A 950 grados: cómo la Caravana Escuela y Vatel forjan una nueva economía en el páramo

La Caravana Escuela, creada por el herrero merideño Daniel Souto, enseña a campesinos a fabricar herramientas agrícolas con material reciclado. El proyecto ha revitalizado economías rurales y ahora produce sartenes artesanales junto a Grupo Mimesa, combinando conocimiento comunitario y desarrollo productivo.

En un taller de montaña en Mérida, entre los árboles barbudos y montes azulados del Valle de San Javier, el hierro se vuelve naranja al salir del fuego. A casi mil grados, la pieza pasa de mano en mano hasta caer sobre el yunque. Entonces llega el golpe del martillo: seco, pesado, repetido. Cada impacto moldea el metal poco a poco. Dos hombres la sostienen con pinzas mientras un tercero descarga el primer golpe de martillo. El sonido se repite, rítmico, contra el yunque.

Alrededor del taller, campesinos observan y esperan su turno. El objeto que está naciendo no es una herramienta agrícola ni una pieza industrial. Es uno de los 200 sartenes de hierro forjado que forman parte de una edición limitada impulsada por la empresa de alimentos Grupo Mimesa y su marca de aceite Vatel junto a la Caravana Escuela, un proyecto que busca rescatar la tradición de la forja artesanal en comunidades rurales de Mérida. Cada pieza parte de un disco de hierro de tres milímetros de espesor que se calienta a unos 950 grados antes de ser prensado y terminado a martillo; los mangos se forjan a mano y se remachan en caliente con un sello que recuerda los 70 años de la marca.

“Cuando conocimos la Caravana Escuela vimos algo que nos inspiró mucho: gente sembrada en el país, gente que decidió quedarse y construir”, dice Henry Gómez, gerente de Mercadeo del Grupo Mimesa, “Darle visibilidad a ese tipo de proyectos es parte de cómo nosotros creemos que se alimenta el futuro del país.”

Para quienes participan en el proyecto, sin embargo, el valor del sartén no está solo en el metal ni en la técnica. Está en la historia que lo precede. Esa historia empieza con un viaje al páramo profundo y una decisión que Daniel Souto, herrero merideño, tomó cuando estaba a punto de abandonar Venezuela.

Souto es herrero desde adolescente. Dejó el bachillerato para dedicarse a la forja y pasó años aprendiendo el oficio en talleres donde el metal se trabaja con paciencia y fuego. Para 2019 su trayectoria ya lo había llevado lo suficientemente lejos como para recibir una oferta poco común: una escuela Waldorf en Hamburgo lo invitó a trabajar como maestro forjador.

Vendió parte de su taller para reunir unos 12.000 dólares, compró su pasaje y empezó a organizar la mudanza.

Antes de partir decidió subir al páramo merideño, con sus pueblitos coloniales entre vacas y frailejones, para despedirse del lugar donde había pasado buena parte de su vida.

Lo que encontró allí, en los peores años de la crisis venezolana, lo dejó paralizado.

En la población de Gavidia, un pueblito de casa de techos de tejas entre montañas rocosas, los campos de trigo se habían perdido porque los agricultores no tenían hoces para cosecharlos. Sin gasolina para transportar las cosechas, muchos campesinos habían vuelto a usar caballos para mover los productos, pero los animales caminaban sobre asfalto sin herraduras. Sus cascos se desgastaban hasta que ya no podían levantarse. “Los caballos terminaban muriendo de hambre”, recuerda Souto.

Lo que había empezado como un viaje de despedida se convirtió en algo distinto. “Yo tenía mi pasaje. Podía irme y decir ‘sálvese quien pueda’. Pero al mismo tiempo pensaba: si yo sé hacer herramientas, ¿por qué no enseñarle a los campesinos?”. La pregunta surgía de una duda con la que lo había afrontado su hijo. El camino de regreso a Mérida fue de lágrimas en el auto.

Daniel Souto en su taller en el valle de San Javier en Mérida.

El dilema era evidente. No había talleres, electricidad ni combustible. Pero el propio oficio ofrecía una pista. “Hace cinco mil años tampoco había electricidad ni máquinas”, dice Souto. “Y sin embargo la forja existía”. En algún punto del regreso a Mérida la decisión quedó tomada. “El viaje de despedida dejó de ser despedida”.

La solución que imaginó Souto fue simple en concepto, aunque compleja en la práctica: si los campesinos no podían llegar al taller, el taller tendría que ir a ellos.

