“¿Quién va a pagar 100 dólares por ir al cine en Venezuela?”. Es una pregunta que ha rodado por las redes sociales en semanas recientes, tras confirmarse que el precio de las entradas en el nuevo Cinex premium del Centro Comercial Parque Cerro Verde es de 25 dólares por persona, llegando a 100 dólares para una familia de 4 personas, sin incluir cotufas ni refrescos —mientras las entradas regulares en otros cines cuestan menos de 3 dólares por persona, en promedio.
Pero estos precios y los nuevos formatos no son aspectos aislados, ni otras de las nuevas modas de Venezuela: Vienen de tendencias globales en plena fase de consolidación. Y es que por más que ir al cine sea una experiencia sencilla para el espectador, detrás de cada función existe una estructura de negocios bastante menos evidente, con presiones de costos que no son menores y una demanda que ya pasó sus mejores años.
De hecho, el problema que enfrentan cada vez más salas de cine ya no es cómo llenar más butacas, sino cómo hacer rentable un cine cuando vender más entradas ya no es la única opción. Para responder esto hay que entrar de lleno en cómo funciona el negocio de las salas de cine y entender el terreno rocoso que las salas han transitado en los últimos años.
Así llegamos al premium: La Odisea de los cines venezolanos
Hasta 2015, las salas de cine en Venezuela vendían un promedio cercano a las 30 millones de entradas anuales, según datos de la Asociacion de la Industria del Cine en Venezuela (Asoinci). Cadenas como Cines Unidos y Cinex –cadenas cuyo target contemplan los niveles socioeconómicos más asociados a una clase media en adelante– operaban sin una presión significativa de costos, haciendo que la exhibición de películas fuera un negocio con demanda más predecible y locales rentables.
Pero a partir de ese año, la asistencia comenzó a comprimirse por factores como la crisis económica, migración, servicio inestable de electricidad y la llegada al país de las plataformas de streaming. Para 2019, Asoinci reportó una asistencia de 11 millones de entradas, una caída de más del 60% respecto a inicios de la década. Los años de pandemia sólo agravaron las condiciones de la industria, pues el consumo no terminaba de recuperarse, el uso de plataformas de streaming se profundizó y muchas salas de cine cerraron, comenzando a operar recién en 2021, de forma intermitente.

Aunque desde 2022 la cantidad de espectadores se ha venido recuperando año tras año, todavía no se han alcanzado los niveles de la década pasada. ¿Cuántas personas van al cine en Venezuela actualmente? En 2025 se registraron 7,97 millones de espectadores, una cifra que representa apenas el 26% del volumen alcanzado en 2015, cuando la asistencia superaba los 30 millones de entradas anuales.
El techo de la ambición: lo que dicen los datos
“Es extremadamente ambicioso e imposible volver a los niveles de 30 millones de entradas anuales porque ese número varió por una serie de factores que siguen afectando”, dice José Pisano, presidente de Asoinci, “También hay un tema de cambio de hábitos y de evolución de la industria como tal. Independientemente de la pandemia, el consumo cinematográfico iba a caer. Ocurrieron elementos que, lógicamente, aceleraron esta caída, como el fortalecimiento de las plataformas de streaming, que es algo que eventualmente iba a desarrollarse”.

¿Qué porcentaje de venezolanos utiliza plataformas de streaming en lugar de ir al cine? De acuerdo con un estudio del Instituto de Investigaciones de la Información y la Comunicación (IDICI) de la Universidad Católica Andrés Bello, el uso de plataformas de streaming en Venezuela —con propuestas como Netflix, Magis TV, Disney+, HBO Max y Amazon Prime— se ha extendido, alcanzando a un 56.8% de la población general, y a un 71.0% de los jóvenes de entre 18 a 24 años específicamente; mientras que menos del 23.0% reporta ir al cine, señalando que sus principales barreras de una mayor asistencia son los costos y la preferencia a quedarse en casa.
Aun así, el sector no da la recuperación por pérdida. Según Pisano, las perspectivas de crecimiento apuntan a unos 10 millones de entradas anuales: volver a los niveles de 2019. El techo de la ambición es el piso de la crisis.
