“No se pregunten cuál es el rol de Venezuela en 2030; el 2030 ya está aquí, son tres años”, dice Micky Malka, cabeza de la firma de capital de riesgo Ribbit Capital que ha invertido en startups como Coinbase, Nubank y Robinhood, “Pregúntense: ¿Cuál es el rol de Venezuela en 2040? ¿Somos un país proveedor de energía cruda? ¿Refinador de energía? ¿O una economía de servicios?”. Esa pregunta bien podría servir como premisa del InnovEYtion Summit 2026, segunda edición del evento de la consultora EY enfocado en tecnología e innovación en Venezuela: y es que allí, Malka –en una videoconferencia desde Palo Alto en California– rescata precisamente una palabra tan venezolana como “todero” – una posibilidad de reinventarse, de hacer las cosas distintas; como la cantidad de emprendedores, profesionales de la tecnología, empresarios y toda suerte de mentes inventivas que se congregan allí para dar respuesta al sector. La idea no es replicar la Venezuela de la Cuarta República, dice Malka en tiempos de nostálgicos, sino ver qué hacer con esas ventajas que tenemos: unos 30 millones de personas bancarizadas dispuestas a lo nuevo tras una crisis y una diáspora de expertos que hay que atraer no físicamente, sino económicamente.
¿Cuál es esa Venezuela? Malka plantea los distintos caminos: ¿Exportar energía o tener data centers para IA? ¿Una nueva red eléctrica descentralizada por software con nuevos puntos de energía eólica y solar o el mismo sistema centralizado de hidroeléctricas? Alberto Afiuni, Country Managing Partner de EY Venezuela, lo planteó desde lo micro: ¿Será acaso Wave Tech, un coworking de empresas tecnológicas y startups emergentes en Caracas Campus, un nexo con Ruta N en Medellín o quizás con Silicon Valley? Cualquiera sea el caso, el entusiasmo se siente: Adriana Cisneros, CEO del conglomerado familiar, anuncia en videollamada desde Miami que está empacando para regresar a Venezuela.
En ese entramado, el rol de EY aparece menos como anfitrión y más como articulador del ecosistema: conectando talento, empresas y dinámicas en el país, sirviendo de puente entre Venezuela y redes internacionales, y creando espacios físicos y simbólicos —en Caracas Campus, otrora la sede de Procter & Gamble— donde esa interacción puede ocurrir. Más que un evento puntual, el Summit funciona como excusa para algo más estructural: tejer relaciones, alinear incentivos y darle forma a una conversación de largo plazo sobre el futuro productivo del país.
“Esto no tiene nada que envidiarle a Silicon Valley”, dice Alex Gómez, Innovation Lead en la aceleradora Innoven, en un Demo Day privado de diez startups frente a inversionistas y éminences grises del sector en las oficinas de EY en Caracas Campus, “Silicon Valley es un state of mind.” Basta con echarle una mirada a las 10 startups que presentaron allí –y a sus jóvenes representantes; en ocasiones, pero no siempre, vestidos al son de los tech bros de Estados Unidos– para entenderlo: desde aplicaciones de suscripciones para motorizados o delivery para mascotas hasta soluciones de ingeniería digital para el engorroso mundo de los datos, el internet fragmentado y los pagos multi-monedas en Venezuela.
Entre las startups del Demo Day hay varias enfocadas en resolver cuellos de botella muy concretos de la economía venezolana. Fina, liderada por Enrique Rivas, apunta al pequeño comercio, donde aún predominan Excel y procesos manuales. Su plataforma integra inventario, ventas y finanzas en una sola herramienta y ya cuenta con 3.500 clientes, apostando a convertirse en una especie de “infraestructura operativa” para pymes. En paralelo, MotoGo, de Oliver Laufer, aborda un problema distinto pero igual de estructural: el acceso a ingresos. Su modelo de suscripción de motos elimina barreras de entrada para repartidores y trabajadores urbanos, en un país donde la movilidad es directamente sinónimo de empleo. La startup ya tiene 140 clientes activos y 27.000 personas en lista de espera, mientras apunta a lo que consideran un mercado potencial de $4.800 millones vinculado a las 2 millones de motos en circulación en el país.

Esa lógica de resolver fricciones cotidianas también se extiende al sistema financiero. Rial, presentada por Rafael Graziani, responde a una anomalía venezolana: la vida multi-moneda. Con millones de personas gestionando bolívares, dólares y cripto a la vez, su aplicación consolida cuentas y organiza gastos con inteligencia artificial, alcanzando ya más de 3.000 usuarios activos diarios. En el frente corporativo, SIDIS se enfoca en otro tipo de desorden: el de los datos. Su propuesta es transformar información fragmentada en decisiones accionables con IA, trabajando ya con actores relevantes del sistema financiero local.