Así nació la Caravana Escuela, un modelo educativo basado en técnicas de forja primitivas que permite instalar un taller temporal prácticamente en cualquier comunidad rural. El modelo funciona como una expedición itinerante: una carpa-taller que llega a zonas rurales con equipos y materiales para enseñar técnicas de forja que luego pueden mantenerse de forma autónoma en cada comunidad.

La idea era enseñar a fabricar herramientas en el mismo lugar donde se necesitaban. “¿Cómo iba yo a pedirles que vinieran a mi taller?”, dice Souto. “No había gasolina, no había gasoil, no había caballos”.

El proyecto empezó con pequeñas sesiones de formación donde se fabricaban hoces, cuchillas agrícolas y herraduras para caballos.

Con el tiempo creció mucho más de lo que Souto había imaginado. En seis años la Caravana Escuela ha producido más de 25.000 herramientas a partir de 22 toneladas de acero reciclado, formando directamente a cerca de 700 campesinos e instalando diez talleres comunitarios en Mérida y uno en Barinas.

Y el conocimiento se replica de forma orgánica: quienes aprenden enseñan a otros, y los talleres que quedan instalados en las comunidades se convierten en espacios donde nuevos herreros aprenden observando y practicando. La forma en que el conocimiento se transmite dentro de la Caravana Escuela —de persona a persona, de taller en taller— recuerda una idea central que los economistas premiados con el Nobel de Economía en 2025 han subrayado en sus investigaciones sobre el crecimiento económico. Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt mostraron que el desarrollo sostenido no depende solo de grandes inventos o de capital financiero, sino de ecosistemas donde el conocimiento técnico y práctico circula, se adapta y se acumula con el tiempo.

Con el tiempo, las comunidades del páramo merideño han ido adaptando las herramientas a sus propias realidades productivas. En regiones donde predominan cultivos como cacao, cambur o palma aceitera, los campesinos modifican y “versionan” los instrumentos según sus necesidades —desde garabatos especializados para la papa hasta machetes con formas locales, conocidos en algunos lugares como “charapos”. La innovación también responde a los cambios en el campo: ante la escasez de caballos, por ejemplo, han desarrollado piezas como levas cauchadas para motos usadas en el transporte rural. En pueblos como Chacantá, donde la tradición artesanal es fuerte, las propias comunidades participan en las decisiones del taller —incluyendo la elección de herramientas básicas como el martillo— en un oficio que había caído en desuso en Mérida hace medio siglo y que ahora vuelve a tener un lugar central en la vida productiva del páramo.

La forja que transformó la vida económica del páramo

Pero las cifras no cuentan toda la historia. Para Souto, el impacto más importante ocurre dentro de las personas que participan en el proceso. “Hemos visto cómo la gente llega a los talleres triste, cabizbaja”, dice. “Y el primer día ya sale llena de fuerza”.

En la visión de Souto, la forja es más que un oficio manual. “La palabra forja tiene una amplitud enorme”, explica. “Se forja el hierro, pero también se forja la sociedad y el espíritu humano”.

El proceso empieza casi siempre con metal descartado: piezas abandonadas, acero que ya no sirve para su uso original, restos de automóviles y hasta residuos que envía Siderúrgica del Zulia. Ese material se transforma en herramientas que vuelven a entrar en el ciclo productivo.

“Agarramos un pedazo de hierro botado y lo convertimos en una herramienta que sirve para cosechar comida”, dice. “Eso es empoderamiento”. A lo largo del proyecto ha visto cómo personas que nunca habían sostenido un martillo aprenden rápidamente las bases del oficio.

De hecho, en una de las primeras experiencias de la Caravana Escuela en el páramo, Souto recuerda haber enseñado a un grupo de niños a fabricar hoces improvisadas para salvar una cosecha de trigo. La lluvia estaba por llegar y el grano corría el riesgo de pudrirse en el campo si no se recogía a tiempo. Los niños aprendieron rápido: forjaban las herramientas y salían corriendo hacia los sembradíos antes de que cambiara el clima. Días después, cuando Souto caminaba por el pueblo, uno de ellos lo detuvo en la calle. El niño le entregó un pequeño pan envuelto en papel y le dijo: “Profesor, mi mamá dice que Dios lo bendiga porque gracias a usted tenemos pan”. Souto, ateo hasta sus 42 años, empezó a creer en Dios.

Un forjador de la Caravana Escuela enseña uno de los sartenes de acero para Vatel y el Grupo Mimesa.

