Por cuatro noches a mediados de octubre, el estacionamiento del Centro Comercial Ciudad Tamanaco (CCCT) en Caracas se convirtió en un barrio caraqueño. Entre canchas de bolas criollas y papagayos enrollados en cables, unas promotoras ofrecían Gatorade azul a quienes jugaban basquetbol en una suerte de centro deportivo comunitario. Junto a una Encava, en la cual la gente hacía cola para tomarse una foto, Maggi ofrecía sopas entre frutas como si fuese una cocina comunal. Dentro de ranchitos, el Banco de Venezuela mantenía una sede improvisada y Pepsi vendía productos en una bodega temática. Y al lado de motos en las que los asistentes posaban con chalecos de mototaxistas, personal de marketing de Jabón Las Llaves gritaban “¡llegó el agua!” junto a sostenes y tobos. Era la feria de marcas patrocinadoras de los conciertos de Servando y Florentino, el dúo salsero y otrora fenómeno juvenil de los años noventa, transformando sus stands usuales para la instalación del barrio creado por obra y gracia del marketing.
Alrededor de una veintena de marcas, desde Empresas Polar y Ron Santa Teresa hasta los helados Mykonos y las hamburguesas Plan B, estuvieron presentes en un concierto que atrajo más de 18.000 personas –muchas provenientes de otras partes del país– y unas 4000 adicionales que entraron de forma gratis a conocer la instalación del barrio el domingo, dice Oswaldo Ponte, manager de los artistas. Pero, más allá de la base millennial que el dúo de hermanos moviliza desde hace décadas, el tamaño de la instalación y marcas que allí participaron revelan un revival de la salsa en las clases medias y altas de Caracas, canalizado a través de nuevas experiencias de vida nocturna y las triquiñuelas del marketing contemporáneo y la sociedad de consumo.
El regreso del ritmo caraqueño
Este fenómeno es también una expresión de autenticidad dentro del consumo cultural, dice el investigador cultural Alí Morales. “También es un potencial de exhibición y de que mucha más gente pueda frecuentar este espacio [cultural]”, explica. “Siento que podría hablarse de la posibilidad de tener autenticidad con lo que estás mostrando y revelando”. Para Morales, el concierto de Servando Florentino –que sirve de opening de su gira mundial– es el “gran hito” de este movimiento: su nuevo álbum, Se buscan vivos e inmortales, “habla de una narrativa de un mundo supuestamente donde hay traficantes de salsa y donde la salsa ha sido marginada y es como algo de valor que se transfiere y con lo que la gente quiere conectar”.
“Nosotros veníamos de producir conciertos en Buenos Aires y Montevideo y, al regresar a Caracas, pudimos leer esa necesidad de disfrutar lo nuestro”, dice Jean Paul Zeppenfeld, productor y cofundador de Bajo el Árbol Producciones, la productora detrás de la fiesta salsera al aire libre La Clave, que se celebra desde hace dos años en sitios como San Bernardino y la Hacienda La Vega, “De ahí surgió este proyecto, que ha tenido una receptividad súper bonita tanto del público como de los músicos y orquestas de salsa caraqueña”. Para Zeppenfeld, este auge responde “a una necesidad de disfrute, de compartir y de bailar”, porque —dice— “la salsa, para los caraqueños, representa el soundtrack de la ciudad”.
Similarmente, El Marchante –un proyecto y local en San Bernardino de vinilos que también investiga y difunde música latinoamericana y caribeña– ofrece constantemente conciertos y toques de salsa y otros géneros para un creciente y nutrido público alternativo. Ante su dinámico crecimiento desde su fundación hace diez años (aunque el local abrió en 2022), El Marchante ha sido descrito en cuentas de memes como la meca de los equivalentes locales del estético y (a primera vista) progresista arquetipo del performative male. Similarmente, 6310 –un estiloso speakeasy en Chacao donde suele resonar música electrónica– ahora ofrece clases de salsa dos veces al mes que se transforman rápidamente en noches salseras.

Incluso Juan Sebastián Bar, el icónico bar caraqueño fundado hace cincuenta años, ha visto un flujo nuevo en su local en El Rosal: “Tras la pandemia, atrae a un público más joven con una movida salsera más intensa, aunque mantiene su esencia de latin jazz”, dijo recientemente Enrique Cañizalez, director general del bar, “Quiero sentenciar que el jazz no ha muerto en Caracas”.
