El mercado energético de cabeza: ¿Cómo afecta el conflicto en Irán a Venezuela?

El nuevo conflicto en Medio Oriente aumenta la presión sobre el mercado energético, con su infraestructura en la mira y una prima de riesgo elevada. Sin embargo, el efecto para Venezuela pueden ser marginal.

Para la mañana del 28 de febrero, la tensión entre Irán y EE.UU. —con Israel como otro protagonista— pasó de una amenaza latente a un conflicto de mayor escala, con efectos inmediatos sobre el comercio energético. Y es que cuando el Golfo Pérsico —que concentra cerca del 50% de las reservas de petróleo a nivel mundial— entra en conflicto, la energía deja de moverse por oferta y demanda tradicionales y empieza a moverse por riesgo.

Tras semanas de alta tensión geopolítica alimentadas por la disputa en torno al programa nuclear iraní, el punto de quiebre llegó con los ataques aéreos de EE.UU. e Israel contra Irán, y la respuesta subsecuente de este último contra Arabia Saudí, Bahrein, Catar y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), países de la región con presencia militar norteamericana. Al día siguiente, el conflicto se trasladó del aire al mar, con reportes apuntando a que Irán habría atacado tanqueros en el Estrecho de Ormuz. Y para el 2 de marzo, también alcanzó áreas más sensibles, con ataques de ambos bandos sobre infraestructura energética.

En Ecosistema repasamos brevemente las consecuencias del conflicto sobre el comercio energético, y que se podría esperar para Venezuela, país que nominalmente tiene las mayores reservas petroleras del mundo y las octavas más grandes de gas natural. 

El Golfo bajo ataque y el Estrecho de Ormuz: un punto neurálgico para el mercado petrolero 

Bajo condiciones estables, el costo de la energía se establece bajo la oferta y la demanda convencional. Pero en condiciones críticas, el mercado petrolero no se enfoca sólo en cuánto se puede producir o necesitar, sino también en la logística, es decir, en cuánto se puede entregar y a qué costo. 

Es ahí donde el Estrecho de Ormuz —un brazo de mar ubicado entre el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán— entra en escena: un cuello de botella estructural que concentra aproximadamente el 20% del comercio petrolero mundial, con países como China, Corea del Sur, India y Japón siendo muy dependientes de él.

Por eso su cierre —o aumento de riesgo a su alrededor— no es menor, ya que puede desencadenar que la llave del comercio petrolero también se cierre.

A pesar que el gobierno iraní expresó que no tienen intenciones de cerrar en su totalidad el paso naval a través del estrecho, el tráfico por el mismo se ha desplomado en más del 70% tan sólo en el último par de días.

Izquierda: refinería Ras Tanura en Arabia Saudita bajo ataque. Derecha: buque Starlight impactado en el Golfo Pérsico.

Y es que debido a los sucesos recientes, los seguros de riesgo de guerra —que cubren a buques ante los costos de ser atacados— han aumentado hasta un 50% para embarcaciones que ya se encontraban en la zona: lo que ha llevado a que más de 200 embarcaciones permanezcan ancladas e incluso podrían suspenderse por completo para buques que entren al Golfo Pérsico a partir del jueves. Como respuesta, propietarios de tanqueros, petroleras y casas de trading ya suspendieron envíos de crudo, combustibles y gas natural licuado por Ormuz, según informó Reuters.

Así, la diferencia del precio del barril de petróleo en el suelo y el barril verdaderamente entregable crece. Es decir, aunque sigue habiendo petróleo —de hecho, miembros de la OPEP+ prevén aumentar ligeramente su nivel de producción—, como la ruta para transportarlo es más cara y riesgosa, el mundo debe pagar un monto extra —una prima— para asegurar su suministro.

Esta prima aumentó considerablemente con los eventos de la mañana del 2 de marzo, pues el conflicto entró en un nuevo escenario donde, además de blancos militares, la infraestructura energética de la región se convirtió en objetivo: Estos son los casos de la refinería Ras Tanura en Arabia Saudí —que produce 550.000 barriles al día y es el mayor punto de salida del crudo saudí—, instalaciones en Ras Laffan, Catar, de QatarEnergy —el mayor productor del mundo de gas natural licuado (GNL)—, y el campo de Ahvaz en Irán —que concentra un 20% de la producción petrolera iraní.

Con la situación del Medio Oriente agravándose rápidamente —Bloomberg señala que empresas ya han suspendido algunas embarcaciones por el Canal de Suez, que concentra el 15% del comercio internacional—, y las consecuencias energéticas subsecuentes, el contexto parece perfilar a Venezuela como una pieza atractiva en el nuevo tablero petrolero.

Venezuela, ¿pescador de ríos revueltos?

Tras los ataques, los precios del barril de petróleo WTI y Brent han aumentado un 10% respecto al cierre de la semana pasada, oscilando alrededor de los 72 y 79 dólares, respectivamente, y con la posibilidad que alcancen niveles de 100 dólares si se prolongan las hostilidades. Mientras, el precio del GNL en Europa ya aumentó un 50% desde el viernes pasado y estimaciones de Goldman Sachs apuntan a que podría aumentar hasta un 130% adicional.

Con el descuento que típicamente tiene el crudo venezolano, podría esperarse un precio alrededor de los 80 dólares por barril que, de sostenerse, permitiría alcanzar con mayor margen la viabilidad económica de varios de los proyectos en la Faja Petrolífera del Orinoco, donde se encuentran las mayores reservas petroleras probadas de Venezuela.

