“Dame año y medio y la brecha [de conectividad entre zonas urbanas y zonas rurales o subdesarrolladas] desaparece”, asegura Adriana Cisneros, CEO de Cisneros, convencida de que el internet ya debe entenderse como un derecho humano, al nivel del agua o la electricidad. Cisneros habla de su trayectoria en un encuentro con los Global Shapers de Caracas, la comunidad de líderes menores de 30 años del Foro Económico Mundial, y con los emprendedores de Wave Tech Hub, un espacio de innovación y coworking en Caracas Campus, durante una de sus visitas a su natal Caracas: raras pero cada vez más frecuentes. La cabeza de un conglomerado con más de un siglo de historia —y que durante décadas marcó la cultura venezolana con el concurso Miss Venezuela, las telenovelas y el Súper Sábado Sensacional de Venevisión, los Leones de Caracas y hasta la posesión de Pepsi y posteriormente Coca-Cola— tiene ahora la mirada puesta en el espacio exterior. “No hay día que yo no me levante y diga: ‘¡qué suerte tengo yo de ser parte de SpaceMobile!’, la verdad es que todavía me dan escalofríos”, confiesa sobre su rol en la junta directiva de AST SpaceMobile, una compañía texana fundada por el ingeniero venezolano Abel Avellán que busca desplegar la primera red satelital de banda ancha móvil directamente conectada a los teléfonos.
El giro hacia los nimbos de estrellas comenzó en 2017, con un café improvisado en Miami. Avellán, egresado de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, la contactó mientras intentaba levantar –ni más ni menos– 800 millones de dólares para financiar su idea. “Yo le dije que yo no tenía 800 millones, que tampoco tenía 400 millones, pero que me encantaría conocerlo… y en 15 minutos logramos convertirnos en socios”, recuerda Cisneros. Una firma en un papel permitió que el ingeniero pudiera seguir yendo a la oficina, y con el tiempo se sumaron inversionistas de peso como la británica Vodafone, la surcoreana Samsung, la estadounidense American Tower y la japonesa Rakuten. La apuesta que construyeron juntos se distingue de otros proyectos como Starlink: mientras Elon Musk requiere que los usuarios instalen antenas y equipos especiales, la propuesta de AST –que no busca suministrar servicio de wi-fi, sino conectividad de banda ancha– es invisible para el consumidor. “No tienes que bajarte ninguna aplicación, no tienes que comprarte un teléfono nuevo, ni una parabólica”, dice Cisneros, “Simplemente aceptas el servicio [que te ofrecerá la empresa de telefonía aliada] y tu celular tendrá conectividad global, incluso en los aviones.”

El sistema funciona gracias a un diseño tan ambicioso como poético: satélites del tamaño de una minivan que, al ser liberados en órbita, se despliegan como “piezas de origami” hasta convertirse en antenas gigantescas, tan grandes como un campo de fútbol. Los satélites, las antenas en el espacio, hacen unfurling –“una palabra muy específica”, dice Cisneros– ser lanzados al espacio “y se convierten en las estructuras más grandes en el espacio hoy en día: que se ensamblan por sí mismas”, explica. Con aproximadamente 240 de estos satélites orbitando la Tierra, AST promete ofrecer banda ancha a nivel global.
Pero para Cisneros, el impacto trasciende lo tecnológico. Su convicción nació al ver el rezago que generó la pandemia del covid-19 en República Dominicana, donde el grupo opera con Tropicalia –un desarrollo hotelero junto a la cadena de lujo Four Seasons. Allí, explica Cisneros, los niños que iban a colegios privados se graduaban a los 18 años, mientras los de escuelas públicas, sin acceso a conectividad, terminaban rezagados hasta los 20 o 21. “Fue una locura. En República Dominicana los niños perdieron dos años escolares porque no tenían acceso a internet”, dice, “Entonces no es justo.” Por eso insiste en que proyectos como AST no solo democratizan la red, sino que pueden transformar la vida en comunidades rurales o remotas: “Con AST, si tú vives en el campo, no te vas a tener que mudar a la ciudad”, dice, “Con AST, todos los colegios van a tener el potencial de ser excelentes: no nada más los que están en centros urbanos.”
Innovación a contracorriente
Cisneros ha empujado la innovación desde que en 2013 asumió la dirección de su conglomerado familiar –que mudó su base de operaciones de Caracas a Miami en 1999– de la mano de su padre Gustavo Cisneros, fallecido en 2023 y quien consolidó al Grupo Cisneros como un actor clave del panorama mediático y empresarial latinoamericano. “Tuve la suerte de que, cuando hablé con mi papá sobre liderar el grupo, él se comprometió desde el principio a darme todo el espacio para crear la empresa que quisiera liderar los próximos 30 o 40 años”, dice,” Él sabía que, de hacerlo, esto iba a ser lo que yo iba a hacer por el resto de mi vida.”
