“Soy la única que queda, pero aquí seguimos. Cómo somos los venezolanos, capaz en diciembre podremos comer pan de jamón”, dice Naijol Villanueva, dueña de la Panadería La Reina del Palmar en Caraballeda, La Guaira, sobre las expectativas de su negocio para final de año. Su perspectiva, además de mostrarse optimista, contiene un componente de literalidad: Es el único negocio de la zona que no se encuentra cerrado o que no quedó directamente destruido tras el doble terremoto del 24 de junio.
A un mes del desastre natural, la actividad económica de La Guaira intenta mantenerse activa en la medida de sus posibilidades. Con escenas más propias de Darfur o Gaza, la vía entre Maiquetía y Caraballeda está repleta de toldos y carpas azules de las ONG World Central Kitchen y Samaritan’s Pulse, marines y barcos militares estadounidenses. En un terreno, donde un letrero todavía anuncia una feria de hortalizas, se alzan los toldos oliva de un hospital militar de Brasil. La poca economía que se mueve a plena luz parece haber llegado de afuera: un tuktuk repartiendo aguas embotelladas.
Lo demás es inventario en el piso. Las palmeras caídas sobre las flores residenciales que adornan las entradas de lo que fueron urbanizaciones; las ruinas del restaurante Mero de Oro; un centro comercial desplomado del que solo quedó en pie la torre del ascensor; una panadería reducida a su reja; el restaurante canario Canary Island casi flotando en sus bases desplomados; el restaurante Ibiza, sencillamente, en ruinas. Hay escaleras invertidas que no llevan a ninguna parte y balcones apuntando al cielo. Según un censo de la gobernación, apenas 1752 negocios de los 7000 que existían antes del sismo permanecen en pie.
Para levantar un retrato de lo que queda del comercio en La Guaira, el equipo de Ecosistema hizo entrevistas a profundidad in situ con sus dueños y encargados en negocios de Maiquetía, Caraballeda, Tanaguarena y Naiguatá. Entre escombros, estructuras en buenas condiciones y otras muy cercanas a colapsar, la investigación reveló un estado comercial que –incluso con algunos patrones desiguales– enfrenta problemas de fondo compartidos y una demanda anormal e insostenible.
La ubicación define el estado actual
Uno de los hallazgos principales es que, en promedio, en la quincena de negocios encuestados reportan estar trabajando al 40% de la capacidad operativa que tenían hace un mes, con más del 70% trabajando a menos de la mitad. Los comercios de Naiguatá —un pueblo cercano a playas públicas y clubes de playa privados— son los más afectados en este sentido: al depender de consumidores que van a la playa, la pérdida de turistas debido a la coyuntura ha impactado de forma directa en sus dinámicas comerciales.
Casos como el de Yeli García, dueña de Inversiones Yeli —el único puesto de comida abierto en Playa Los Ángeles, de once existentes—, ilustran ese estado crítico: Pese a que las fachadas de su negocio se muestran intactas y cuenta con servicios básicos, no ha generado ni un sólo bolívar tras los sismos. “Si no baja la gente [a las playas de La Guaira], simplemente no hay ventas”, resume Francisco Rodríguez, de la Licorería El Mencey I, una bodega cercana a las playas que ha perdido más del 80% de su actividad comercial, según afirma.
Para negocios de Caraballeda y Tanaguarenas —algunas de las partes más afectadas en el estado—, la pérdida de clientes también ha supuesto un gran obstáculo para mantener la operatividad comercial. Aunque en estos casos, tales pérdidas no se han generado porque los turistas no sigan acudiendo a las playas, sino porque muchos de los clientes —residentes de estas zonas— fallecieron en el terremoto. “La mayor parte de mis clientes estaban en una de las torres que ya no existe”, dice Gledys Gafaro, dueña de Emprendimiento Gledys, refiriéndose a los edificios de la OPPE 25 y OPPE 26 de Tanaguarenas —estructuras de la Misión Vivienda Venezuela que quedaron completamente inhabitables—, “El resto está en carpas”.