Morales considera que lo que está ocurriendo con la salsa en Caracas es parte de un movimiento cultural más amplio. “Estamos en la antesala de cómo unos géneros que en algún momento fueron marginados están ahora en una dinámica mucho más masiva”, afirma. Recuerda que “la salsa fue mainstream en los setenta y ochenta”, pero que, por dinámicas particulares del país, “en Caracas se fue desplazando hacia otros nichos”. Hoy, dice, “volvió a tener esta sensación de masividad, en la que mucha gente se está conectando con algo que había quedado en pausa”. Para él, ese resurgir se refleja en fenómenos como las visitas a tascas y bares en el oeste de la Ruta de los Templos Paganos y las fiestas salseras de La Clave, que han devuelto al género su papel como punto de encuentro y de identidad urbana.
“Lo especial de La Clave es que hizo que la salsa llegara a un sector de la población con una visión distinta del género, gente que por X o Y razón no lo consumía”, dice Diego Salazar, un psicólogo de 23 años que suele asistir a La Clave y a El Marchante, “Antes La Clave se sentía clandestina: pequeña, escondida, todo el mundo en la misma nota. Ahora es otra cosa, es masiva.”
Salsa sifrina, salsa boleta, salsa global
Sin embargo, a pesar de las nuevas audiencias en las clases medias y altas, Morales señala que el resurgir salsero no es un fenómeno anclado geográficamente al este de Caracas – si no que genera movimientos humanos del este al oeste: “Eventos como La Clave también se están dando en el oeste de la ciudad”, explica, “San Bernardino es el oeste, y actualmente lo están haciendo en la Hacienda La Vega, que también está de ese lado. Lo interesante es la movilidad del público [del este de Caracas] hacia esos sectores: es el público del este el que se está desplazando o que ha incorporado la salsa dentro de nuevas formas de consumo”.
En apenas dos años, La Clave se ha convertido en uno de los fenómenos culturales más consistentes del circuito caraqueño. “El aforo promedio por edición es de unas 1.600 personas, aunque hemos llegado a recibir hasta 3.000 asistentes”, dice Zeppenfeld. “El ticket promedio ronda los 45 dólares, y ya vamos por la edición número 26. Hemos pasado por distintas locaciones —del este y del oeste— y recibido casi 30.000 personas y más de 20 orquestas salseras”.
Más allá de su escala, La Clave ha logrado reunir públicos diversos. “Va todo tipo de persona”, explica Zeppenfeld. “Si pudiéramos promediar la edad, estaría entre los 40 y 45 años. Van desde los mejores salseros y bailarines hasta los que simplemente van a compartir entre amigos. Es un espacio de reencuentro con nuestra identidad caraqueña, donde cada quien puede encontrar su ritmo”.
De hecho, según Morales, la salsa sigue viva en los espacios donde históricamente se ha expresado —las clases populares y los barrios—, aunque ya no con la intensidad de las descargas de los años setenta y ochenta. “Todavía hay pequeñas organizaciones de eventos locales y festivales masivos en lugares como el Poliedro de Caracas, donde asiste el público tradicional”, agrega. Al mismo tiempo, fenómenos más recientes como Salsa bajo la cúpula, realizados en el Poliedro o en el CCCT, “conectan ambos mundos”, aunque —advierte— “no manejan el mismo target económico ni las mismas lógicas de consumo” del público histórico de la salsa en la ciudad.

Morales interpreta este auge como parte de un cambio más amplio en las dinámicas culturales de la ciudad. “Lo que tiene de distinto este espacio es que atrae a un público que no es el históricamente vinculado a la salsa”, explica. “Y eso puede ser un eco de lo que está ocurriendo en la industria cultural y musical global, que ahora tiene una mayor apertura y conexión con el sonido latino”.
Para él, fenómenos como La Clave demuestran esa convergencia entre lo local y lo global. “Las orquestas que se presentan son venezolanas, y eso, de alguna forma, es un pequeño redescubrimiento de nuestra propia identidad ante un público que normalmente no estaba vinculado a eso”, señala. “Nuestro consumo cultural en Caracas está conectado con lo que pasa a nivel global”.
Morales apunta que esta conexión está dando nueva visibilidad al género. “Ahora hay clases de salsa en locales del este, aperturas de espacios como [el bar de salsa en vivo] El Sótano [en Bello Campo], salones de baile y presentaciones de pequeñas agrupaciones y orquestas. Incluso la presencia casi natural de DJs que mezclan sonidos latinos y salseros muestra que existe un intento de conectar con lo que el mainstream global está produciendo”.
“Ahorita [La Clave] se ha gentrificado muchísimo: ves demasiada gente de plata, ejecutivos, empresarios. No van por la salsa sino por las marcas, por estar ahí, por el networking”, dice Salazar sobre la popularización de la movida, “Eso sí: aunque para el purista sea extraño, me parece positivo. Se rompen los prejuicios. Gente que veía la salsa como algo ajeno ahora la experimenta y la incorpora.”
