Labubus, chocolate Dubái y matcha: Venezuela también consume al ritmo de los algoritmos globales

Labubus, chocolate Dubái y matcha aparecen en Caracas y otras ciudades gracias a la fuerza de las redes sociales. Estos objetos virales, nacidos en ciudades tan distantes como Dubái, Tokio o Hong Kong, permiten hoy a ciertos venezolanos estar “en tiempo real” con el mundo – pese al aislamiento político y económico del país.

Hace unos meses, The Coffee –una cadena de cafés brasileños, de estilo japonés– abrió su primera sucursal en Caracas: un espacio minimalista de dos pisos, con anuncios en alfabeto nipón y muebles mid-century de madera frente a amplias ventanas y plantas tropicales en macetas, donde los clientes pueden ordenar ice coffee o matcha en pequeñas pantallas. The Coffee no es el único sitio que ofrece el tan codiciado té de matcha: la cadena de cafés Socado ofrece una versión con coco, un tea bar llamado Hachi promociona su Brazilian matcha vegano y un nuevo sitio en Las Mercedes promete ofrecerte no solo “una bebida” sino “un ritual”. Sin duda, en una época de fiebre global por el matcha, los caraqueños han puesto su granito de arena a la escasez del producto japonés por la creciente demanda.

A pesar de las limitaciones del contexto político y económico venezolano –en el que multinacionales paralizan operaciones, se endurece un régimen internacional de sanciones sectoriales, nuestro pedazo del internet se enfrenta a restricciones a plataformas como ChatGPT y el overcompliance limita cosas como el servicio de Zelle del banco Chase o el acceso a Java de Oracle– los venezolanos siguen sumándose a la ola de modas originadas en redes sociales que en el último año parecen haber tomado el mundo offline: trends como los labubus o el chocolate Dubái, “son cosas materiales que requieren que la gente salga al mundo real para interactuar con ellas”, escribe Amanda Mull en Businessweek, “como mínimo, la nueva ubicuidad de un juguete o un snack es como una señal de algún tipo de realidad consensuada que surge a pesar del aislamiento algorítmico.”

“A pesar de todos los problemas que tiene Venezuela”, dice Ángel Rivero, experto en marketing, “aquí podemos ver cómo se consume K-pop, cómo siguen habiendo fiestas sobre Taylor Swift”. Según Rivero, esto se debe a “la masificación [de tendencias] por la apertura globalista”. Para el experto, trends como el anime –que recientemente vio salas de cine llenas en distintas ciudades venezolanas con el estreno de la película Demon Slayer– y el k-pop o pop coreano –representado en los conciertos de imitadores de la banda ficticia HUNTR/X en centros comerciales caraqueños como el Sambil o Parque Cerro Verde, congregando mares de cientos de niñas– son muestra de cómo incluso tendencias de países lejanos como Japón y Corea del Sur se han masificado, por medio de creadores de contenido, en Venezuela. 

@parquecerroverde

La obsesión de HuntrX es real 😦 #huntrx #kpopdemonhunter @mondi.producciones

♬ sonido original – Parque Cerro Verde

Para Rivero, Neomai –un cantante venezolano emergente– es otro ejemplo de los intercambios de la globalización: su música es afrobeat, el coro es en portugués brasileño y utiliza términos como “chichar”, una jerga puertorriqueña. “Mientras que artistas como Danny Ocean o Rawayana, pre-pandémicos, y que se fueron de Venezuela en las primeras oleadas del éxodo, siguen hablando del Ávila, de los panas, de la playita”, dice, “estos nuevos artistas urbanos se identifican más con la cultura latina globalizada que con las raíces venezolanas. Y eso es un fenómeno tecnocultural, porque te habla de internet, pero también te habla de cómo los chamos [cómo Neomai o Louis BPM] interpretan la industria musical”.

“Con la apertura de la importación, hoy en día Venezuela puedes tener cualquier tipo de producto o la mayoría de los productos que están en el mercado”, explica el experto, “Entonces, en ese sentido, la globalización y el comercio exterior te permiten estar actualizado, además de las redes sociales; gracias al Internet.” Por medio de bodegones y tiendas online, alimentadas por servicios puerta-a-puerta desde Miami y un sinfín de importaciones de Temu y Shein y otras marcas chinas, la oferta de productos importados en Venezuela  pone sobre la mesa –directo desde la aduana, incluso cuando no hay suficientes compradores– un universo de productos internacionales.