Basta con recorrer Caraballeda para enfrentar la devastación: Pollo Camper’s y Mansión Oriental sobreviven pero no abren sus puertas; el Hong Kong Chef, a metros, se vino abajo, y entre sus escombros asoman las columnas rojas y los techos de pagoda. Nova Car Wash, un lavado de autos, está repleto de colchones. La sede del Banco de Venezuela cercana, frente a un grupo de israelíes que inspeccionan edificios, está cerrada. Un centro de quimioterapia infantil en ruinas junto a lo que fue una Gran Misión Vivienda Venezuela, y debajo entre paredes desplomadas, una hilera de locales aplastados —barberías, bodegas, la economía de subsistencia que sostenía a esas familias.
Pero no todos los negocios han disminuido sus ingresos en las últimas semanas. Y es que la actividad comercial actual de La Guaira está dependiendo mucho de la ubicación geográfica de los negocios. Por ejemplo, en Maiquetía, los terremotos no parecen haber generado una caída en el flujo de clientes, con sedes de cadenas como KFC, Mykonos —una heladería de yogurt griego— y Farmatodo —el principal retailer de Venezuela— mostrándose en el tope de sus capacidades. De hecho, según fuentes cercanas de la cadena farmacéutica consultadas por Ecosistema, las ventas en su sede de Maiquetía crecieron en más del 30% tras los terremotos.

Allí –en sectores junto a la Avenida Soublette donde las calles continúan bulliciosas entre licorerías, luncherias y puestos de vendedores ambulantes– dos de cada tres entrevistados de la zona indicaron que sus operaciones no se vieron mermadas tras el desastre, sino todo lo contrario. “Temeroso de Dios, no deseo mal a nadie, pero de tragedias igual surge prosperidad”, afirma Darwin Rojas, un vendedor de artículos de perfumería en el Mercado Popular Cacique Maiquetía, “antes de la tragedia la venta estaba lenta, pero ahora estoy un 70% por arriba de lo que vendía”.
Más al este, los daños económicos del sismo aparecen como parte de un efecto cascada. Aunque los daños en Naiguatá y Camurí fueron menores, los locales del área –que parece un pueblo fantasma, entre el silencio y sus playas completamente vacías– permanecen cerrados. Sin turismo alguno, la economía de posadas, clubes, restaurantes de playa y pesca artesanal de la franja de pueblos costeros —Camurí Grande, Osma, Todasana, La Sabana, Caruao, Chuspa— se viene abajo. Y ahí no hay obreros, camioneros ni rescatistas que compensen temporalmente la caída. Incluso, clubes exclusivos privados que emplean personal local –como el Club Playa Azul– enfrentaron daños que dificultan su pronta reapertura.
Sin embargo, a pesar que el estatus actual en La Guaira es desigual en cuanto a sus resultados, como insinúa un mapa focalizado de actividad de la aplicación de transporte Yummy Rides, existe un patrón común en la muestra entrevistado: La mayoría de los negocios no tienen intenciones de reponer inventarios, pues no están dispuestos a tomar riesgos de cara al futuro inmediato. Esta negativa se alinea con sus proyecciones para final de año: El 94% de los negocios no prevé que su situación mejore en los próximos seis meses, aunque varios afirman mantenerse esperanzados, incluso dentro de un escenario de contracción. “Estamos trabajando con las uñas”, reflexiona Leimy Chirinos, de la bodega Comercial Makka, “Tratamos de hacer nuestro mayor esfuerzo para salir adelante”.

Según el economista Asdrúbal Oliveros —quien próximamente culminará un estudio integral sobre los efectos económicos del sismo en el estado—, la actividad económica de La Guaira en el tercer trimestre del año podría caer entre 55% y 70% respecto a los niveles registrados en 2025, un desplome considerable para la región. El tamaño de la contracción se explica parcialmente en la factura: el daño directo estimado en La Guaira asciende a aproximadamente 4.982 millones de dólares, según el informe elaborado conjuntamente por el Gobierno de Japón y el Banco Mundial bajo la metodología GRADE.
