza la narrativa de que Venezuela se vació de talento. Alega que existen capacidades internas que permitirán absorber las oportunidades que traiga una transición política, pero también reconoce que entre la diáspora existe “una proporción calificaría de interesante que tendría también la disposición de ingresar” al mercado local si las condiciones lo justifican. El desafío, entonces, no es solo atraer a quienes se fueron, sino articular lo que ya existe con lo que puede volver.
Es aquí donde aparece una tensión que pocas veces se nombra: el choque de expectativas salariales. Un profesional que vive en Estados Unidos, Australia o Chile tiene una referencia de mercado radicalmente distinta a la de quien se quedó en Caracas. La llegada de inversión extranjera puede comenzar a alinear esos mundos, pero ese proceso tomará tiempo y fricción en el mercado.
La guerra por el talento: cuando el mercado despierta
Pero mientras algunos evalúan si regresar, el mercado ya empieza a moverse.
Las aperturas económicas siempre producen la misma paradoja: el capital llega antes que las habilidades. Las multinacionales que entren al mercado venezolano no vendrán con grandes tiempos de espera. Querrán talento calificado, con conocimiento local y con capacidad de operar en estándares internacionales. Ese desfase es el corazón de lo que Ismail Thamarasseri, profesor de la Universidad de Kerala en la India, describe como la brecha de habilidades en economías en transformación: no es que falten profesionales, sino que los disponibles no siempre tienen las habilidades específicas que la nueva demanda requiere.
Esto crea una competencia multidireccional: empresas extranjeras compitiendo entre sí por talento local, pero también compitiendo con el mercado remoto internacional que ya absorbió a muchos de los mejores profesionales venezolanos y no los suelta fácilmente. Y el talento calificado que sobrevivió la crisis haciendo freelance para clientes globales tiene ahora algo que antes no tenía: opciones. El efecto sobre los salarios será inevitable, y eso tiene consecuencias duales: atrae talento de retorno, pero puede también expulsar del mercado formal a empresas locales pequeñas que no pueden competir.
García lo describe como un ajuste que será cualquier cosa menos ordenado: “Viene entonces un proceso muy espasmódico, inequitativo, desigual de flujo de los ingresos”, afirma. En su análisis, las empresas que mejor posicionadas estarán no serán necesariamente las que más paguen, sino las que hayan cultivado algo más difícil de replicar que un salario: “Será muy importante todo lo que las organizaciones hayan trabajado desde el punto de vista de identificación, retención, clima, con el talento que tienen disponible”. La guerra por el talento, en otras palabras, no se ganará solo con nómina.
IA y emprendimiento: las islas que la transición puede conectar
Sin embargo, el mercado laboral que emerge en Venezuela no se está redefiniendo solo desde las multinacionales o las grandes empresas, sino también desde el ecosistema tecnológico que creció durante la crisis.
En las grietas del colapso económico, el ecosistema emprendedor venezolano ha estado adoptando la inteligencia artificial generativa de forma silenciosa y acelerada, sin esperar señales de recuperación. La adopción de IA en Venezuela es ya una realidad diversa: hay desarrolladores que llevan años trabajando con estas herramientas y profesionales de todos los sectores que ahora las incorporan en su día a día. El fenómeno de agentes de IA autónomos que gestionan correo, CRM y calendarios ya está transformando el trabajo remoto en América Latina, pero en nuestro país la adopción de IA sigue siendo profundamente desigual.
Denis Machuel, CEO del gigante de recursos humanos Addecco Group, argumenta en un artículo para el Foro Económico Mundial que la agilidad es la ventaja estratégica por excelencia en el entorno actual. En Venezuela, esa agilidad es el resultado de años de entrenamiento forzoso. La transición puede ampliar esas islas de innovación si, por ejemplo, se invierte en conectividad, o puede profundizar la brecha si el capital se concentra solo en las geografías que ya estaban más desarrolladas.