El negocio detrás de las pantallas
A pesar de las dificultades de la última década, el negocio de los cines tiene varias líneas de ingresos. La primera y más tradicional es la taquilla. Una entrada de cine es compartida: Cuando las productoras y distribuidoras de películas hacen sus lanzamientos, negocian con los cines un split —un porcentaje de la taquilla que va a la distribuidora. En estrenos de gran volumen —como pueden ser La Odisea o Spiderman, por usar ejemplos actuales— ese split oscila entre 65% y 85% en favor de la distribuidora, sobre todo en las dos primeras semanas de estreno, para luego pasar a un 50-50 en las semanas siguientes.
Visto de otra forma, esto quiere decir que –en los momentos en donde las películas generan su grueso de ingresos– los cines sólo se quedan con un 35% de lo que se factura en taquilla, en el mejor de los casos. Esto no es un dato menor, pues no se consideran los costos: Incluso cuando una función sólo cuenta con seis o siete espectadores, el cine sigue recibiendo una porción de la taquilla que no necesariamente es alta, pero sí debe asumir en su totalidad los costos de proyección, personal y alquiler – nada bajo en un centro comercial de Caracas.
El respiro de las concesiones
Es un negocio de riesgo. Por eso en los últimos años los cines han optado por aumentar los precios de sus entradas, limitar sus horarios y disponibilidad de salas (al menos, comparado con principios de los 2000), priorizar la proyección de películas que cuenten con algo de garantías de público masivo, y reforzar el apoyo en sus otras fuentes ingresos: como los minutos de publicidad que se proyectan antes que comience la película, y las concesiones.
“Buena parte del negocio vinculado a la actividad cinematográfica está en lo que son las llamadas concesiones —es decir, las cotufas, refrescos y snacks que se venden en el cine”, dice Pisano, “es un negocio que es mucho más rentable que el negocio del cine, que está afectado por impuestos, participación de distribuidores, y aporte al fondo de promoción cinematográfica”, explica. Y es que estas son una línea de ingresos sencilla porque se centra en los márgenes de ganancias, por ejemplo, comprar un chocolate al proveedor por 0.5 dólares y venderlo al espectador por 2 dólares.
Pero pese a ser sencillas en la teoría, las concesiones son particularmente interesantes en el caso venezolano porque enfrentan un límite de elasticidad: No es lo mismo elevar el precio de una función –la razón principal de ir al cine–, que el precio de los combos de cotufas: un bien complementario, que las personas pueden dejar de comprar. De hecho, usuarios en redes sociales reportan ingresar a las salas con alimentos o snacks que no son vendidos en el cine, indispuestos a comprar un combo por 10 dólares, por ejemplo.
La palanca que queda: que quien vaya, gaste más
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A pesar de eso, para Francisco Sanabria Rotondaro, profesor de la Universidad Metropolitana de Caracas y analista financiero que ha asesorado a cines, las concesiones representan un porcentaje importante de los ingresos de las salas de cine, sobre todo porque aprovecha que la compra de snacks adicionales es impulsiva y, dentro de los cines, las caramelerías siguen estructuras monopólicas, es decir, donde sólo ellas pueden ofertar.
Pero, si el combo de cotufas ya tocó su techo y la asistencia no va a volver a los niveles de 2015, queda una sola palanca: que quien sí vaya, gaste más. Esa es la lógica detrás de propuestas como los cines premium Cinepic VIP en el Centro Lido y, más recientemente, el Cinex del Centro Comercial Parque Cerro Verde. A diferencia de las opciones de cine más estándar, sus propuestas se basan en transformar las salas del entretenimiento masivo a una experiencia de lujo con salas mejor acondicionadas, algo que se conoce como estrategia de premiumización.
Divide y… ¿vencerás?
La premiumización no es sólo una novedad local, sino más bien una tendencia global: Tan sólo en Europa, con la pandemia y el auge de plataformas de streaming, la asistencia al cine se redujo un 32% entre 2020 y 2024, según datos del Observatorio Europeo del Audiovisual; pero eso no significó que los cines dejaran de ser negocios rentables. Todo lo contrario. Aplicando la misma estrategia de premiumización, los cines de países como Estados Unidos sobrellevaron el hecho que menos personas fueran a las salas, con el que, quienes fueran, gastaran más.
De acuerdo con Pisano y Angel Rivero, especialista en mercadeo, los cines premium cuentan con mejoras tecnológicas como IMAX, Dolby Cinema, sistemas de proyección láser de alta definición y asientos 4DX, y también ofrecen una experiencia de entretenimiento integral, con servicios extensivos de comida y bebida —incluyendo opciones gourmet y alcohólicas—, posibilidad de refill de cotufas y refrescos, asientos reclinables de lujo, reservas anticipadas de asientos, y programación de eventos alternativos, como deportes en vivo o conciertos.
