Cada quincena, Ernesto Sánchez, un caraqueño de 25 años, hace sus compras en la misma cadena de supermercados cerca de su casa. Pero esta vez, mientras avanza en la fila para pagar, observa algo distinto: en el letrero de medios aceptados —además de bolívares, dólares y euros— aparece una nueva opción, “Paga usando Binance USD”, dice el letrero. Este no es un gesto aislado, sino que responde a un fenómeno mucho más amplio. En Venezuela, el uso de criptomonedas —especialmente de stablecoins; es decir, una criptomoneda cuyo valor se mantiene estable porque está anclada a un activo fijo como el dólar— ha crecido de forma exponencial durante el 2025: posicionado al país entre los 20 países del mundo con mayor adopción de estos instrumentos de pago. Y, más que sorprender, esto confirma lo evidente: el dinero en Venezuela mutó otra vez.
Del Bitcoin rush al stableboom
Pero el auge actual no es el primer capítulo cripto del país, ni mucho menos. “Venezuela es un país cripto desde el 2012”, explica Aarón Olmos, economista, profesor de la Universidad Metropolitana de Caracas y experto en economía digital. “Muchas personas buscaron alternativas para resguardarse de la pérdida del valor de su dinero […] y comenzaron a trabajar en temas vinculados con [la criptomoneda] Bitcoin”.
Durante los años de mayor inflación, en el país se gestó una especie de cripto rush —por usar la expresión del gold rush, o fiebre del oro de EEUU— alrededor del Bitcoin. Surgieron pequeñas granjas y grandes complejos de minería y exchange, todos creciendo en un entorno poco regulado y sostenido, en buena medida, por los bajos costos de electricidad. Y es que tomando la referencia actual, el precio por kWh en Venezuela es de USD 0.05, frente a USD 0.18 en EEUU y USD 0.43 en Alemania: diferencias de precios muy atractivas para operaciones que requieren servidores encendidos sin pausa.
Pero ese modelo tenía límites claros, pues con los cortes eléctricos a instalaciones de minería y la posterior regulación estatal de los criptoactivos, la escala del primer cripto rush venezolano pronto encontró su frontera física e institucional.
Por ello, a pesar de que el Bitcoin alcanzó su precio máximo este 2025, el protagonista en Venezuela ya no es esta criptomoneda, sino las stablecoins: criptoactivos menos volátiles, vinculados al valor del dólar estadounidense. Tether (USDT), USD Coin (USDC) y Binance USD (BUSD) se han vuelto las más comunes en este nuevo paisaje.
“La razón principal por la que el mercado se ha volteado mucho a las cripto tiene que ver con los cambios que ha habido en las asignaciones en el mercado cambiario”, explica el economista Jesús Palacios Chacín.
Según reporta Reuters, desde el año pasado PDVSA venía planeando acelerar el uso de criptomonedas —en particular de USDT— para sus exportaciones de crudo y combustible. Pero tras las nuevas licencias otorgadas a Chevron, la petrolera estatal finalmente aceptó el USDT como medio de pago, incorporándolo también en sus operaciones con proveedores. Como consecuencia, gran parte de las liquidaciones de divisas provenientes de los ingresos de Chevron y PDVSA pasaron de emitirse en dólares tradicionales a USDT.
Ese cambio tuvo un impacto directo en el sistema financiero. Estimaciones apuntan a que actualmente sólo el 20% de las liquidaciones de divisas pasa por la banca —cuando hace apenas unos meses era el 100%. “Los bancos han perdido la rentabilidad de las operaciones cambiarias en muy buena medida”, dijo otra fuente consultada. “Y además el volumen de bolívares que salían a buscar esos dólares —y que [antes] quedaban dentro del mismo sistema de los bancos— ahora sale justamente a las plataformas cripto. Un reto para la banca, que debe reinventarse en un mercado donde los créditos crecen muy poco”.
La otra cara es que el 80% restante de las liquidaciones de divisas se entrega a través de stablecoins, acumulando un estimado de más de 800 millones de dólares en 2025, según Ecoanalítica. La consecuencia es un aumento acelerado de USDT y USDC en circulación, con operaciones que ya no se limitan al sector petrolero, sino que terminan permeando al resto de la economía.