María Victoria Díaz, CEO y cofundadora de la firma venezolana Laboratorio de Innovación Digital, lo ve desde el lente del emprendimiento tecnológico. Para ella, quienes ya operan en el mundo digital llevan ventaja: “Empresas nativas digitales tienen una ventaja competitiva frente a empresas de muchísima envergadura porque tienen sistemas legacy”, explica—es decir, las grandes cargaron con infraestructura robusta pero poco flexible, mientras las pequeñas nacieron totalmente digitales. Pero esa ventaja es frágil. Díaz advierte que la llegada de inversión extranjera, lejos de fortalecer automáticamente el ecosistema local, podría debilitarlo: “Quienes lleguen como inversión extranjera más bien pueden tomar recursos humanos de empresas locales”.
Las empresas venezolanas ante la presión del cambio
Y las empresas venezolanas ya enfrentan retos: las que llegaron a 2026 lo hicieron con equipos reducidos, estructuras salariales comprimidas y niveles de formación interna bajos o nulos. El ecosistema empresarial ahora enfrenta un entorno radicalmente distinto: deben competir por talento, responder a socios internacionales con estándares más exigentes, y hacerlo sin el tiempo de preparación que ese cambio normalmente requiere.
El reskilling deja de ser una iniciativa de bienestar organizacional y se convierte en una condición de competitividad. Las empresas que no inviertan en actualizar las habilidades de sus equipos no perderán solo productividad; perderán talento. Y en un mercado donde ese talento empieza a tener opciones, se crean consecuencias directas para la supervivencia del negocio. El Foro Económico Mundial advierte que prepararse como organización hoy garantiza una ventaja competitiva, independientemente de cuál de los futuros del trabajo se materialice. Para Venezuela, esa máxima tiene una urgencia particular: el margen de tiempo es más estrecho que en economías que no vienen de años de crisis estructural.
García lo plantea sin rodeos: “Tendrán una ventaja aquellos que no se volvieron miopes y no perdieron la mirada de largo alcance sobre la estrategia y se mantuvieron haciendo inversiones en innovación, en tecnología y en talento”. La crisis habrá funcionado como filtro: las empresas que invirtieron en su gente cuando todo indicaba que no valía la pena, ahora llegan a la transición con una base que no se improvisa.
Díaz, sin embargo, señala una brecha que complica ese optimismo: “Hay iniciativas desde la academia con diplomados, con algunos cursos, la UCAB, la UNIMET, el IESA, que son interesantes”, reconoce, pero advierte que no alcanzan: “Reciben cinco, seis, diez participantes. No son masivos. Y el reto, más allá de identificar esas iniciativas, es cómo generar esa necesidad en las organizaciones”. El reskilling, en otras palabras, está ocurriendo, pero de forma fragmentada, sin la escala que la transición ya está demandando.
En el umbral de algo que todavía no tiene nombre
Venezuela tiene capital humano. Lo tiene dentro del país, en quienes sobrevivieron la crisis con una capacidad de adaptación que pocas escuelas de negocios enseñan. Lo tiene en la diáspora, en millones de venezolanos que acumularon experiencia internacional y que hoy evalúan si es el momento de ponerla al servicio de un país que empieza a ser distinto.
Lo que cambió en enero de 2026 no fue la escasez de talento. Fue la posibilidad de que ese talento tenga, finalmente, un mercado que lo valore. El escenario de “mercados fragmentados” que el Foro Económico Mundial describe, donde la IA avanza pero la inequidad ralentiza su difusión y los rezagados quedan aún más atrás, sigue siendo un riesgo real para nuestro país.
Nada de esto, sin embargo, está garantizado. Aquí describimos uno de los escenarios más favorables: aquel en el que la transición se consolida, la inversión llega y el talento encuentra un mercado que lo absorbe. Pero la realidad venezolana sigue sujeta a una incertidumbre profunda. El retorno de la diáspora depende de la restitución efectiva de derechos y la ventana de oportunidad puede cerrarse si las condiciones institucionales no acompañan el impulso económico.
El reskilling que se hizo durante los años más duros —a veces por necesidad, a veces por disciplina y casi siempre sin apoyo institucional— puede convertirse en ventaja competitiva. El profesional venezolano que llegó a la antesala de una transición habiendo apostado por su formación llegó justo a tiempo. El reskilling es hoy la nueva resiliencia venezolana. El objetivo es que deje de serlo: que la formación continua sea, finalmente, una oportunidad y no solo una manera de sobrevivir.