Según reportes de la firma de investigación Business Research Insights, estos formatos representaron el 42% de la venta total de entradas en taquilla en 2024; en términos de infraestructura, aproximadamente el 38% de los cines nuevos construidos ese año introdujeron sistemas avanzados de sonido y proyección digital mejorados para experiencias premium; y a nivel global, la implementación de sistemas de proyección digital alcanzó una adopción del 61% en los principales cines durante 2024.
¿Cuánto cuesta ser premium?
El mercado global de salas de cine fue valorado por la firma Credence Research en 79.3 mil millones de dólares en 2024 y con la aplicación de premiumización, ahora se proyecta que alcance una valoración de 113.9 mil millones de dólares para 2032 —un crecimiento de más del 40%— aunque el volumen de entradas siga reducido respecto los niveles a pre-pandemia. La clave está en un mayor gasto, pues según Rivero, cada entrada a este tipo de salas en lugares como Orlando o Miami, en Florida, puede alcanzar un precio de hasta 25 dólares, el mismo nivel de entradas que comenzó aplicar el Cinex del Centro Comercial Parque Cerro Verde.

“En principio, actualmente no veo condiciones económicas adecuadas como para crear una iniciativa que tenga que ver con un cine premium [en Venezuela]”, dice Rivero, “Creo que la lectura de negocio no es la indicada, pero especialmente por el precio, porque lo que denomina que es premium no es el costo de la entrada, son los servicios que ofrecen”. Para Pisano, el concepto de cine premium en Venezuela todavía no ha sido entendido del todo bajo sus características internacionales, pues aunque sí admite mejoras de confort en las salas, no se ha mejorado la calidad de la proyección ni otros valores agregados en Venezuela.
¿Hay espacio real para el cine premium en Venezuela?
Sin embargo, Rivero no descarta que la estrategia de premiumización pueda significar una oportunidad de negocio en el país, sólo que más hacia el largo plazo, siempre que el valor agregado de la experiencia justifique su precio y sea preciso en apuntar al target correcto. Y es que esta estrategia no desplaza a los cines convencionales del todo, sino que busca operar con dos tipos de ofertas simultáneas: una con salas estándar destinadas al volumen y precios accesible, y otra premium orientada a la experiencia y márgenes más altos.
Las opciones no necesariamente compiten entre sí porque apuntan a públicos diferentes. Esto es clave para el caso venezolano, donde la economía no se puede entender en términos planos ni por un promedio, sino más bien como un conjunto de realidades superpuestas, con diferencias regionales, sectoriales y por tipos de ingresos. Por eso la segmentación puede convertirse en una jugada ganadora, aunque sólo si se aplica de forma efectiva.

Un ejemplo de segmentación bien aplicada en los cines se observa en Trasnocho Cultural, que en lugar de centrarse más en blockbusters como las cadenas tradicionales, se ha enfocado en el cine de autor, clásicos y de festivales internacionales.
Segmentar con precisión
“Es una especie de columna vertebral que nos permite apreciar lo mejor de la cinematografía de otros países, no sólo bajo el punto de vista autoral, sino inclusive en algunos casos comercial”, explica Pisano, quien también es director de Trasnocho Cultural, “Ese es nuestro enfoque, […] aprovecharnos de todo ese contenido que contribuye a que esa experiencia de ir al cine, sea una más transformadora en un sentido más intelectual, y que contribuya a la expansión de la visión que puede tener un espectador respecto a lo que es, digamos, el cine, el cine en particular”.
La experiencia de Trasnocho deja una enseñanza para las nuevas salas premium: para segmentar de forma efectiva hay entender con precisión qué valora un público específico y construir una propuesta alrededor de ello. Es saber mapear al consumidor dispuesto a pagar más por ese valor agregado, que aparece cuando la oferta deja de intentar servirle de la misma manera a todos.
Ese puede ser precisamente el espacio para los cines premium en Venezuela. No como sustitutos de las salas tradicionales ni como una apuesta sustentada únicamente en precios más altos, sino como una capa adicional dentro de un mercado fragmentado. Es un reto pendiente. Para dividir y vencer en el mercado, hay que entender a la perfección esas partes divididas. Al final, en donde ya no necesariamente gana quien logra llenar más butacas, puede terminar ganando quien entiende mejor quién quiere sentarse en ella.