Ese espacio de libertad, con apenas 25 años de edad, le permitió reestructurar con audacia al grupo en cuatro unidades: Media, Interactive, Real Estate y Social Leadership. “Regresé con una propuesta bastante agresiva de cómo yo reestructuraría todo, cuáles serían las unidades nuevas que crearía, cuáles serían las unidades que cerraría –que probablemente es mucho más difícil cerrar que abrir, por cierto, porque hay un tema humano y hay un tema emocional que es complicado– y me dio toda la libertad de hacerlo”, explica, “Me pude deshacer de un peso que yo sabía que yo no iba a poder mantener. Creo que, de no haberlo hecho, habría tenido 17 reportes directos y yo solo tenía 25 años. Yo no tenía experiencia. Eso hubiera sido para mí imposible”.
Hoy el grupo conserva marcas como la marca de cuidado personal FISA así como Venevisión y el Miss Venezuela, pero bajo su liderazgo también se abrió espacio para diversificarse hacia la innovación y el capital de riesgo. Además de apostar por AST SpaceMobile, Cisneros se ha convertido en una promotora del emprendimiento venezolano emergente. Ha invertido en startups como La Wawa, una empresa de movilidad urbana que busca digitalizar el transporte público en Caracas, y Urgencias Nueve Once, un servicio de atención médica privada que funciona bajo un modelo ágil y digital.
El giro hacia la tecnología comenzó casi como un experimento personal. “Hubo un proceso donde yo me metí el chip de ‘tenemos que todos aprender de nuevo’”, recuerda Adriana Cisneros. Viajó por Latinoamérica, se acercó a incubadoras y co-dirigió la red de emprendedores de alto impacto Endeavor Miami para entender el nuevo mapa digital de la región. De ahí nació una apuesta: montar a través de Cisneros Interactive un network publicitario digital que en pocos años pasó de una inversión inicial de 150 mil dólares a facturar 650 millones anuales. “Mi primer cliente fue Facebook, que me terminó dando la representación para Instagram, WhatsApp y todas las empresas de Meta en los países donde ellos no tenían oficinas… y como prueba justamente me dieron Bolivia.” Mientras los competidores argentinos rechazaban lo que llamaban “paisuchos”, Cisneros se dirigió entusiasta a Bolivia y Paraguay. La jugada fue decisiva: “Nos dimos cuenta de que había un potencial gigantesco del cual nadie se había dado cuenta”.

La experiencia la marcó: no solo le dio un recorrido frenético por Latinoamérica, viajando semana tras semana en aerolíneas como Boliviana de Aviación para conectar itinerarios imposibles entre Asunción, La Paz o Montevideo, sino también la certeza de que los mercados pequeños escondían grandes oportunidades. De hecho, en seis meses, se convirtieron en socios oficiales de Meta y en pocos años abrieron 14 oficinas en la región, desde Guatemala, Panamá y República Dominicana hasta Uruguay, Paraguay, Bolivia, Ecuador y Colombia. Eventualmente, la compañía terminó vendiéndose a Entravision, una compañía pública de California, por un múltiplo “unheard of en Latinoamérica”, dice Cisneros. “Me pareció genial la oportunidad [de estar en una empresa pública] porque nosotros siempre hemos sido más bien un grupo hiper-privado y yo pensaba que la experiencia de reportarle a un public board iba a ser interesante para mi crecimiento”, explica, “Me di cuenta como al año de que yo no iba a querer seguir en ese rol por dos años más. Culturalmente no había un buen fit. La dinámica de trabajo muy complicada. Así que hice un excelente trabajo, logré acelerar mi salida un año entero, me pagaron todo lo que nos debían por el tercer año y al salirnos la compañía colapsó a los seis meses porque Facebook cambió el modelo de los partners.”
Ese olfato de Cisneros, de encontrar ventajas en mirar donde más quería mirar, se trasladó después al terreno de la inteligencia artificial (IA). Aunque hace un año le aseguraba a El País de España que no quería invertir en IA hasta entender su impacto en la vida diaria, Cisneros dice ya haber aprendido. “Yo terminé convirtiéndome en una socia más importante en Bunker DB y The Electric Factory por eso”, cuenta sobre su sociedad con el uruguayo Avedis Boudakian. Hoy, dentro del grupo Cisneros, lidera varios task forces internos que se reúnen semanalmente para explorar aplicaciones prácticas de IA. “Empezamos con los más tradicionales: legal y contabilidad. Son departamentos liderados por gente muy tradicional, pero hoy ya son mucho más eficientes, contratan perfiles distintos y entienden que el trabajo repetitivo desapareció”, dice, “No es que no necesitemos más contadores y abogados, los necesitamos con otro skill set, no para hacer el trabajo fastidioso de oficina. Entonces eso ha sido súper interesante. Y obviamente en la parte de media estamos gozando un puyero.”