Barras, tortas y helados de chocolate Dubái ofrecido en Instagram por distintas marcas de Caracas, Margarita y Barquisimeto.

“Estas modalidades de consumo dan de alguna manera la sensación a ciertas personas de que todavía, a pesar de la debacle que vive el país, hay un cierto nivel de vida; una cierta calidad en lo que se experimenta”, dice Francisco Coello, sociólogo y profesor en la Universidad Católica Andrés Bello. Según Coello, la tendencia histórica de los venezolanos hacia el cosmopolitismo “sigue presente ahí y responde al deseo de estar conectados con el mundo, con lo que pasa”, dice, “la tabla de salvación ha sido precisamente las tecnologías de información y conocimiento”.

El “chocolate Dubái”, por ejemplo, apareció en 2022 de la mano de Sarah Hamouda, una chocolatera en Dubái, que lanzó unas barras rellenas de una mezcla verde y cremosa de pistacho con trozos crujientes de masa. Su fama explotó a finales de 2023, cuando un TikTok viral mostró en primer plano a una joven devorando con entusiasmo una de estas barras; desde entonces, internet lo bautizó con el apodo de “Dubai chocolate”. Las imitaciones no tardaron en multiplicarse, y a lo largo de 2024 el fenómeno siguió creciendo a nivel global. Para el primer semestre de 2025, el chocolate Dubái parecía omnipresente en Caracas: allí, –en forma de barras, bombones y hasta tortas– fue vendido por decenas y decenas de pastelerías, dulcerías y emprendimientos pequeños de chocolates y postres. Un sitio en Los Palos Grandes, incluso, ofrecía una merengada. 

Creando el estatus

Pero el chocolate Dubái no ha sido el único producto recientemente popularizado globalmente por las redes sociales que se ha masificado rápidamente en Caracas y otras ciudades del país: como los Sonny Angels a principios de año, pequeñas figuras japonesas de estilo kawaii caracterizadas por un angelito desnudo con gorros temáticos que se pueden colgar al celular o la laptop, los labubus —pequeños juguetes de monstruos peludos, originarios de Hong Kong, que se cuelgan de carteras y bolsos— han aparecido en las vitrinas de decenas tiendas, los pasillos de bodegones y los stands de bazares de fin de semana. Junto a ellos, los lafufus –el nombre que los internautas han dado a las copias piratas, a veces igual de codiciadas por coleccionistas que los labubus– también han proliferado. 

“Ahorita hay unos labubus que son piratas, que son una copia, y aún así se comercializan porque lo que busca la gente es lo que el labubu representa, no el labubu en sí”, dice Rivero, “Pasa con los teléfonos también. A pesar de que estamos en crisis, la gente sigue cambiando al iPhone 17 y lo primero que hace la gente cuando sale un iPhone nuevo es tomarse la foto frente al espejo para que la gente vea que cambió de iPhone”. 

Y la búsqueda de estatus, de pertenencia, abre nuevas fronteras: en TikTok, una creadora de contenido muestra los “reemplazos de los labubu” –al menos seis  marcas de figurillas chinas, algunas de la misma empresa detrás de Labubu, en una tienda MINISO: una cadena china caracterizada por sus productos cosméticos y caricaturescos. De hecho, Wakuku –otro figurín humanoide de China, que hasta hace poco aparecía apenas en blogs de cultura online china como la naciente competencia en auge del labubu– ya se vende en cuentas de puerta-a-puertas en La Guaira. 

Sonny Angels de Japón, wakukus de China y labubus de Hong Kong: y todos a la venta en Venezuela.

“Estas señales de consumo de ciertos productos, de ciertas modalidades, funcionan como símbolo de estatus”, dice Coello, “Esto tiene que ver con ciertos grupos en Caracas y algunas ciudades de Venezuela donde todavía se pueden acercar a este tipo de aspectos.” Sin embargo, recalca, “la mayoría de la gente en este momento no está pensando en símbolos de estatus ni señales de sentirse cosmopolita. Aquí estamos hablando de que la mayoría de los venezolanos está en una situación de ver qué se come hoy y tratar de no enfermarse.”