Una demanda anómala e insostenible
El doblete sísmico no sólo impactó la forma en que están operando los negocios que siguen en pie, sino que también alteró la composición de la demanda que estos enfrentan.
Restaurantes como el Rey del Pescado Frito —uno de los más icónicos del estado—, antes acostumbrados a recibir turistas, sobre todo caraqueños durante los fines de semana, afirman que su clientela cambió radicalmente: obreros, camioneros, policías, rescatistas, bomberos, y otras formas de personal de emergencia que se encuentran en La Guaira por la emergencia. Un caso similar reportó Gabriel Landaeta, quien dirige una luncheria entre Macuto y Caraballeda, que hasta ha cambiado su menú, pasando de vender principalmente pescado y frutos del mar, a chuletas, milanesas o empanadas.

Esta demanda anómala es más evidente al considerar que –según todos los negocios que indican que su flujo de clientes ha aumentado en las últimas semanas– este crecimiento se atribuye, en parte, a que sus clientes simplemente se quedaron sin otras opciones: “Me he dado la tarea de preguntarle de donde viene a los clientes que no conozco, la mayoría viene de Catia la Mar, Caraballeda, Los Corales”, dice Rojas, “Los negocios de ahí ya no existen”.
Otros impulsos de demanda han venido en las formas de gasto por reposición —personas que perdieron electrodomésticos y utensilios durante los sismos, o que sus muebles se dañaron— y por necesidad, pues las ventas de colchones han aumentado para ser llevados a refugios. Después de vender varios artículos, una vendedora preguntó retóricamente al equipo de Ecosistema: “¿Quién va a comprar neveras si no tienen casa? ¿Las van a meter en un refugio?”
Esta forma de demanda no es sostenible porque es extraordinaria y se irá reduciendo en la medida que las necesidades vayan desapareciendo. Y los comerciantes lo saben. “El que está en la calle [comprando], está por sobrevivir”, explica Mairene Vásquez, encargada de Almacenes Barcelona, una ferretería con más de 40 años de operaciones en Maiquetía, “Una vez que los refugios se vacíen, vamos a quedar con una situación muy corta de gente, los consumidores se irán y el desempleo será muy rudo en el estado”.
De hecho, la preocupación por el desempleo fue una constante que expresaron varios negocios de la zona. Tan sólo a un mes tras el terremoto, el 65% de la muestra encuestada indicó reducción de personal, destacando que algunos trabajadores optaron por irse de La Guaira en la mayoría de los casos. En ocasiones también se mencionó que el negocio no pudo seguir cubriendo con los salarios o la defunción de trabajadores.
Los dueños hablan de sus trabajadores con responsabilidad casi familiar, pero la aritmética es implacable: además del caso de García en Playa Los Ángeles, una bodega de Maiquetía vendió dos kilos de arroz en toda una semana y su operación más alta en valor fueron dos latas de atún. A ese ritmo de ventas, y sin señales de recuperación, la nómina es lo primero que cae.
Los vecinos han encontrado un sustento frágil en la ayuda humanitaria. García es residente de Carayaca y su vivienda –a donde fue reubicada luego de la Tragedia de Cargas en 1999– quedó destruida en el terremoto. Desde entonces, ha dormido dentro de su negocio. Ha intentado censarse para recibir ayudas porque, al haberse reubicado y no encontrarse en un campamento, quedó en una suerte de limbo administrativo: “si no te censas, no hay ayuda”, dice, “me han dicho que no hay cupo”. Según ella, “solo los cerros Las Colinas, Colorado y El Vigía han recibido ayudas y bolsas CLAP”. Sin embargo, dice ser beneficiaria de “la caja de los gringos”, refiriéndose a la ayuda humanitaria enviada desde Estados Unidos.
El informe GRADE estima que, en el corto plazo, el consumo agregado en Venezuela se contraerá entre 1,5% y 2,3% como consecuencia directa del sismo. Sin embargo, esta cifra será considerablemente más elevada en el caso específico del estado La Guaira, una entidad cuya economía depende del turismo y la actividad portuaria, a pesar de que representa un peso relativamente pequeño dentro del PIB nacional, equivalente a apenas 1,46%, según estimaciones del economista Daniel Cadenas.