En el pasado, las grandes crisis geopolíticas —sobre todo de Medio Oriente— han coincidido con períodos de expansión en el ingreso de Venezuela y su gasto público, precisamente por el alza en los precios del petróleo que les suele acompañar: Estos fueron los casos de la Venezuela Saudita de la década de 1970, y de los gobiernos de la década de los 2000 —impulsados por la Guerra de Yom Kippur  en 1973, y el inicio de la Guerra contra el Terror tras los atentados del 11 de septiembre en un contexto de alta demanda petrolera por emergentes mercados en Asia, respectivamente.

Precio internacional del petróleo (1950-2026)

Fuente: Macrotrends

Pero ese efecto sobre la economía venezolana puede ocurrir con alzas puntuales, sólo que su efecto es sumamente limitado.

Más recientemente, Venezuela no pudo aprovechar del todo el alza generada por las crisis de los últimos años –como el inicio de la Guerra en Ucrania en 2022 o los atentados del 7 de octubre de 2023– debido a que los niveles de producción fueron inferiores a los 800.000 barriles por día, y a los grandes descuentos otorgados para mantenerse atractivo a pesar de las sanciones impuestas por la OFAC. Una situación que tiende a revertirse debido a los aumentos en la producción petrolera, que ahora oscila el millón de barriles diarios y al relajamiento del régimen sancionatorio.

Dada la prohibición de entablar negocios con Irán  —que proveía hasta enero de 2026 suministros de diluyentes clave para el procesamiento de crudo pesado y producción de combustibles, los cuales ahora Venezuela puede importar desde Estados Unidos según las nuevas licencias de la OFAC— y un pivoteo hacia Washington, no se espera que la industria petrolera venezolana vea alguna disrupción significativa en su operación por el nuevo conflicto en Medio Oriente.

Si bien los principales socios comerciales del país podrían percibir cambios importantes en caso que el enfrentamiento se prolongue —aunque EE.UU. tiene una amplia producción doméstica y su principal socio de importación es Canadá, el 8% de su volumen petrolero proviene del Golfo Pérsico; mientras que la relación entre China y Medio Oriente sí es más extensa—, “la oferta de Venezuela no va a responder a la velocidad que se necesita para ninguna crisis temporal, y esto, por ahora, es una crisis temporal”, dice Francisco Monaldi, Director del Programa Latinoamericano de Energía del Instituto Baker de Políticas Públicas de la Universidad de Rice en EE.UU.

Y es que el país apenas representa el 3% de la producción total de la OPEP. Incluso si el conflicto se prolonga, la capacidad de aumentar la producción en el corto plazo está limitada a entre 1.5 millones de barriles diarios y 3 millones de barriles diarios en los próximos 10 años, según estimaciones del economista, compartidas en el último foro Perspectivas Ecoanalítica.

Es decir, en el mejor de los casos, Venezuela podría ser un pequeño alivio petrolero para sus socios, principalmente EE.UU. 

“Tampoco va a afectar [para Venezuela] el cierre de la producción de Catar que es también, por ahora, totalmente temporal”, explica Monaldi, “No creo que se hagan las inversiones [en el Campo de Gas de Perla en el Golfo de Venezuela] para transformarlo en GNL por un buen tiempo, porque son muy grandes”. El caso de Dragón, ubicado en el estado Sucre, es distinto, explica, ya que las inversiones ya se realizaron por parte del lado trinitario y opera ya una plataforma de Shell en Trinidad. “Eso reduce mucho el riesgo porque no tienes que hacer las inversiones en trenes de licuefacción”, dice, “Entonces, no necesariamente esto va a acelerar la inversión de nuevo”.

El crítico estrecho de Ormuz entre los Emiratos Árabes Unidos e Irán.

Por lo tanto, si el conflicto en el Medio Oriente resulta ser un evento de corta duración, su efecto macroeconómico para Venezuela será marginal, dejando los retos estructurales del país prácticamente inalterados.

Aún es prematuro determinar con precisión el impacto definitivo que una prolongación del conflicto con Irán tendría sobre la economía venezolana: Aunque un escenario de tensiones sostenidas podría elevar los ingresos petroleros —favorecido por un alivio en las sanciones que permite ventas a precio de mercado—, estos fondos permanecerán bajo la arquitectura de control del Tesoro estadounidense, limitando su flujo directo al país. Así, el incremento de recursos podría dinamizar el mercado cambiario, ampliando la oferta de divisas al sector privado y particulares, pero sólo de forma parcial.

Pero el mayor impacto de la crisis para Venezuela puede venir en otra dirección, menos orientada a la inmediatez. “Todos estos eventos le hacen recordar al mundo la importancia de la diversificación fuera del Golfo Pérsico”, afirma Monaldi “Y eso hace valorar la estrategia —por ejemplo, para EE.UU. de Seguridad Nacional— de que Venezuela sea más importante de lo que parecía antes”

En cualquier escenario posible del conflicto, el éxito dentro de este nuevo panorama dependerá enteramente de una gestión eficiente e institucional de los recursos extraordinarios que priorice las urgentes demandas nacionales en infraestructura vial, hospitalaria y energética. Y de que no se repitan los errores del pasado.

Gustavo Sandoval

Staff writer. Gustavo es economista de la Universidad Metropolitana en Caracas.

Miguel A. Rivas Espinoza

Staff writer de Ecosistema. Es economista y profesor de la Universidad Metropolitana de Caracas.

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