Con su entrada a las economías pequeñas de Sudamérica o su descubrimiento accidental de socios en Uruguay o la diáspora venezolana, Cisneros ha demostrado que la innovación no necesariamente nace en los centros tradicionales sino en las periferias que otros descartan. “Yo creo que eso es porque soy venezolana. Creo que a lo mejor si yo hubiese sido americana, no me atrevo”, dice, “Creo que cuando venimos de un país que es relativamente pequeño, donde siempre estamos viendo dónde expandirse, todo se nos hace súper interesante (…) Eso es una gran habilidad que tenemos nosotros de adaptarnos, de saber leer y de tenerle cariño y ser curioso al resto del mundo. Creo que eso es una ventaja estupenda de los venezolanos.”
Back to basics
Aquel descubrimiento de nuevas oportunidades ha sucedido incluso con proyectos de vieja data como Venevisión. “Venevisión fue el tercer canal de televisión privado que se fundó en el mundo. En Venezuela siempre hemos estado súper adelantados en todo”, recuerda Cisneros. Sin embargo, ella misma reconoce que hace 15 años el grupo tuvo que sincerarse: la televisión abierta venía en caída libre y no había forma de revertirlo. Aun así, dice, la familia decidió mantener la señal en el aire como un compromiso con los venezolanos. “Aunque veíamos que el mundo de la televisión abierta venía en caída, y nos llegaron varias ofertas para comprar el canal, decidimos no vender porque no se trataba de eso”, explica, “Yo dije: bueno, ok, no se trata de eso, pero ¿de qué se trata? Porque de algo se tiene que tratar.” Así comenzó la transición hacia el modelo multiplataforma, experimentando con redes, monetización digital y nuevas formas de distribución de contenido. Si en 1998, Venevisión y los canales de televisión privados de Venezuela podían facturar entre 500 y 600 millones de dólares al año en publicidad, hoy el negocio tiene otra escala, pero también otro enfoque. La clave fue entender que ya no se trataba solo de televisión, sino de cómo acompañar a la audiencia en sus dispositivos.
La apuesta se cristalizó con el lanzamiento de Venevisión Play, una aplicación de streaming pensada inicialmente para la diáspora venezolana. “Lo hicimos al principio pensando en cómo los venezolanos que están en Chile van a ver Gata Salvaje y el Miss Venezuela”, dice, “Lo que nos sorprendió era la cantidad de gente que estaba bajando la aplicación en Venezuela. Y viendo de todo, todo el tiempo.” El ‘accidente’ reveló que no solo se trataba de reconectar con quienes habían emigrado, sino de resolver un problema doméstico sobre la calidad del contenido en la televisión abierta. “Aunque los contenidos que nosotros producimos han sido HD por mucho tiempo… la transmisión en Venezuela no es HD, porque el gobierno no ha hecho ese salto. Y la señal en general está muy deteriorada para todos los canales de televisión”, dice, “Y eso ya dejó de ser mi problema. Porque en HD, en tu smart TV, en tu teléfono o en tu tablet, te llega la señal de Venevisión. Dimos un brinco cuántico sensacional”.

Con la caída de la televisión abierta, la sorpresa local del Grupo Cisneros ha resultado ser la marca de cuidado personal FISA. “Es una de las empresas venezolanas que mejor le va hoy en día en el país”, cuenta Adriana. El origen, paradójicamente, está ligado al Miss Venezuela: Gustavo Cisneros la compró en 1972, pues la empresa tenía la licencia del Miss Venezuela que Cisneros codiciaba. Lo que empezó como una adquisición obligada, un animal raro en el conglomerado de los Cisneros, terminó consolidándose como un negocio tan bien manejado que la familia decidió nunca deshacerse de él. Hoy FISA es un negocio robusto, con marcas masivas que los consumidores venezolanes pueden reconocer en los estantes de Farmatodo: Dermox, Drene, Everynight.
A través de las décadas, FISA ha sabido adaptarse a los vaivenes de la economía. En los ochenta y noventa, FISA se enfocó en atender a los segmentos medio-bajo y bajo, con productos de calidad a precios accesibles frente a las marcas importadas. Luego llegaron gigantes como P&G, pero cuando estos se retiraron en medio de la crisis, FISA quedó como la alternativa sólida y confiable. “Cuando las cosas estaban bien, teníamos un mercado interesante”, dice, “Y cuando las cosas se complican, tenemos un mercado muy interesante porque nos terminamos convirtiendo en una marca de excelente calidad que a veces es la única posibilidad para el país entero.” FISA ha logrado combinar resiliencia con innovación, incorporando tendencias globales como el ácido hialurónico en sus productos. “Nosotros tenemos los retos que te dice todo el mundo, si no son los envases son los permisos, si no es la materia prima es algo más, pero hay un equipo súper comprometido” que mantiene la marca presente desde mercaditos populares hasta grandes cadenas como Farmatodo, explica Cisneros.