Otras startups apuntan directamente a fallas más profundas del sistema. Quoota, liderada por Carlos Guruceaga, enfrenta la exclusión crediticia: miles de trabajadores sin acceso a financiamiento formal dependen de mecanismos informales o adelantos laborales. Su solución de microcrédito respaldado por nómina –para empresas aliadas– ya conecta a más de 330 empresas y 32.000 empleados, incluyendo Pepsico, Coca-Cola, Santa Teresa y Farmatodo. En salud, Docguía aborda la ineficiencia operativa de los médicos, que pueden perder hasta 16 horas semanales en tareas administrativas. Su software automatiza procesos clínicos y reduce ausencias, liberando tiempo productivo en un sistema ya presionado.
Finalmente, hay un bloque de startups centradas en eficiencia empresarial y consumo. Tesote busca ordenar la tesorería corporativa, donde más de la mitad del tiempo se pierde en procesos manuales; Bluu Data intenta cerrar la brecha entre datos y decisiones en empresas con baja madurez analítica; y Venflow automatiza pagos recurrentes en un sistema bancario fragmentado. En consumo, Duwu Pet Club digitaliza el mercado de mascotas, una categoría de alta recurrencia, con una aplicación que integra compra, delivery y servicios: ya cuenta con casi 1300 usuarios activos y un ticket promedio de 51 dólares, lo que demuestra el enorme potencial del sector mascotas.
Buscando soluciones en un país de fricciones
Todas estas startups emergentes reflejan un patrón: más que disrupción abstracta, están construyendo soluciones sobre fricciones reales de una economía que aún opera, en muchos sentidos, a medias. Basta con ver un panel en el Summit sobre banca: aunque Fernando Alonso, de BBVA, plantea que el gran reto es duplicar el PIB en los próximos cinco años, la discusión aterriza en algo más básico: reconstruir la banca desde cero. Eso implica migrar hacia modelos omnicanal, pero también resolver trabas estructurales. Jorge Nogueroles, del BNC, insiste en actualizar leyes, reducir el encaje y reactivar el crédito, hoy en torno a apenas 2–3% del PIB, muy lejos de niveles precrisis cercanos a casi 40%. A la par, propone avanzar hacia “super-apps” que integren crédito, liquidez, seguros, inversiones y ahorro, apoyadas en un mejor entendimiento del usuario y la creación de un buró de crédito – inexistente en el país. Desde Bancaribe, Juan Carlos Dao lo resume así: una banca 24/7, con una nueva ley de ciberseguridad y capacidad real de intermediación. En otras palabras, todos plantean el titánico esfuerzo de reinventar la banca en un país sin ahorro ni crédito.
Pero más allá del auditorio principal, el InnovEYtion Summit también se jugó en la Plaza Central de Caracas Campus, que se mantuvo activa durante toda la jornada como una especie de feria viva del ecosistema: stands, empresas, iniciativas y fundadores generando conversaciones menos solemnes y más espontáneas. Esa capa más abierta del evento reforzó la idea de EY Venezuela como articulador: no solo convocando speakers y paneles, sino creando un espacio donde talento, empresas e iniciativas del país –hasta los Global Shapers de la red del Foro Económico Mundial– podían cruzarse de forma más orgánica, fuera del formato de tarima.

Esa apuesta también tuvo una dimensión formativa más clara. La presencia de colegios y universidades ayudó a subrayar que la conversación sobre innovación no empieza en la empresa consolidada ni termina en la startup de moda, sino que también se está incubando en aulas, laboratorios, competencias y redes educativas. Allí encajó Reto InspiraVE, presentado por EY Venezuela como una competencia para que estudiantes de distintos niveles propongan soluciones innovadoras a desafíos concretos, y que funcionó como una de las postales más claras del tipo de Venezuela que el evento quiere proyectar: una donde la innovación también es formación y vocación. En esa misma línea, la Alianza por la Educación apareció como uno de los esfuerzos más tangibles detrás de ese discurso: una plataforma impulsada por Fe y Alegría, UCAB, UNIMET, Universidad Monteávila, CERPE y EY para transformar y actualizar los modelos de educación, y que ya reporta un impacto tangible en 311 escuelas y más de 82.300 estudiantes, además del desarrollo de programas de formación para el trabajo y de escuela digital.