Pero, en contextos desiguales como el venezolano, siguen existiendo personas –de la clase A/B; usualmente dueños de empresas– que continúan viajando al exterior a vacacionar: “las personas que viajan detectan la oportunidad y dentro de sus círculos sociales imponen estas nuevas modas”, dice Rivero, “o nuevos tipo de deportes [como el pádel popularizado en España] y de alguna forma los implementan acá en Venezuela”.

Pero existe una diferencia a las modas globales popularizadas en el pasado en Venezuela tanto por los medios de comunicación masivos como por quienes –en aquel entonces un grupo mucho mayor en tamaño– regresaban de vacacionar de Miami o Nueva York: en los 90, por ejemplo, se popularizaron los coleccionables japoneses como los Gameboys de Nintendo, las cartas Yu Gi Oh! y la parafernalia de Dragón Ball, Pokemon y Caballeros del Zodíaco. Pero ahora, aunque similar, hay un “flujo de consumo hiper-acelerado por la gasolina que se le inyecta a las redes sociales”, dice Rivero, “la capacidad de escalamiento que tiene un contenido que se haga viral hoy en día es mucho más potente que el de esos años” aunque también surja por medio de un contenido mercadeado como una necesidad.

Las nuevas fronteras del marketing

Entre abril y junio, con la misma velocidad furiosa con la que desaparecieron, los “coffee parties” —a veces fiestas diurnas donde el café reemplaza a los tragos, a veces fiestas donde el trago se limita a cócteles con café— hicieron puesta en escena en restaurantes como Undici, cafés como Socado y hasta como “after-party” de carreras de clubes de runners en Las Mercedes. Allí –entre DJs, baristas con métodos como cold brew y aeropress y estética “IG-friendly”– los caraqueños adoptaron una tendencia al mismo son que Madrid, Ciudad de México y las comunidades latinas en Seattle, Chicago y Nueva York.

El fenómeno, más que una moda pasajera, es una ventana para entender cómo Caracas se conecta con un circuito global de consumos aspiracionales y de experiencias compartidas. En la ciudad, estos espacios no solo ofrecían un trago de macchiato, sino la posibilidad de formar parte de una narrativa internacional que circula en TikTok e Instagram, donde lo relevante no es tanto la bebida en sí, sino la estética, la comunidad y el capital simbólico que generan. Y, por supuesto, el capital económico detrás. 

“Todos estos productos –como los labubus, el chocolate Dubái, el matcha e incluso las coffee parties a nivel de organización, realmente son oportunidades de negocios”, dice Rivero, “Esto se viene viendo de un poco antes de la pandemia, específicamente con la creación de Meta Business y la democratización de la publicidad” en redes sociales.” 

Aunque ya “todo está inventado”, dice, estas nuevas adaptaciones permiten “ofrecer lo mismo, pero empaquetado con algo distinto”. Para el experto en marketing, “las coffee parties podían llamarse hace 20 años ‘los matinés’ y son una manera de diseñar experiencias para ofrecer productos”, explica, “¿Por qué? Porque a pesar de que tú abras una nueva cafetería, ya Starbucks tiene años existiendo, ya hay otras cafeterías locales y regionales que tienen años existiendo, el café sigue siendo café; y a pesar de que tú le hagas de repente algún adornado de un barista, sigue siendo café. Entonces, ¿cuál es la manera de llamar personas a tu local? Eventos como las coffee parties”. 

En otras palabras, lo que Caracas está mostrando no es solo la adopción acelerada de modas globales, sino la persistencia de un viejo impulso: el deseo de verse en sintonía con el mundo, aun desde una realidad desigual y fragmentada. Un recordatorio de que, en Venezuela, la globalización no se vive en los tratados, sino en las vitrinas de tiendas, en los cafés y –aunque no exista una Apple Store oficial aún– en la pantalla de un iPhone 17 Pro Max.

Tony Frangie Mawad

Director y editor en jefe de Ecosistema. Tony es un periodista y politólogo  venezolano basado en Caracas y graduado de Boston University. Ha escrito para distintos medios internacionales -incluyendo Bloomberg, Politico, The Economist, Foreign Policy, entre otros – y escribe Venezuela Weekly, un newsletter bilingüe.

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