El mercado en su salsa
En medio de este nuevo entusiasmo por experiencias urbanas con identidad local, las marcas han encontrado un terreno fértil para reconectarse con el consumidor venezolano. “Creo que las marcas están buscando, desde hace poco, una conexión mucho más fuerte a partir de la identidad”, afirma Morales.
Como ejemplo, menciona la activación de Maggi durante el concierto de Servando y Florentino. “Ellos hicieron una gigantografía del mosaico que tienen en Petare, de modo que la sensación visual del sitio era acorde a la realidad”, explica. “Y las sopas que ofrecieron fueron una colaboración con las Sopas de Yeya, una emprendedora que tiene una venta popular cerca de La Paz.” Por ejemplo, Cumbe Tours –una ruta turística por el barrio de San Agustín y que incluye parranda local– también ha recibido el patrocinio de distintas marcas que apuestan a la búsqueda de la conexión cultural como la sangría Caraqueña y los platanitos Salseritos.
Según Morales, estas acciones muestran cómo una marca puede “adaptar un fenómeno cultural caraqueño a la exposición de su producto” sin desvirtuar su esencia. “El gran reto”, concluye, “es cómo las comunidades pueden aprovechar estas oportunidades para aumentar sus ganancias, pero manteniendo lo más genuino de sus expresiones culturales”.
Por su parte, dice Zeppenfeld, el modelo de La Clave combina sostenibilidad cultural y financiera. “El corazón está en el mix: sin eso no es viable”, explica, “Se necesita un poco de cada uno: tickets, consumos y patrocinios. Hemos establecido alianzas con más de quince marcas, siendo Empresas Polar el principal aliado”.
De hecho, además de su componente artístico, el evento ha buscado profesionalizar la experiencia y garantizar condiciones seguras para el público. “Tenemos una alianza con Yummy Rides para incentivar el consumo responsable y facilitar la movilidad”, comenta Zeppenfeld, “También contamos con estacionamiento, personal de seguridad, valet parking y diferentes puntos de comida gestionados junto a nuestras marcas aliadas”.
La conquista del oeste (y de la Guaira y Petare también)
Para Alí Morales, el resurgir musical caraqueño también ha abierto una nueva ruta para el turismo urbano. De hecho, en los últimos años, como Cumbe Tours, la Ruta de los Templos Paganos ha ofrecido recorridos por bares y tascas del oeste así como han surgido paseos musicales por La Guaira y recorridos por Petare. “Antes no se reconocía el potencial de los barrios de Caracas como espacios de identidad cultural”, explica. “Eso está cambiando. Hay una mirada más amplia sobre la potencialidad de estos fenómenos locales que tienen lecturas globales y reflejan, en pequeños espacios, el desarrollo cultural de una sociedad. Un buen ejemplo de eso es Medellín”.
El investigador apunta que Caracas atraviesa un proceso similar: “Hoy hay un interés por recorrer, conocer y habitar los espacios que históricamente fueron marginados, pero que son los que sostienen buena parte del ADN cultural de la ciudad”. Ese desplazamiento de públicos del este hacia el oeste de Caracas, dice, empezó con la popularización de iniciativas como Templos Paganos, que convirtieron lugares emblemáticos como El Torero en Catia en puntos de referencia cultural. “Yo iba a El Torero antes de los Templos Paganos”, recuerda. “En ese entonces, éramos los mismos de siempre, gente del sector y algunos curiosos. Pero después de ese boom, la cantidad de visitantes se multiplicó”.

Morales destaca que hoy existen múltiples rutas y proyectos que pasan por sitios como El Torero. “Ahora no hay una sola marca o colectivo, sino distintas rutas culturales que recorren los mismos espacios”, comenta. “De jueves a domingo, hay movimiento constante: gente que quiere conocer, disfrutar, y sentirse parte de una narrativa cultural que antes se veía como algo ajeno”.
“Yo creo que Caracas tiene esta división este y oeste y gente como yo no, que nació en 1985, puede seguir sintiéndola”, dice Morales, “pero creo que para las nuevas generaciones caraqueñas – sobre todo por el tema de la digitalización de las redes sociales– se está demostrando que todos los espacios tienen una identidad cultural propia”. Para Morales, el conjunto de estos espacios e identidades crea lo caraqueño. “Entendiendo esto, estas nuevas generaciones comprenden que pueden consumir cualquier cosa de cualquier parte – y disfrutar cualquier cosa de cualquier parte”.
Esta nota contó con trabajo reporteril de Miguel A. Rivas.