Esa ambición se vio también en el Deep Tech Ring, la pista paralela del Summit, que reunió una programación intensa de sesiones sobre IA aplicada, ciberseguridad, riesgo cuántico, blockchain y automatización, con demos en vivo y hasta una simulación de ransomware liderada por EY Colombia. No era un apéndice técnico: el DTR funcionó como una señal de hacia dónde quiere empujar la conversación el evento por medio de exposición concreta a tecnologías, vulnerabilidades y capacidades que ya están reordenando a las empresas. El cierre, a cargo de la estadounidense Amber Allen —fundadora y CEO de Double A Labs, una empresa especializada en experiencias inmersivas y digitales por medio de IA— terminó de condensar esa idea: la tecnología ya está aquí; la diferencia está en quién decide usarla y cómo.
El país “todero”: oportunidades en una economía a medio camino
Y es que las oportunidades de ese país extraño, a medio camino, están claras y visibles no solo para el ejército de emprendedores y ejecutivos de startups y consultoras con chalecos sobre sus camisas blancas que recorren Caracas Campus, sino incluso para los ponentes de América y Asia que hablan en las videollamadas, los ejecutivos de EY que desembarcaron en Caracas desde Estados Unidos y América Latina e incluso para el colombiano Andrés Bilbao, cabeza del programa 30X para escalar negocios y uno de los ponentes del evento. “Tenemos pendiente estudiar nuestras ventajas competitivas [no-petroleras]”, dice Jorge Roig, expresidente de Fedecámaras, insistiendo en apuntar a la especialización dentro de la diversificación, “cómo hizo Campania [en el sur de Italia] y el País Vasco”.
Según Inclusion Consulting Group (ICG), consultora en la que participa Roig, Venezuela pasó de contar con 580,000 empresas hace diez años a apenas 480,000 hoy. Su naturaleza habla mucho del país hoy pero también de sus oportunidades: 70% están en comercio y servicios y apenas 6% en manufactura. “Sin embargo, al ver las top 100 empresas de Venezuela según VenAmCham [Cámara Venezolano-Americana de Comercio e Industria], el 20% son de manufactura”, dice, “Hay que apostarle a la manufactura, genera empleos, productividad”. Algo similar sucede con la geografía: según ICG, 80% de las empresas del país están distribuidas en 10 ciudades. 56% en apenas cinco. “Hay que diversificar en zonas geográficas”, dice Roig. Para ello, advierte, será necesaria estabilidad democrática, reglas claras del juego y formación del personal: porque el país tiene muchos abogados, afirma, pero pocos ingenieros genéticos y expertos en datos e IA.
Las complejidades de la vida más allá del petróleo se ven en el panel de diversificación de la economía, precisamente. Andrés Chumaceiro, de Ron Santa Teresa, explica que exportar en Venezuela toma 70 días y pasar por la aprobación de 14 entidades del estado: en Panamá, explica, el promedio es de una semana. Pero en esas dificultades puede estar germinándose nuestras ventajas competitivas: Pedro Luis Angarita, presidente de Farmatodo, explica que el delivery de la cadena de farmacias tiende a ser más rápido que incluso el servicio delivery en los Estados Unidos. “Imagínense en una Venezuela con mejor poder adquisitivo”, dice, apuntando al futuro. Por eso, apuntando a la eficiencia y a conocer al consumidor, llama a las empresas a montarse en la ola de la IA: “Hoy ya es tarde”, explica.
En ese cruce entre lo que ya existe y lo que apenas empieza a tomar forma, es donde se abre la verdadera oportunidad para el 2040 que muestra el InnovEYtion Summit 2026. No solo en la capa más visible —startups que digitalizan pagos, datos, logística o crédito en un país fragmentado; startups de delivery o movilidad— sino en todo lo que viene detrás: Venezuela puede volver a posicionarse en ron, cacao, cangrejo azul, camarones y turismo, pero también en productos menos obvios como el açaí (o manaca, en criollo), el ñame morado, el ají y el tomate margariteño, o incluso en rubros como el cambur y el frijol chino. Y más adelante, si las condiciones acompañan, en turismo, en infraestructura tecnológica como data centers para IA, en manufactura dentro del esquema del nearshoring o en cadenas globales vinculadas a minerales estratégicos como cobalto, coltán y tierras raras. No es una sola apuesta, sino muchas a la vez: un país, más allá de los vaivenes volátiles del petróleo, que, y como decía Malka, vuelve a jugar a ser “todero”.