Así, con el tiempo, la Caravana Escuela dejó de ser únicamente un programa educativo y empezó a convertirse en un sistema productivo. Cuando la Caravana Escuela convoca a una comunidad, los participantes llegan como pueden. “Llegan en moto, a caballo, caminando”, cuenta Souto. “Porque saben que cada vez que los llamamos vienen a aprender algo nuevo”.

Incluso, en 2021, tras la hiperinflación y la escasez de efectivo que atravesaba el país, Souto ideó una solución para mantener funcionando los talleres y permitir que los campesinos pudieran acceder a herramientas sin depender del sistema monetario tradicional. Creó “Herracoin”, una especie de moneda comunitaria basada en la producción del propio taller: una herradura, que se utilizaría como materia prima para el trabajo del taller, equivalía a un dólar dentro del sistema. Así, los campesinos entregaban herraduras y recibían a cambio vales que podían utilizarse en comercios locales —farmacias, abastos y ferreterías— generando un circuito económico paralelo dentro de las comunidades del páramo.

El sistema llegó a registrar unas 3.000 transacciones, permitiendo que los campesinos pagaran herramientas con trabajo y producción en lugar de efectivo, en un momento en que la moneda prácticamente había desaparecido de la vida cotidiana rural.

Hoy, las comunidades que participan ahora fabrican herramientas estandarizadas destinadas a ferreterías y mercados regionales. La producción utiliza acero reciclado y procesos manuales que no dependen de electricidad, por ejemplo energizando con pedaleo, ni de grandes cadenas logísticas. La idea es que los propios campesinos puedan generar ingresos a partir del oficio aprendido.

Un sartén rescatando sabores ancestrales

Es en ese contexto donde aparece la alianza con Grupo Mimesa y su marca Vatel. El encuentro entre el proyecto y la empresa surgió durante una reunión donde ambas partes descubrieron que compartían una idea similar sobre la cocina venezolana y su relación con la cultura del país.

Para Gómez, el gerente de mercadeo del Grupo Mimesa, el sartén representa uno de los puntos de origen de la cocina. “Cuando entras en una cocina venezolana, sacas el aceite y sacas el sartén. Son socios indiscutidos”, explica.

“Para nosotros era muy importante que Vatel estuviera en el origen de la receta venezolana”, dice, “Cuando piensas en una cocina, piensas en el aceite y piensas en el sartén. Estar en ese momento, en ese punto donde empieza el plato, es donde queremos estar como marca.” Un sartén de acero artesanal forjado en el páramo merideño, ni más ni menos.

Para Souto, la propuesta tenía un significado adicional: En 1999, durante un curso en los Estados Unidos, trabajó con el profesor y maestro especializado Doug Hendrickson en fabricar sartenes de hierro forjado. Treinta años después ese conocimiento reaparece en forma de proyecto. “El sartén de hierro forjado es el pináculo de la cocina”, dice. “No hay nada mejor”.

El chef Ángel Lozada cocina una trucha merideña con aceite Vatel en el jardín del taller de Souto.

El material tiene una capacidad excepcional para almacenar calor, dice Souto, que a diferencia de otros utensilios no libera compuestos que puedan alterar la comida.  Pero el valor del objeto también es simbólico. “Juntar los 70 años de Grupo Mimesa con los cinco mil años de la forja es algo difícil de imaginar”, dice.

En el taller, mientras los sartenes toman forma, Souto observa el proceso con una mezcla de orgullo y sorpresa. Cada pieza pasa por las manos de varios herreros campesinos que aprendieron el oficio dentro del proyecto. Para él, el objeto final representa algo más que una herramienta culinaria: “En cada mango de cada sartén está el corazón de esta gente”, dice.

Los campesinos que participan en la Caravana Escuela no solo están produciendo utensilios. También están demostrando que incluso en medio de años de crisis es posible construir algo nuevo desde las comunidades rurales. “Un pedazo de metal puede convertirse en una herramienta”, dice. “Y una comunidad deprimida puede convertirse en una comunidad productiva”.

Esa idea se resume en una frase que se ha vuelto una especie de lema dentro del proyecto: “Quien forja no está pensando en irse mañana”, dice.

Su ambición es clara: que algún día haya un sartén de hierro forjado hecho en Venezuela en cada cocina del país.

“Nosotros merecemos más”, dice. “Merecemos todo lo que deseamos”.

Y cada martillazo, asegura, tiene un propósito: “Que la gente salga bien alimentada”, dice, “y con espíritu para salir a la calle – a echar para adelante”.

Este reportaje forma parte de un espacio editorial realizado con el apoyo de Vatel y Grupo Mimesa, en el marco de nuestros contenidos patrocinados sobre tendencias y consumo en Venezuela.

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