Trickle-down cryptonomics
Tanto Palacios Chacín como Olmos coinciden en que las stablecoins se han convertido en activos de resguardo de valor para muchos venezolanos, sobre todo para quienes no tienen cuentas bancarias en EEUU ni acceso fácil a dólares en efectivo. Olmos incluso compara su expansión con el fenómeno Cashea: “Ha comenzado a aparecer hasta en los lugares más recónditos y extraños que puedes imaginar”, dice, “De repente, las personas te aceptan Cashea como forma de pago”.
El caso de Sánchez lo ilustra bien. Además de lo ocurrido en el supermercado, hace un par de meses debió pagar una operación médica con USDT. “El doctor tenía unos problemas [con su cuenta bancaria de EEUU], yo no tenía dólares en efectivo y él no quería bolívares”, recuerda. “Me preguntó si manejaba cripto, y como sí lo hago, quedamos en que le pagaría por USDT. Así fue”.
Una encuesta realizada en un trabajo de la Universidad Metropolitana de Caracas muestra parte de esta tendencia, con el 70% de la muestra analizada —más de 400 estudiantes universitarios, lo que representa un importante sesgo etario y socioeconómico— maneja USDT. Mencionando razones de uso como transacciones, ahorro e inversión, y reportando satisfacción en su uso para más del 75% de los casos.
En términos más generales, uno de cada diez venezolanos utiliza criptomonedas, según datos de Aníbal Garrido, director de la Academia de Blockchain Trading y Criptoactivos de la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas. El mercado totaliza más de USD 100 millones al mes, cifras que en la región sólo son superadas por Brasil —un país con una población diez veces mayor.
Las stablecoins también ganan terreno entre las empresas. En un entorno retador, resultan atractivas para cubrir el poder adquisitivo del patrimonio, ingresos y ahorros, especialmente cuando se trata de activos menos volátiles como USDT o USDC. “Son mecanismos de pago ágiles, rápidos, fáciles y sin comisiones, quitando esos elementos del sistema financiero tradicional”, señala Palacios Chacín, “También tienen capacidad de hacer tracking de dónde vienen los fondos”.
Y su uso empresarial se extiende incluso a quienes no las reciben como forma de pago. “[Como empresa] te puedes voltear a tus proveedores, al mercado internacional, o a diferentes actores que probablemente te lo vayan a aceptar como una forma válida en operaciones para poder cubrir una diferencia o una falta”, dice Olmos.
Hacia una mayor digitalización
El avance de las stablecoins también evidencia desafíos. Olmos advierte que buena parte de la población sigue siendo “analfabeta digital funcional”, es decir, personas con acceso a herramientas digitales inteligentes, pero que las usan solo para tareas muy básicas. Ese vacío formativo choca con el ritmo de adopción cripto, que exige un mayor nivel de comprensión para evitar problemas.
El economista Leonardo Vera aporta otra perspectiva al respecto, pues —aunque reconoce que las stablecoins ofrecen cobertura y un futuro prometedor—, indica que arrastran riesgos que suelen pasar desapercibidos, como que invertir en un activo anclado al dólar implica exponerse a un dólar que también fluctúa, y cuya paridad puede romperse si el emisor no mantiene reservas líquidas suficientes, por ejemplo.
También señala riesgos estructurales derivados de la centralización, pues los emisores pueden congelar fondos, sus reservas pueden ser opacas y la alta concentración del mercado —con Tether controlando el 70%— genera vulnerabilidades. A esto se suman riesgos regulatorios, de hackeo, operativos y de infraestructura, con episodios como el colapso de TerraUSD evidenciando fallos y contagios en modelos no respaldados.Pero a pesar de esos riesgos globales, el uso cotidiano en Venezuela responde a una lógica distinta. Lo que ocurre en Venezuela no es una revolución tecnológica, sino una adaptación económica: el resolver de siempre, pero ahora con nuevas herramientas que entrelazan las finanzas tradicionales con el ecosistema digital, desde el mercado cambiario hasta las compras cotidianas, pasando por un sinfín de actividades empresariales en el camino. En este país, incluso la economía encontró su propio on-chain workaround.