La reconstrucción
“Mi negocio depende de cómo arranque [a reconstruirse] la vía”, menciona Onorio López, dueño de la ferretería Eléctrico La Cascada, en Naiguatá, quien no ha logrado tener un suministro de productos normal por parte de sus proveedores por los escombros que bloquean los accesos viales. El estado de la infraestructura no es menor: mientras la vialidad permanezca colapsada, no importa cuánta demanda tenga un negocio, no habrá forma de satisfacerla. Es por eso que la mitad de los negocios encuestados lo destacó como el aspecto prioritario para mejorar sus resultados.
E incluso más allá de la operatividad del negocio en su forma más esencial —es decir, movimiento de mercancías—, los escombros en las vías han impedido que la actividad comercial fluya sin problemas, con algunos dueños de negocios mencionando que han entorpecido el flujo de sus trabajadores —llevándolos a cambiar su horario de trabajo en el 90% de los casos— y de sus propias vidas. “No puedo ir a mi casa”, dice Villanueva, sobre el edificio en donde vivía, que colapsó, “Nadie ha ido a recoger escombros y mis vecinos siguen ahí abajo”.
El Informe GRADE sobre los terremotos de Venezuela plantea dos escenarios distintos para la reconstrucción. En el primero, esta se financia únicamente con los recursos fiscales disponibles hasta ahora, los cuales, según el propio informe, resultan insuficientes para atender la magnitud del daño. Bajo este esquema, el resultado sería una recuperación incompleta incluso después de 10 años, con sectores clave rezagados respecto a su nivel previo al sismo.
El segundo escenario contempla una respuesta agresiva por parte del Estado, en conjunto con inversión privada. Bajo este esquema, el Estado debería movilizar 9.800 millones de dólares, lo que supondría un aumento de 8 puntos porcentuales en su relación deuda externa/PIB. A cambio, este escenario permitiría completar la reconstrucción en un plazo de 5 años y recuperar la trayectoria de crecimiento del PIB previa a la tragedia hacia 2032.

El acceso a financiamiento también adquiere relevancia, sobre todo en un contexto donde los comerciantes no quieren arriesgarse con sus propios recursos para cubrir la reposición de inventarios. Un entrevistado se mostró dispuesto a adquirir una póliza para asegurar su negocio, afirmando que otros comerciantes del estado también lo harían siempre que se cuenten con planes accesibles.
Otro de los aspectos más mencionados fue la relajación tributaria, pues de acuerdo a los comerciantes, las autoridades locales no ofrecieron mayores alivios en este sentido —más allá de una exención de 10 días en el pago de impuestos municipales y parafiscales. Aunque varios comercios afirman mantenerse al día con el pago de tributos —a pesar de todas las dificultades—, otros mencionan desconocimiento sobre cómo proceder, e incluso uno —que prefirió mantenerse anónimo en este tema particular— menciona que en su zona todos los negocios se declararon en “desobediencia tributaria”, y no continuarán con los pagos hasta que su situación mejore.
Uno de los problemas que el terremoto dejó al descubierto fue la informalidad de procesos, incluso en negocios formales ya establecidos: Un comercio que optó por mantenerse anónimo en la entrevista, mencionó que toda la información contable de su empresa quedó atrapada en el edificio que residía y quedó destruído.
Sin embargo, el mayor obstáculo es psicológico. “El miedo de la gente a acceder a La Guaira es nuestro principal desafío”, explica Landaeta, “Mientras los organismos del Estado no hagan sentir seguros a los foráneos, no hay nada que hacer”. A un mes después del desastre, La Guaira tiene ganas de recuperarse, lo que le falta son las condiciones para hacerlo.
Este reportaje contó con el apoyo reporteril de Francisco Sanabria Avella.
Foto de portada: Miguel Gutiérrez/EFE.