Así como FISA representa la resiliencia del consumo masivo en Venezuela, Tropicalia –el proyecto hotelero que Adriana Cisneros desarrolla en República Dominicana junto a Four Seasons– encarna la visión internacional del conglomerado: “Cuando empecé a trabajar con Four Seasons, me había leído el libro de Issy Sharp, el fundador”, dice, “Es súper bonito, de cultura corporativa, pero había un capítulo que me partió el alma: A Few Bad Apples [sobre los hoteles fallidos de Venezuela e India]. Cuando lo conocí [a Sharp], le dije: ‘yo voy a hacer que usted cambie el capítulo de su libro, porque eso debe tener otra historia’.” Desde entonces, Cisneros observa cada hotel con lupa, desde los enchufes hasta el trato del personal, convencida de que Tropicalia debe marcar un nuevo estándar. Sin embargo, lo más emotivo, dice, es que en cada Four Seasons del mundo se le acercan gerentes venezolanos que comenzaron en Caracas, en el Four Seasons extinto de Venezuela, y construyeron carrera internacional desde ahí y hoy la reconocen con cariño: “Me dicen: ‘sé que no es Venezuela, pero usted sí es venezolana, y me encantaría poder ir a Tropicalia’.” ¿Quisiera Cisneros, que quisiera ver de nuevo un Four Seasons en Venezuela un día, ver una temporada de The White Lotus en Tropicalia? “¡Totalmente!”, dice entre risas.
La discreta resiliencia del emprendedor venezolano
En los últimos años, Cisneros –que forma parte del board de directores de empresas globales como Mattel, Ford y Parrot Analytics– ha apostado también por startups emergentes en Venezuela como La Wawa y Urgencias Nueve Once, convencida más por las personas que por las planillas de Excel. “Para mí fue el sol, la calidad humana que nosotros vimos en un reto como La Wawa. Es algo fuera de serie, la gente es súper trabajadora, obviamente inteligente, con un producto interesante”, cuenta. “Estoy feliz con esas dos inversiones –que las hicimos más o menos en el mismo, con como ocho o nueve meses entre ellas– y me ha conectado más a Venezuela”, dice, “Han sido una ventana interesante para entender cómo es la dinámica de la nueva tanda de emprendedores acá, que son admirables todos. El tema de resiliencia a mí me vuelve loca: cómo saben adaptarse, cómo saben navegar, cómo saben no rendirse, es espectacular. Y estos son emprendedores que pudiesen competir a nivel global en cualquier parte.”
Ese mismo prisma lo aplica cuando habla de liderazgo femenino. “La primera súper-ventaja que tienen las venezolanas emprendedoras es que son venezolanas y lo digo en serio”, dice, “deberían estar conscientes que eso es un superpoder”. Según Cisneros, Venezuela –en los años 80– tenía, per cápita, la mayor cantidad de mujeres CEOs del mundo: quienes, dice, nunca tuvieron que sacrificar su femineidad o su vida familiar para dirigir empresas. “Aquí en Venezuela de alguna manera todo se hace siempre y siempre estamos bellas”, afirma entre risas, contrastando con los sacrificios o trade-offs que veía en el modelo estadounidense de los noventa. Su recomendación a las emprendedoras venezolanas es clara: viajar, conectarse con redes y presentarse con seguridad en su identidad. “Eso les va a resonar muchísimo [a los inversionistas]: que las venezolanas son mujeres que no están enredadas con esas cosas, que en verdad si lo pueden lograr todo, que sus prioridades son el trabajo y también son la familia y no hay ningún problema en tener esas dos prioridades al mismo tiempo”, dice, “Mafe [Vera] de La Wawa le ha sacado muchísimo provecho a Endeavor, justamente porque le ha dado la oportunidad de pasar una semana con puros emprendedores del resto de Latinoamérica, donde también conoces a inversionistas de afuera”, dice.
Al caer el atardecer, Adriana Cisneros se deslumbra con las guacamayas azul y amarillo que cruzan el cielo al atardecer sobre el edificio de ladrillo de Caracas Campus, la antigua sede de Procter & Gamble en La Trinidad. Igualmente, le asombra la movida prometedora que ha notado recientemente en Caracas; un arco de los últimos treinta años que, afirma, merece una historia escrita algún día. “Lo que yo veo aquí es que hay una movida súper interesante de gente comprometida con buenas ideas que simplemente trascienden lo que está pasando”, dice, “Es gente que ya tiene una mentalidad global pero que están totalmente comprometidos y orgullosos y felices de ser venezolanos y yo creo que eso hace 10 o 15 años no estaba acá. Eso es lo que yo siento cuando estoy aquí ahora. Y es espectacular.”








